jueves, 5 de diciembre de 2013

A un paso del paraíso (parte 9)




Aquel trabajo de taxi amigo duró poco porque la política de la empresa no toleraba muchas fallas en los conductores. Si un chofer, fallaba en dar con las direcciones cuando iba a ver a un cliente, simplemente lo botaban. Y para Pulido era un infierno cada vez que lo mandaban a buscar un cliente a Guayacanes o a Puerto Azul donde los dueños de casa nunca ponían sus señas.
Desesperado Pulido buscaba trabajo en las mañanas mientras en las noches escribía en su vieja máquina de escribir su manuscrito MODERNO, SOFISTICADO Y DECADENTE. Aquel manuscrito ponía en evidencia la falta de una cultura filosófica entre los miembros de la civilización de la costa. Los Guayasenses, poco inclinados a las letras y más metidos en el comercio nacional e internacional, habían delegado todo el andamiaje educativo a los profesores serranos, que les inculcaban sus ajenos y extraños valores a las nuevas generaciones. Todo el pensamiento nativo de los costeños representados en pensadores como José Joaquín de Olmedo y Maruri, Modesto Chávez Franco, Camilo Destrugue Illingworth, Pedro Carbo Noboa, Víctor Emilio Estrada, Julio Estrada Ycaza, Rodolfo Pérez Pimentel y Antonio Gómez Iturralde, estaba siendo ignorado y casi borrado de la historia y de los programas educativos. Los serranos para dominar a los costeños no sólo los habían marginado de las FFAA, sino que habían practicado un verdadero etnocidio cultural con el pensamiento independiente y separatista de los costeños. De esa manera se les quitaba la identidad a la nación costeña que era tan diferente y antagónica a la serrana. Este vacío cultural perpetuaba el que los Guayasenses sean encadenados a perpetuidad en el sistema centralista, que los quiteños heredaron de España junto con esa despreciable tradición de las corridas de toros. Todo eso eran detalles reveladores de un sadismo inhumano para el pensamiento de Pulido, que veía en aquellas celebraciones llenas de chiquillas lindas, tomando vino, felices, mientras en el ruedo de arena se encerraba y torturaba al pobre toro hasta provocarle una humillante muerte que le atravesaba el corazón con una espada hasta hacerlo vomitar sangre y la consiguiente fatal asfixia sanguínea ocasionada por el colapso de los pulmones.  Finalmente, a la conclusión que llegaba Pulido era que si el cambio no se daba, había la necesidad de que un piloto guayasense corajudo se fuera a Quito y bombardeara el odiado y temido PALACIO DE CARONDELET, hasta que no quede piedra sobre piedra de la maldita cuna del centralismo.
Una mañana, mientras Pulido subía la loma de su barrio, se encontró de nuevo con su viejo amigo Lucho Lacho y este le preguntó si quería trabajar de guardia de seguridad de una central política de León Roldós. Pulido le dijo que sí, de inmediato.
Aquella tarde se encontró con su viejo amigo Teddy Crow y este le dijo que si quería acompañarlo a surfear un rato en el PLAYERO del MIRAMAR.
Teddy había cogido un viejo tablón y lo había transformado en una tabla mediana en forma de una estilizada gota de agua. Lo mejor de esta tabla de foam, de color verde con filos negros en los bordes, era que en la parte de atrás tenía un rabo gordo que en la parte inferior poseía unos profundos canales, que le daban al surfista mayor tracción y agarre a la ola al momento de surfear.
Hacía mucho tiempo que Pulido no corría una ola. Teddy le prestó la tabla a Joey y éste se fue remando hasta la pequeña isla frente al MIRAMAR. El agua estaba fría por la corriente del Humboltd. Las olas eran medianas y transparentes. Pronto Pulido se percató que en aquella tabla era sumamente fácil irse sobre las olas y mantenerse en ellas. Aquellos canales debajo de la tabla eran fabulosos. A pesar de estar completamente oxidado por los problemas y de tener un deplorable estado físico, Pulido se olvidó –por un momento-, de toda su desgracia y miseria. Al bajar aquellas olas playeras, Pulido sentía la fuerza del océano debajo de sus pies, a veces recordaba a Doris cuando la iba a visitar a Canoa, a veces pensaba en sus hijos, a veces no pensaba en absolutamente nada y su mente sólo estaba llena de diferentes imágenes del océano, la ola y el horizonte de un brillante anaranjado. Pero pronto Joey se sintió abandonado de todas sus fuerzas. A duras penas había cogido una ola y ya estaba exhausto. Con lo que le quedaba de fuerzas, remó hasta la orilla donde lo esperaba Teddy y le entregó la tabla. Teddy absolutamente asombrado le preguntó:

-         ¿Ya?, ¿eso es todo?


Por: Sam Scholl (narrador ecuatoriano)

(Fragmento de la novela Ineptitud que será publicada -como dos anteriores obras- por entregas semanales)



No hay comentarios: