domingo, 24 de noviembre de 2013

A un paso del paraíso (parte 8)



En una ocasión la profesora parvularia le dijo:

-         ¿Por qué no te divorcias de tu esposa, si ella ya no te ama, y te casas conmigo, una intelectual como tú, que está a tu nivel y que te entiende bien?

Pero Pulido no contestó. Luego de una pausa que parecía casi eterna le respondió a su amante-amiga:

-         Amo demasiado a mis hijos. No podría vivir lejos de ellos y ella me castigaría, llevándoselos lejos. Prefiero matarme antes que provocarles una escisión psicológica de esa naturaleza, que terminaría matándome también. Prefiero sacrificar mi felicidad por la estabilidad emocional y la felicidad de ellos, los siento, espero que me entiendas.
-         Sí, te entiendo perfectamente, aunque no tenga hijos, pero tus palabras son tan claras, llenas de emoción, sentimiento  y te entiendo, ¿pero por lo menos seguiremos acostándonos y seguir siendo amantes?
-         Todo el tiempo del mundo, amor, todo el tiempo del mundo. Sólo contigo puedo conversar de cosas profundas.
-         A mí me encanta viajar en el carro contigo, ojalá pudiéramos viajar por toda la eternidad de día y de noche hasta el fin de los tiempos.

En las noches el trabajo era para Pulido un verdadero disfrute. Manejar aquel Hyundai Matriz lo relajaba. Siempre tenía que parquearse y hacer base en el parqueadero de un canal de televisión hasta que lo llamaran por la radio. A los choferes como Pulido, que manejaban carros que no pertenecían a la compañía, les daban un máximo de seis carreras y luego los parqueaban. Entonces los choferes se ponían a conversar sobre los diferentes problemas que tenían con los vigilantes, con los tipos de la dirección nacional de hidrocarburos y los problemas que tenían con los clientes.
Pronto Pulido intimó con uno que parecía ser el más viejo de todos y el más experimentado. Joey le empezó a conversar todas sus experiencias sexuales, incluso las más disparatadas que había realizado con las mujeres negras. Pulido habló y habló y habló como yegua desbocada aquella noche. Y su amigo lo escuchaba atónito y meditabundo. Otro colega que también estaba escuchando fue llamado por la radio y mientras se iba le fue diciendo a Pulido:
-         Ya no lo siga pervirtiendo a ese pobre hombre...

Y todos terminaron la conversación con un verdadero ataque de risa verdaderamente demencial.
En una ocasión le tocó a Pulido ir a recoger a una mujer completamente alcoholizada, que le pagó la carrera con un billete demasiado alto. Cuando Pulido lo cambió en una gasolinera y regresó a donde se encontraba el vehículo, encontró a la chica vomitando hasta el cerebro por la ventana del carro. Ella al verlo todo asustado le dijo:

-         Siga conduciendo, siga conduciendo.
Al día siguiente su amigo Leonardo, con el que se turnaba para manejar el Hyundai, le preguntó que quién le había vomitado la puerta del vehículo. Luego le dijo que le habían aparecido unas bolas en las axilas y en la zona peritoneal y ambos temieron que se tratara de algún cáncer. Pulido de inmediato sospechó que se trataba de algún bombardeo con armas secretas indetectables de P2 Inteligencia Naval. Pero para que su amigo no lo creyera loco, guardó silencio.
Un día, el Gerente de la compañía de taxi amigo, lo invitó a Pulido a practicar en su dojo algo de karate. Este tipo además de experto instructor en Kempo, tenía la manía de fumar triqui. Pulido no sabía el motivo por el que él lo había elegido y se puso el kimono de entrenamiento, reprimiendo a duras penas el nerviosismo, una pierna le temblaba involuntariamente como cuando daba sus discursos en el templo mormón o en la universidad. En alguna ocasión había leído que ha Jack Kennedy, también le temblaba la pierna cuando hablaba en público.
Cuando estuvieron listos y frente a frente, Roger le dijo:
-         Ahora, bien, trata de atacarme.

Y Pulido no sabía qué hacer, así que trató de agarrarlo del kimono para sacarlo de equilibrio, pero Roger lo agarró del cuello a Pulido y lo proyectó con bestial fuerza hacia el suelo. Pulido rebotó en el tatame como si fuera de goma y se puso de pie de inmediato. Roger se le fue encima y cuando estuvo cerca, Pulido lo agarró de las solapas y le practicó una proyección de judo ruso, haciéndolo pasar a Roger por encima y haciéndolo volar hacia la otra esquina del tatame. Ahí se quedó Roger un momento, totalmente sorprendido y confuso por la inesperada caída. Luego se levantó y le dijo a Pulido:
-         ¿Dónde aprendiste esa técnica de combate?
-         En el colegio claretiano Espíritu Santo fui campeón intercolegial de judo y me gané una beca de seis meses para estudiar judo ruso en Moscú. 
-         Te felicito, hombre, no eres lo que pareces, te felicito. Ni me di cuenta de cuando me agarraste. Ahora pongámonos los guantes de box, vamos a ver cómo estás en el box.

Cuando los dos se terminaron de calzar los guantes, comenzaron a realizar amagues y Roger le propinó dos buenos golpes en el ojo derecho a Pulido, que de inmediato se le comenzó a poner rojo y a hinchar. Cuando se acercó para pegarle en las costillas, Pulido lo agarró del kimono y lo volvió a proyectar con una técnica de judo ruso, que lo hizo volar por encima de su cabeza al pobre Roger. Cuando cayó el robusto Gerente, sintió un intenso, pero intenso dolor en los riñones y se quedó ahí, acostado sin poder moverse por un buen rato.
Después de eso, Roger suspendió la práctica de artes marciales.


Por: Sam Scholl (narrador ecuatoriano)

(Fragmento de la novela Ineptitud que será publicada -como dos anteriores obras- por entregas semanales)


 


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