martes, 9 de julio de 2013

La felicidad de Pulido (parte 4)








Todos estos escritos eran intercalados con poemas eróticos, que a veces tenían algo que ver con lo escrito más atrás.
Las noches le parecían a Pulido infinitas, tipeando y tipeando, toda la madrugada. De esta manera, este hombre viejo y enfermo era feliz. Al menos, ahora su familia ya no le decía nada y lo dejaba en su ocupación, sin perturbarlo en lo más mínimo. Al final se había ganado el respeto de su familia y cierta comprensión en su condición de intelectual de cuarta fila.
Pero los problemas parecían no terminar nunca. Cuando se acabaron los libros, Pulido estaba otra vez sin trabajo y chiro. Sus hijos le pedían cosas de comer, ropa para vestirse, zapatos, Penélope le exigía que pagara las pensiones de los colegios, que le diera dinero para el transporte. Penélope seguía con la loca idea de hacer una vida religiosa por separado de la familia de su esposo y en especial de su esposo. Ella creía que toda la desgracia de Joey y toda su mala suerte, provenía de su ateísmo, que era una grave ofensa para Dios. Ahora ella le daba, incluso, por pasar con los niños el fin de año. Para Penélope, su verdadera familia estaba en la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Así era la cosa, Pulido estaba descartado como esposo y casi era considerado una basura como padre.
Pero Pulido no se rendía y por las mañanas salía a buscar trabajo y por las noches seguía tipeando y corrigiendo su segundo manuscrito, titulado: LA RESPONSABILIDAD POLÍTICA. ¡Qué noches tan alucinantes eran aquellas! Pulido escribía en su máquina, y ni el sueño ni el cansancio hacían mella en su determinación de recuperar el tiempo perdido, de recuperar a su familia, de ser alguien que haya dejado una importante huella en la historia filosófica del Ecuador. A veces hacía una pausa en medio de la madrugada y se salía a su patio a fumarse un último cigarrillo. A lo lejos se escuchaba la canción Saidi Love You, de Michael Bolton... y Pulido se veía así mismo como un negro corcel, libre, al galope, en medio del desierto de Salinas. ¿Eran puras alucinaciones?, nadie lo sabía con certeza ni el mismo Pulido.
Una tarde, cuando ya se dirigía derrotado a su casa por no encontrar trabajo, se encontró con una ex compañera de la universidad, que poseía un extraordinario parecido con Mary Tyler Moore y le pidió trabajo. Ella se alegró de verlo. Se fueron a tomar unas cervezas y ella le dijo que le podía conseguir un trabajo en el Puerto. Pulido ya no sabía qué hacer, todos los caminos lo llevaban a Roma y siempre terminaba perdiendo. Luego, Susana le dijo que se había vuelto a divorciar y que tenía a su cargo un hijo con una leve discapacidad que no el permitía escuchar bien. Ella quería que Pulido le hablara de sus libros, pero Joey estaba mal aquella noche. Estaba siendo presa de otro ataque de depresión angustiosa y lo único que quería era irse de ahí lo más pronto posible, acostarse en su cama y dormir hasta que se le pasara la crisis. Pero su amiga, ya borracha, le dijo que le hablara, que le hablara y le volvía a servir más cerveza en su vaso.
Entonces Pulido le habló del nuevo libro que estaba escribiendo y que él era muy escéptico con respecto al camino por el que nos estaban llevando a los costeños la patria serrana. De esa manera siguió hablando, lleno de angustia, sobre sus perspectivas ideológicas y ella, en un momento dado, lo interrumpió al acercarse a él y depositarle un apasionado beso en los labios. Luego le dijo que se fueran a la cama. Pero Pulido no estaba bien aquella noche. Lleno de temores se fue con ella y subió las escaleras del hotel detrás de aquel inmenso culo. A la hora en que los dos estaban desnudos, Pulido descubrió amargamente que no se le paraba la picha y ella le preguntaba toda borracha y despechada con las tetas y su vello púbico al aire:

-         ¿Qué es lo que te pasa?, ¿acaso soy demasiada mujer para ti?

Y Pulido respondía:

-         Lo siento, es que me has cogido en un mal momento. Estoy muy deprimido y estoy soportando una crisis de angustia fenomenal, lo siento.

Y ella, parpadeando y comprendiendo sus palabras en medio de una nube de alcohol, le dijo:

-         Venga para acá, papito.

Y le comenzó a chupar el penecito esmirriado de Pulido, con tal destreza que la picha se empezó a poner bien tiesa. Para cuando terminó de succionar, se acostó en la cama y se quedó dormida con un ligero dolor de cabeza, por la gran cantidad de cerveza que había ingerido. Entonces Pulido empezó a succionarle los pezones de una manera sistemática, hasta que se pusieron bien duros. Pero cuando terminó de chuparle los pezones a Susana, ya la picha estaba otra vez muerta, entonces se acostó junto a ella y se quedó dormido. Aquella noche, en aquel hotel, Pulido tuvo muchas visiones sobre el desierto, el mar, las olas. Constelaciones, galaxias, agujeros negros tragándose galaxias enteras, universos enteros, poemas de Octavio Paz pasaban por su afiebrada mente. A lo lejos se escuchaba la canción de los EAGLES: I can’t tell you why...


Por: Sam Scholl (narrador ecuatoriano)

(Fragmento de la novela Ineptitud que será publicada -como dos anteriores obras- por entregas semanales)


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