miércoles, 2 de octubre de 2013

A un paso del paraíso (parte 1)





La verdad no debe ofenderte, si tienes la buena fortuna de encontrar quien te la diga.
Saul Bellow

El mundo necesitaba la muerte. Necesitaba la muerte exactamente igual que la vida.
John Updike

La mente es como un tapiz ricamente tejido en el que los colores vienen destilados por la experiencia de los sentidos y el diseño queda trazado por las circunvoluciones del intelecto.
Carson Mc Cullers

El viaje a Quito fue dolorosamente largo. Los riñones de Pulido se resintieron, pero cuando llegó con Susana, lo hicieron muy tarde y no encontraban un buen hotel abierto. Cuando Pulido se metió en la bañera del hotel MAPLE, y abrió la ducha sintió que casi se muere con el contacto del agua fría. Era como si le cayeran encima un millón de pequeñas agujas de hielo y atravesaran, por todos lados, su corrupto cuerpo.
Ella se reía a carcajadas porque, como buena burócrata ya estaba acostumbrada a ese tipo de experiencias.
En Quito, se encontró con su prima Carolina en el supermercado, y ella le contó cómo había ocurrido la muerte de su padre el tío Víctor Hugo. Murió amargado, derrotado por la vejez, decepcionado, medio alcohólico y en los brazos de su hijo. Fue un infarto masivo, mientras su hijo lo levantaba para ir al baño a orinar. Luego le detalló la agonía y muerte de su tía Mayiya. El cáncer al colon la había disminuido poco a poco. La operaron y le extirparon la materia enferma hasta sustituirla por una fundita, que ella llevaba pegada a su cuerpecito con resignación y que vaciaba y cambiaba cuando se llenaba de materia. En aquella operación el corazón de la tía Mayi le había fallado, y ella había tenido una experiencia en la que pudo ver a su madre la abuela Rosita de Pulido, fallecida de insuficiencia renal, cuando su madre era niña y también pudo ver a la tía Elbita que le decía:
-         Venga, venga, venga no más con nosotros...

Pero, mi tía Mayi le dijo que no, que no, que ella quería ver crecer a sus nietecitos.
Luego la diabetes hizo el resto. Carolina le decía que cuando la tía Mayiya ya estaba en los últimos estertores y los riñones ya no le funcionaban, la orina se le escapaba del vientre, de color café y de ella emanaba un olor a descomposición y muerte, luego, se quedó con la mirada fija, como si estuviera presenciando la visión de un ángel, desplegando sus alas. Algo parecido le había pasado a la tía Elbita, cuando el cáncer al pulmón se la llevó. Después de la muerte de su esposo, el tío Gerardo, la tía Elba se pasaba todo el tiempo que le quedó administrando la botica y fumando cigarrillos, uno tras otro.
Mientras Pulido caminaba por las calles de Quito recordaba que cuando asistía a aquellos cursos de contabilidad en IDEPRO, siempre hacía base en la droguería de la tía Elba, y ella siempre lo esperaba con una sonrisa y una fruta en la mano y luego le decía:

-         Llévate una mandarina...

Cuando la madre de Pulido quedó encinta, su padre, el abuelo Víctor, no la quería en la casa por ser madre soltera. Y Elbita era la que le apoyaba con comida, pañales, leche y remedios para la madre y su bebé, el pequeño Pulido. Joey recordaba que le encantaba un calcio granulado con sabor a tutti fruti, que le mandaba la tía Elba para que nunca se le rompieran los huesos. También Pulido recordaba los exquisitos sánduches de chancho que vendían frente a la botica. Pulido, en la flor de la juventud, después de estudiar sus programas de contabilidad le pedía prestado unos sucres a la tía Elbita y se iba al frente a comerse un exquisito sánduche de chancho con una botella de cola negra.


Por: Sam Scholl (narrador ecuatoriano)

(Fragmento de la novela Ineptitud que será publicada -como dos anteriores obras- por entregas semanales)


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