lunes, 5 de agosto de 2013

La felicidad de Pulido (parte 6)


En aquella ventanilla se escuchaba la mejor música de los 70’s, que Pulido se pudiera imaginar. Entonces su jefe le dijo que aquella noche la iban a pasar por todo lo alto. Y le enseñó unas botellas de cerveza envueltas en una funda con hielo. Al parecer, un pinto gordo, un pez gordísimo calibre 38 del puerto, al que apodaban Garrotillo, porque siempre estaba arrecho, le había dejado esas cervezas en lata con tal de que les deje pasar unos contenedores sin los papeles en regla. Entonces empezó la bebedera para celebrar el día del trabajador. A Pulido no le gustaba beber porque no le gustaba vomitar, pero aquella madrugada se declaró loco y empezó a beber como descosido. El resultado fue, que al amanecer terminó vomitando los hot dogs del mudito Comebicho frente a una de las cámaras del Puerto, que lo registró todo perfectamente.
El movimiento efectivo en el Puerto era por las noches.
Cada vez que Pulido veía a un tipo sospechoso con cara de mafia, que se acercaba con ganas de coimar con una suma fuerte, Pulido lo conectaba con su jefe de grupo y él se hacía a un lado. Pulido sólo cogía pequeños sueltos y de esa manera se evitaba problemas mayores. Por proceder de esa manera era todavía más querido por sus compañeros y siempre a la salida del trabajo lo invitaban a comer cangrejos y a tomar cervezas en el bar de oficiales de la marina. Pulido se extasiaba con el espectáculo, casi pornográfico, que daban las mujeres de los militares al lucir esos trajes de baño diminutos y apretaditos. En una ocasión se le acercó Sandra Lee, la hija de un coronel y le dijo que lo reconocía como el escritor que le había vendido un libro sobre política y sexo afuera de una discoteca en el malecón de Salinas. Ella le dijo que lo había leído tres veces y que le había gustado mucho. También Sandra le dijo que escribía desde muy pequeña, pequeños poemas, letras de canciones y que quería ser escritora y después le preguntó, toda temerosa, si él le podía enseñar a escribir.
Pulido, nervioso, no se veía como un instructor o un crítico literario y sólo acertó a decirle lo que había leído en una novela de Jack Kerouac:

-         ¡Para ser escritora tendrás que dedicarte a ello como un adicto a las anfetas!

Luego le firmó el autógrafo en una servilleta y le dio una tarjeta con la dirección de la imprenta y ella, con una sonrisa profunda en los labios, lo dejó con su cerveza helada en la mano y sentado en el bar.
Pero la mala suerte lo tenía cogido de las pelotas a Pulido y un buen día cambiaron la guardia en la que él trabajaba y le pusieron unos guardias privados, que no sabían trabajar en equipo. El jefe de Pulido le advirtió que se cuidara de esos soplones y que no diera chance. Entonces Pulido ya no sabía qué hacer cuando los choferes le ponían los dólares en la mano. Pero, ¡cosa curiosa!, los nuevos guardias cogían las monedas, los billetes a diestra y siniestra y él pronto fue a consultar esto a su jefe y al final nadie sabía nada de nada. Lo que estaba claro, era que estos tipos estaban ahí para cogerlos in fraganti en una falla garrafal y sustituirlos.
Pulido empezó a tratar de comunicarse con estos guardias y ese fue su peor error. En una guardia vespertina se encontró con un viejo compañero, apellidado Bonilla, de aquella primera vez que Pulido trabajó de guardia y la pasaban de lo lindo. En las madrugadas, para alejar a los mosquitos, encendían fogatas con viejos papeles de periódico, fundas usadas de cemento, palos y maderas de pallets destruidos.
Cuando salían se iban a la casa del comando Bonilla y en el patio de la casa encendían un porro de yerba. Bonilla era afroecuatoriano y le presentó a su hermana, que era una negrita linda y que vivía aparte. Pronto se hicieron amantes y cada vez que Pulido tenía que hacer guardia en las madrugadas, salía más temprano que de costumbre de su casa para llegar a la casa de la negrita Gabriela, fumarse unos porros de yerba, tomarse unas botellas, ver películas porno y hacer el amor frenéticamente. Luego ella lo acompañaba hasta la carretera, lo despedía preocupada, pero cariñosamente y él se iba a trabajar al Puerto.
Pero la mala suerte lo tenía agarrado de las pelotas a Pulido y en una ocasión, llegó un poco borracho al trabajo y mientras cogía la coima que un camionero le puso en la mano, no se percató de que un guardia, de los nuevos, estaba a su espalda y lo cogió in fraganti y le dijo:

-         ¿Este tipo te está coimando, no?

Pulido, pálido, aterrado, cuando lo vio que con la radio en la mano y que lo iba a reportar, le dijo:

-         ¡Oye, brother, tranquilízate!, ¿qué estás haciendo?, nos vas a meter en un lío a todos, si tú también coges dinero, hasta te he visto dejar pasar camiones por veinte y cinco centavos...

Pero el comando estaba decidido a cortarle la cabeza a Pulido y lo reportó por la radio. Pronto vino la patrulla de la nueva seguridad y se lo llevaron a ver a su jefe de Inteligencia Naval. Pulido estaba muerto de miedo, pronto se quedaría sin trabajo ¡y sólo por coger un dólar de coima!
La entrevista fue penosa, el oficial de Inteligencia Naval le preguntó si había sido coimado y Pulido le dijo que sí, luego le preguntó que cuánto había cogido y Pulido le dijo que un dólar. Este argumento el oficial de Inteligencia Naval lo confirmó con el chofer del camión, que también le dijo que le había puesto en la mano al IRLANDES, un dólar y eso fue todo. Pulido estaba decapitado y nuevamente sin trabajo.
Sus amigos le habían dicho que si pasaba algo semejante se quedara callado y que se fuera sin abrir la boca y eso fue lo que hizo Pulido. A la mañana siguiente fue a devolver los uniformes, las botas, se comió el último hot dog del mudito Comebicho y se fue del Puerto sin mirar atrás. Otros amigos, que lo querían mucho por ser buena gente, le decían que utilizara su palanca con su amiga Susana para que no lo saquen, que era ridículo que lo boten por una coima de un dólar, pero Joey era incapaz de mezclar en ese lío a su querida amiga Susana y se fue sin ni siquiera molestarla por aquello.
 
Por: Sam Scholl (narrador ecuatoriano)

(Fragmento de la novela Ineptitud que será publicada -como dos anteriores obras- por entregas semanales)

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