miércoles, 11 de diciembre de 2013

A un paso del paraíso (parte final)








Cuando terminaron las elecciones, Pulido volvió a quedarse sin trabajo. Otra vez se paseaba de arriba para abajo la loma de su barrio, fumando y fumando últimos cigarrillos. Penélope le decía que se uniera con ella, de rodillas y que le pidiera a Dios por un trabajo donde pudiera encontrar la paz y la estabilidad laboral que tanto necesitaba.
Pulido ya rendido, se arrodillaba junto a su esposa en la pequeña sala, juntaba las manos y escuchaba la oración en voz alta de su esposa, pero su mente se resistía a comunicarse con Dios. Pulido era mafia y como aquellos mafiosos empedernidos, su cerebro estaba constituido para trabajar las 24 horas en busca de cómo encontrar dinero, la diferencia era que Pulido no robaba ni asesinaba, sino que de verdad trabajaba y hacía todo lo que podía hasta que la suerte se le acababa por la conspiración de P2 Inteligencia Naval.
Entonces, una noche, a Pulido se le ocurrió la genial idea de vender shampoo a todas las peluquerías que conocía desde Salinas hasta Playas y de ahí hasta Canoa.
Recordó a un amigo llamado Bolsa de hielo, devoto de Krisna, que le había ofrecido vender por comisión shampoo. Pulido fue aquella misma noche a ver a Bolsa de hielo y le habló de su proyecto, y el químico, fabricante de shampoo, le dijo que por él no había problema, que él le daba las muestras y los medios litros de delicioso shampoo de almendra, manzanilla y otras clases más para evitar la caída del cabello en la mujer y que de ahí ya todo dependía de Pulido.
Pronto Pulido descubrió que su brillante idea para hacerse millonario no funcionaría porque él vendía el galón de shampoo a seis dólares y había otro proveedor que lo vendía a cuatro dólares y que ya le había acaparado todo el mercado. A parte de eso, Pulido tenía que lidiar con las dueñas de las peluquerías que nunca tenían suficiente tiempo para atenderlo, con los estilistas homosexuales que lo querían comer y con las dueñas de peluquerías de la high life, que siempre pasaban en Miami y que nunca estaban disponibles para atender las súplicas del pobre Pulido. De todas maneras y a pesar de toda su mala suerte, Pulido logró conseguir vender una caneca de 55 litros de shampoo para lavar platos a una dama china para su restaurant EL TENEDOR LIBRE. Después de dos semanas se enteró que el esposo de la china había muerto de un infarto, seguramente por un ataque de P2 Inteligencia Naval. También logró vender varios galones de delicioso jabón de almendra a un peluquero transexual, que al parecer, la presencia de Pulido le había inspirado una secreta e inconfesable pasión.
Una tarde que regresaba de su caminata, completamente derrotado por no poder vender nada se encontró con su viejo amigo Chiqui surfer y éste tenía una linda tabla de tres quillas fabricada por el genial Simon Anderson. Chiqui lo invitó a correr olas y Pulido dejó botado todo y se fue al Playero del Miramar.
Después de que Chiqui se remojó un poco, se regresó a la costa y le prestó la tabla y el pantalón de baño a Pulido.
Pulido se sentía como en el cielo con esa tabla de tres quillas. Al principio no cogía ni una ola, pero después de un rato entró al punto una ola completamente tuca y de manera increíble, Pulido la remó y la agarró y se fue en ella. El viento le golpeaba el rostro y lo que Pulido sentía en su cuerpo era una sensación de gran poder, de gran libertad. Cuando vio la oportunidad de tubearse se agachó perfectamente, como en los viejos tiempos, y quedó completamente cubierto por la pared de agua. Cuando salió al otro lado, ya estaba cerca de la orilla, pero comprendió que también estaba cerca del fin de su vida. Todo por lo que había luchado, todo por lo que había sufrido estaba por perderse. Su vida, toda ella, era un completo desperdicio. Cuando llegó a la orilla, le entregó la tabla a Chiqui surfer, se cambió de ropa, apurado, y se fue caminando por los tristes arenales de los viejos arrabales de Salinas a su casa.
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Una noche, Pulido recibió la llamada telefónica de un tal Walter Smith, en la que se le comunicaba que la sociedad italiana POSSI, de Venecia, le había concedido un premio de un millón de dólares por su libro DEMOCRACIA & LIBERTAD, pero que había un problema. El Estado Ecuatoriano, se oponía a esa distinción para Pulido, a quien no lo consideraban como un literato sino como un burro amarrado, un mal ejemplo y una vergüenza nacional. Así que los miembros de la sociedad POSSI, le sugerían a Pulido que adoptara la nacionalidad italiana para poder salir del país, recibir el premio y dar una esperada conferencia sobre su libro.
Pulido no podía creer lo que estaba escuchando. Después de un momento de reflexión, le preguntó a la persona, al otro lado de la línea, si podía salir del país, recibir el premio y dar la conferencia como apátrida, ya que él, en realidad, no se sintonizaba con ningún tipo de nacionalismo, y menos si éste era xenofóbico y rojo. Y el señor Smith reprimió una carcajada y luego le dijo que no habría ningún problema con eso, pero como sentía cierta curiosidad por esa decisión, le preguntó el motivo y Pulido le respondió, sin mucha seguridad, que admiraba al novelista Iván Bunin. Y el señor Smith, a duras penas, pudo contener una carcajada. Luego, el señor Smith, le dijo que para viajar no necesitaba ningún equipaje ni pasaporte ni documentos de ninguna clase, sólo tenía que dirigirse al aeropuerto, acompañado de su esposa, si ella quería, y esperar a ser contactado por él.
Aquella noche Pulido, ya en la cama, leyó un poema de Carlos Luis Ortiz, que decía así:

Alrededor de una fogata baila mi cuerpo,
Se escuda mi piel,
Sobre la arena escribo nombres de gente que se ha ido.
El pasado me destruye, es verdad.
Su ruta es el lindero de un negro mar,
De mis muertes y mis muertos.


Luego le contó todo lo del premio, el viaje y la conferencia a Penélope, que ni salía del asombro ni le creía lo que su fracasado esposo le decía, y luego escuchó lo más sorprendente:

-         Penélope, ¿quieres venir conmigo a Venecia?

Y ella, con temblor en los labios le dijo que sí a su fracasado esposo.

A la mañana siguiente, la pareja tomó un taxi y se fueron al aeropuerto.
Aquella mañana la brisa marina de Salinas estaba en todo el espectro electromagnético del malecón. Mientras la bruma del mar refrescaba el ambiente, el sol pegaba fuerte, combinación que producía un clima extraordinario y altamente saludable. De esa manera uno podía vivir doscientos años.
Pulido entró de la mano de su esposa al aeropuerto y se sentía frío, frío. Las emociones fuertes siempre le bajaban la presión a Pulido. Lo mismo le había pasado cuando se enteró de las complicaciones que su hijo Joey, jr, tuvo al nacer, y lo mismo sintió, cuando se entero que su hijo Danni había enfermado de hepatitis.
De pronto, al fondo de un corredor, Pulido observó a un hombre alto, enjuto, espigado como una caña, que parecía más un soldado paracaidista que un intelectual, que lo saludaba con la mano. En las manos tenía un cartel en el que se leía: AQUÍ JOEY PULIDO.
Entonces, Pulido se volvió para mirar y sonreír a su esposa mormona y ella, al principio, le devolvió la sonrisa, pero de pronto puso cara de terror. Cuando Pulido se volvió para atrás, para ver que pasaba, no alcanzó a ver al oficial de la marina que le apuntaba a la cabeza con una pistola sino que sintió un gran dolor en la cabeza, que le cegaba los ojos de negra tinta roja. Y después de eso no supo de nada más.
Penélope se quedó arrodillada en el suelo del aeropuerto con la cabeza ensangrentada de su esposo, en las manos, y el señor Smith, gritando, moviendo los brazos y pidiendo ayuda. Penélope pensaba que hay que tener miedo a la forma como el destino nos cobra por las injusticias que los hombres cometemos.
Al fondo de un pasillo del aeropuerto, se veía que escapaba caminando, despacio e impunemente, el asesino agente de P2 Inteligencia Naval, mientras en los parlantes del aeropuerto se escuchaba la balada CHANCES del grupo AIR SUPPLY.

FIN

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