domingo, 13 de octubre de 2013

A un paso del paraíso (parte 3)




Después de la entrevista en el programa de la doctora Rosalía, Pulido encontró trabajo como secretario de una escritora que se desempeñaba como periodista cultural para el diario EL GLOBO.
A esta aristocrática mujer, Pulido la conocía desde sus años como estudiante. A él le daba por visitar los museos, mientras estaba escribiendo su magnífica tesis sobre las consecuencias nefastas para Latinoamérica por rebelarse contra Occidente. Una noche se encontró con esta mujer que provenía de una familia tan antigua como rica y que era de la crema de la crema de la sociedad. Ella se fijó de inmediato en su intelecto proclive a la filosofía griega y quedaron empatados. Luego Helen lo invitó a comer al Club de la Unión y su amistad quedó sellada para siempre por el amor que ambos sentían por la cultura y los libros. Pulido se sentía bastante intimidado por pertenecer a una clase media tipo sport, que nunca se hubiera imaginado tener el roce y ser espectador de las costumbres de las familias de gran alcurnia. Pulido veía asombrado y nervioso a estos hombres que manejaban con mano de conquistadores y caciques a miles de hombres y millones de dólares por año. Gente que mandaba a estudiar a sus hijos a universidades extranjeras para que regresen a administrar los negocios familiares, gente que se gastaba cinco mil dólares en una semana como si se tratara de cambiarse la ropa y ponerse la pijama para dormir. Pero la familia de Helen se vino para abajo poco a poco y primero murió la matriarca de la familia, que era una mujer poseedora de una personalidad verdaderamente avasalladora. En una ocasión mientras la familia viajaba a la sierra, hicieron un alto para comprar mote con chicharrón y la majestuosa señora se había detenido a observar a un serranito que se le había acercado para venderle una chuchería y ella le había dicho en la cara:
- ¡Pero que raza tan fea!
Al final también falleció de insuficiencia renal la hermana mayor, que era tan inteligente y que llegó a estudiar el sánscrito para poder leer a los Vedas. Todo esto fue despedazando al patriarca de la familia que contrajo un cáncer a los ganglios que lo fue disminuyendo poco a poco. Primero vendieron su lujosa mansión de madera, localizada en Chipipe, luego, fueron vendiendo las oficinas y cada vez más fueron cerrando las operaciones de la naviera que el viejo y pulcro magnate dirigía con la sincronización de un inglés. Al final, Helen se quedó sola y sin dinero, viviendo de lo que le daba la alta cultura, y durmiendo en un hotel. Helen, prácticamente, se había convertido en la guía del disfrute intelectual de alto nivel de los millonarios y de la gente bien. 

Todas las mañanas, Pulido tenía que coger el colectivo de la 54 y viajar hasta quedarse en el hotel Ruiseñor. Tomaba agua del surtidor y subía los peldaños de la escalera hasta el cuarto donde vivía la anciana escritora.
En medio de la escalera había un gran espejo y Pulido al ver el reflejo de aquel hombre, que era él mismo, no podía creer lo que sus ojos veían: era un hombre apenas excedido de peso, pero con grandes entradas en su cuero cabelludo castaño y blanco, que había acusado recibo de los impactos de la desgracia hasta marcar feamente su noble rostro, dándole el aspecto de un hombre triste y trastornado por el dolor.
La señora tenía que escribir sobre una pintora guayaquileña del siglo XIX. Y la labor de Pulido consistía en ir a revisar los periódicos viejos para buscar información sobre sus ancestros, su familia, sus exposiciones, sus viajes.
Cuando Pulido revisaba estos documentos tenía que tener mucho cuidado con no dañarlos. Al mismo tiempo era como regresar en el tiempo y viajar al pasado. Todas las modas pasaban, las compañías que publicaban su publicidad en los periódicos representaban, muchas veces, grupos familiares, y como los seres humanos, las compañías nacían, crecían y morían. Todo era tan triste. El indetenible paso del tiempo. La felicidad se había ido, pero no siempre el pasado había sido tan bueno para todas las personas. El pasado era lo que ya se había vivido y junto con la muerte era olvidado poco a poco.
Toda esa información era transmitida a la escritora y ella continuaba su labor buscando más información por internet.
Muchas veces la señora trabajaba en un Cyber público y dejaba un montón de imágenes para que Pulido venga de nuevo y las ordenara en el Power Point, pero en una ocasión alguien vino y borró toda la información y la señora montó en cólera. Pulido sabía que esas cosas sólo podían venir de los agentes de P2 Inteligencia Naval, así que se quedó callado y aguantó toda la andanada de insultos mientras comía mierda. De verdad necesitaba el trabajo y soportaría todo para seguir escribiendo y corrigiendo textos que luego se publicaban en EL GLOBO. Cuando la señora lo contrató, Pulido pensó que el trabajo sólo consistiría en hacer lo que el otro asistente hacía: encargarse de la ropa y cuidarla, pero la actividad intelectual de la señora se hacía cada vez más complicada.
Ya en las noches, Pulido tenía que revisar los textos que la escritora había empatado y su trabajo consistía en unirlos, había que rescribir y rescribir hasta que todo quedara perfectamente legible. Había que revisar todo minuciosamente. Pulido cada mañana, antes de ir a trabajar, se fumaba su último cigarrillo y cuando llegaba al departamento de la señora, se tomaba una taza de café. Cuando se quedaba solo en el departamento de la señora, utilizaba el baño para evacuar y luego –como los krsnas-, se bañaba. También aprovechaba para lavarse los dientes o lo que quedaba de su dentadura, que se había convertido por la nicotina y el alquitrán en una zona de desastre. La señora por las mañanas lavaba sus calzones, medias y algunas camisetas y luego dejaba todo en una palangana de plástico para que Pulido la cogiera y subiera a la terraza del hotel para colgar con pinchos toda esa ropa.
La señora Helen se encontraba en un proyecto cultural para promover el arte y a los artistas. Eso necesitaba de fondos económicos, contactos en el mundo del arte, escribir cartas en inglés, conseguir el apoyo de gente de la cultura en el exterior, amistades y otras relaciones que auspiciaran con dinero esos proyectos.
También era labor de Pulido el encargarse de recoger la ropa sucia de la señora y llevarla a la lavandería, pagar el servicio y estar pendiente de retirarla cuando esté lista para que la señora no se quede sin ropa que lucir.


Por: Sam Scholl (narrador ecuatoriano)

(Fragmento de la novela Ineptitud que será publicada -como dos anteriores obras- por entregas semanales)


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