jueves, 7 de noviembre de 2013

A un paso del paraíso (parte 6)


En Latinoamérica era muy desconocido el caso de John Updike y Graham Greene cuyos temas se acercaban completamente a las distintas confesiones religiosas.
Para John Updike al igual que Graham Greene, no había límites cuando se trataba de rodear de religión el ambiente o la atmósfera que quería retratar con sus protagonistas, porque en el realismo literario, las creencias de las personas también son aspectos que se deben considerar en las obras que capturan el estilo de vida de los protagonistas. En esto no había nada de sacro o delicado. Las cosas eran como eran en el moderno mundo de hoy, donde la parte espiritual, al igual que el sexo, podía ser diseccionado con abierta amplitud intelectual. El problema de la verdadera religión era un asunto del Diablo que se reía y se aprovechaba de la ignorancia y el sectarismo de los hombres. Para Pulido todas las religiones eran buenas, estaban compuestas por personas sino santas, al menos por personas que creían en lo que estaban haciendo. Y eso, creía Pulido, que había que respetar. No era nada fácil para la joven audiencia comprender este respeto intelectual de Pulido por las verdades ajenas. Lo que los chicos escuchaban de Pulido les parecía irreverente, pero había que tener paciencia con ellos. No habían leído tanto como el conferenciante, y menos aún, sabían algo del sincretismo vietnamita. La conferencia de Pulido se asemejaba a una erupción solar, llena de conocimientos. Entonces una alumna le preguntó, que quiénes eran más inteligentes: los hombres o las mujeres.
Pulido suspiró, era el eterno problema de qué fue primero: el huevo o la gallina. Al principio lo que Pulido quería responderle a aquella niña, que al principio le recordó a su pequeña amante Sandra Lee, era que una mujer inteligente no se debía dejar seducir por el tonto síndrome de Eva, ese complejo de inferioridad que padecían las mujeres por ser consideradas las responsables bíblicas de las desgracias del género humano, -el asunto de Eva, engañada por la serpiente haciendo caer en el infierno a Adán-, pero se detuvo, lo reflexionó un momento y le pareció muy fuerte, entonces quiso hablarle de la facilidad con que caen los intelectuales en la creencia de que, sin excepción, hay seres poco iluminados tanto en el sexo femenino como en el masculino y también en los casos del género intermedio, pero eso también le pareció cruel y al final no sabía qué contestarle a aquella chiquilla, que esperaba ansiosa e impaciente la respuesta de un escritor a este difícil dilema de su vida. ¿Las mujeres son de Venus y los hombres son de Marte? Así que Pulido se limitó a darle una respuesta que respetaba la configuración del ADN de la raza humana, el diseño de Dios:

-         Cada ser humano es único e irrepetible. Incluso los gemelos tienen diferentes gustos, dones y pensamientos. Esto les parecerá una respuesta muy individualista, lejos de las concepciones sociales y marxistas, que tanto han visto y estudiado en sus escuelas. Pero, tanto los hombres como las mujeres y los casos intermedios, tienen dones, que en muchos casos lastimosos, permanecen ocultos, pero cuando un ser humano viene al mundo, viene con un propósito, tiene una misión, un destino. Lo difícil es dar con ese destino antes de que las fuerzas ocultas de las circunstancias acaben con lo poco de bueno que hay en cada persona: sus sentimientos y la capacidad de ver claro. La mente y el noble corazón.

Al final de la conferencia, Pulido recibió un caluroso aplauso, que el sufrido intelectual no se lo esperaba. La chiquilla que se parecía tanto a su amante Sandra Lee, se le acercó con un cigarrillo apagado en la mano, se lo puso en la boca, se lo encendió y le dijo con una sonrisa insondable en los labios:

-         ¡Éste sí es su último cigarrillo!

Las continuas crisis emocionales y los furores de mal humor de la señora se hicieron intolerables para la sensibilidad de Pulido y un día dejó abandonada a la señora. Él no volvió más y ella no lo volvió a llamar. Aquella mañana que Pulido renunció se había desayunado una gigantesca ensalada de tomates, que su madre le había preparado y mientras viajaba en el colectivo de la ocho, sintió que se le bajaba la presión y a duras penas alcanzó a sacar la cabeza por la ventana para vomitar todo el tomate medio digerido. Pulido sentía el frío de la muerte y vomitó hasta que le dolió la garganta de tanto devolver y devolver. Seguramente aquel malestar había sido provocado por las armas secretas indetectables de P2 Inteligencia Naval.
Entonces una noche que Pulido paseaba por su barrio en busca de algún trabajo, sintió un terrible y agudo dolor en el lado derecho de sus tripas. El dolor era tan terrible, que al punto Joey pensó que se le había reventado algo adentro de su organismo y se fue caminando de manera agónica hasta la clínica urológica de un antiguo compañero del colegio. Ahí lo inyectaron para disminuirle el dolor con la idea de que se trataba de un cálculo renal y luego le mandaron que se hiciera varias pruebas, una de ellas de ecografía para ver qué era lo que le pasaba.
Penélope lo mandó a una fundación médica para pobres de los mormones y la ecografía del doctor le diagnosticó un hígado graso y un colon irritado. Luego Pulido consultó un médico vegetariano que le dijo que eso no era ninguna piedra en los riñones sino parásitos. Pulido empezó a tomar dos cucharaditas de ASCARDINE PIPERIZINA por las noches y una mañana mientras se lavaba, después de defecar, se quedó paralizado en una mezcla de susto y asco al comprobar que en la mano con que se limpiaba, se le había quedado enredado un enorme gusano en forma de látigo con una boca de ser alienígena. Eso era lo que le provocaba esos dolores en las tripas tan inaguantables.
Cuando se recuperó, nuevamente Joey se hallaba desocupado. Las noches de Salinas le parecían crueles, pero hermosas, oscuras, pero llenas de misteriosas luces, música de TOTO, gente linda, pero dedicada sólo a divertirse para olvidarse del dolor, la angustia y las preocupaciones. Pulido fumaba y fumaba y fumaba y mientras más fumaba más comprendía y entendía. Trabajar con la señora intelectual era lo más cerca que había estado de realizarse como hombre de letras. ¿Qué haría ahora?
Pulido tenía en la mente el título de otro manuscrito político, que hablaría sobre la fiebre roja que pronto se desataría como lluvia apocalíptica sobre Latinoamérica, su título era: MODERNO, SOFISTICADO Y DECADENTE.
Pero no veía que en el futuro él tuviera fuerzas para luchar contra las fuerzas organizadas de una sociedad necia, mal llevada, rematadamente tonta, que censuraba tan duramente lo que escribía, no sabía de dónde sacar fuerzas para defender su posición en el planeta y su derecho a escribir.
  
Por: Sam Scholl (narrador ecuatoriano)

(Fragmento de la novela Ineptitud que será publicada -como dos anteriores obras- por entregas semanales)

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