lunes, 9 de diciembre de 2013

A un paso del paraíso (parte 10)









Joey tenía que salir todas las tardes de su casa, despedirse de los niños, coger la 54 y quedarse a dos cuadras de la CENTRAL que lucía unos grandes cartelones de publicidad, llamados gigantografías.
El primer día que Pulido entró a trabajar un afroecuatoriano, que cuidaba carros se le paró al lado y de frente encendió un cigarrillo de marihuana. Cuando Pulido se percató de aquello se alejó un poco y siguió con su trabajo de cuidar que ningún vándalo rompiera la publicidad. Al caer la noche, justo en aquel rincón de la central se reunían una colección de figuras del submundo perdido del alcoholismo y la drogadicción.
Pronto Pulido conoció a toda la mafia de aquel barrio y se hizo íntimo amigo de Manita, el negro Mina y Jimmy. Todos eran pushers de yerba, que de vez en cuando fumaban base-sobretodo el negro Mina-, que no podía comenzar el día sin fumarse una pistola y que le cobraba un dólar a Pulido por protegerlo a él y a la CENTRAL de Roldós. Posiblemente esa protección era de alguna barbaridad que el propio negro Mina pudiera cometer contra la propaganda que colgaba afuera.
En las madrugadas llegaba a la CENTRAL de Roldós, Jimmy y siempre iba con uno o dos ladrillos de marihuana y harto papel periódico y dentro de la central y bajo llave, se ponía a armar las mugas de marihuana que iba a vender más tarde. Mientras ocurría todo eso, Pulido escuchaba la radio católica, mientras las devotas monjitas se desenvolvían en una serie de oraciones, pidiendo la necesaria misericordia al Altísimo. A veces Jimmy, con la frente repleta de sudor, le preguntaba a Pulido:
-¿Por qué escuchas, eso?, ¿acaso eres católico?

Y Pulido le respondía:
-         Es mi protección contra cualquier problema que me puedas traer. ¿Sabes lo que pasaría si mi pana Lucho Lacho, llega y nos encuentra aquí metidos en la CENTRAL, con toda esta marihuana? Se arma un tremendo relajo.
-         Tranquilo, brother, tranquilo, Manito está en la esquina con un celular para avisarme sobre cualquier novedad. Cualquier cosa yo me encierro en el baño y nadie me saca de ahí.

A Manito le decían Manito porque tenía el brazo doblado por un antiguo accidente de moto y un gigantesco clavo, atravesándoselo, impidiéndole doblarlo completamente. Manito era adicto al puro y a la caña loca y cuando no estaba traficando lo venía a visitar a Pulido junto con sus amigos alcohólicos y se ponía a beber  y hablar de alta política hasta que aparecía el sol y Pulido tenía que cerrar para irse a su casa.
Unas veces era Oui oui, el que llegaba con una chatita de puro, otras veces era el Comando 20, 20, que venía cargado con harta marihuana para repartir a todos los vagabundos y desamparados que estaban presentes, otras veces era un anónimo desamparado que se metía dentro de la carcacha de un taxi abandonado para después de acostarse, empezar a fumar pistolas de base, todo eso mientras los patrulleros de la policía rondaban por todas partes.
La tragedia de Oui Oui era algo desgarrador. El pobre había quedado rayado después del servicio militar y de eso era de lo único que hablaba cuando estaba borracho. Algunos decían que el amor no correspondido de una mujer lo había llevado al alcoholismo. De vez en cuando su pobre madre lo iba a buscar para llevarle una tarrina de comida y eso era todo un drama, que arrancaba las lágrimas de cualquier persona.
La historia del Comando 20, 20 era que él había pertenecido a la famosa banda del bronco rojo y con ese dinero mal habido le había comprado una casita a su pobre madrecita. Era un delincuente drogadicto, pero estaba orgulloso de ser un buen hijo. Todo había terminado para él cuando cayó a cana. Al final terminó loco y desamparado por la droga.
Pobres, pobres, pobres hombres. Alguna vez fueron niños cuidados y amados por sus padres y ahora estaban perdidos en el mundo del alcohol por voluntad propia o por una serie de factores desconocidos. Todos buscaban siempre fiar la comida, luego juraban y rejuraban que pronto pagarían sus deudas, pero lo primero que hacían cuando tenían dinero era volver a perderse entre la felicidad artificial del alcohol.
Al lado de la central política de Roldós estaba la casa del pusher que proveía de base a las prostitutas nocturnas. Pulido era testigo de su manera furtiva de llegar, todas temblorosas, apretando el culo para que no se les salga la mierda y llenas de misterio para comprar sus paquetitos, que luego abrían en sus esquinas para preparar sus pistolas y luego ponerse a fumar y fumar toda la noche. Cuando llegaba algún cliente se dirigían a la central donde Pulido hacía guardia y le suplicaban para que – a esas horas de la madrugada-, Joey les dejara entrar para tirar el palito con su cliente y luego irse por ahí con su dinerito.  Pulido, pacientemente, cogía los almohadones de un viejo sillón, formaba una cama y luego se iba a sentar a un rincón, siempre escuchando la radio católica, mientras era testigo del acto sexual de las putas con sus sudorosos clientes. Pulido había convertido en las madrugadas la central política de Roldós en una casa de citas y en un antro del narcotráfico. Si su amigo Lucho Lacho lo descubría seguro se le paraba el guacho del susto.
A veces lo iban a ver a Pulido para que las cepillara por última vez antes de irse a sus casas ya casi al empezar a despuntar el sol. Prostitutas con hambre, que practicaban el sexo oral aún enfermas de gripe, unas con cuerpos deformes por el uso que les daban, otras eran negras, negras como la oscuridad de la noche.


Por: Sam Scholl (narrador ecuatoriano)

(Fragmento de la novela Ineptitud que será publicada -como dos anteriores obras- por entregas semanales)

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