domingo, 7 de julio de 2013

El espacio público del poeta




Los poetas. Los grandiosos poetas de una ciudad. Los grandiosos y celebrados poetas de mi ciudad. Los poetas no poetas. Los tipos y tipas que escribieron descorazonadamente algunos versos, los que han movido el piso a las adolescentes más próximas, los que se han autoerigido dentro de un espacio geográfico, los que llevan consigo tarjetas de presentación: POETAS-ESCRITORES. Poetas institucionalizados. Poetas de auditorio. Poetas de corbata. Poetas amordazados. Poetas alineados al poder. Poetas tembleques. Poetas recalentándose para sobrevivir. Poetas que jamás se atreverían a llevarse a sí mismos a las esquinas más concurridas de la ciudad. Esos poetas.

El poeta debe ir a las calles
Oliverio Fernández es un poeta convencido de su oficio. Como muchos otros poetas es un romántico que prefiere la pobreza: escribir y sobrevivir, alineado a la oscuridad de sus días. No le interesa un trabajo, así que escribe para comer (cambia sus poemas a un tipo que tiene un comedor callejero) fumar y beber. De vez en cuando se prostituye como publicista.
Todo lo anterior es importante en su vida, pero la verdad no interesa, porque el hecho que quiero destacar es aquella forma poco habitual de sobrevivir: acercándose a los autos parados ante el semáforo, decir poesía, estirar una de sus manos y recibir dinero.
Entonces este recurso ¿Es solo una manera de conseguir dinero y sobrevivir un día más o es la manifestación de un poeta convencido de que su arte debe estar en las calles? Continuemos siendo románticos y digamos que se trata de lo segundo: un convencimiento artístico, una propuesta contestaría al poder de aquellos otros “poetas” de auditorio. De evidenciar que la poesía no se consume desde las librerías, que los poemarios no se venden, que los libros que circulan gratuitamente en internet se van acumulando en los archivos de lectores que los olvidan. Sin embargo, desde la calle, desde las esquinas con hippies, el poeta, ha decidido hablar y compartir su palabra, sí, a cambio de dinero, pero también como un discurso que busca a toda costa que la poesía sea accesible a los demás.  





El arribo a un espacio público no tradicional
Pero Oliverio no es un poeta real, sino uno ficcional, extraído de la película “El lado oscuro del corazón” (1992, Eliseo Subiela). Y aclaro esto porque hasta donde conozco los poetas no van a las calles, no ofertan su arte como lo hace un “artista” callejero. No, el poeta desde su comunidad continúa empoderado desde espacios preestablecidos como auditorios y hasta bares, pero las calles aún no han sido un territorio a explotar.
¿Qué hacer para llevar la poesía al espacio público?, ¿Quiénes, más allá de los poetas, deben prestar un interés en el tema?, ¿Se trata de un arte para las masas?
Una salida fácil sería decir que los departamentos culturales de instituciones académicas y municipales deberían fomentar la poesía desde sus escenarios, abrir nuevos espacios desde aquellos pasajes literarios y otros lugares regenerados de la urbe, pero ya tuvieron su oportunidad, ya demostraron que la poesía está en sintonía con otros intereses alejados de la literatura, que pesan más los compromisos sociales que la verdadera denotación del arte.
Sí, la poesía no es para las masas, jamás lo ha sido y probablemente no lo será. ¿Por qué aseverar esto? Porque poetas y “poetas” se enfrentan con el mismo problema: el escaso consumo de poesía, contradictoriamente, en un mundo, continente, país, provincia y ciudad, con demasiados títulos. Poesía apilada en poemarios que muchas veces no llegan a cumplir el primer objetivo de todo libro: llegar a los lectores.
¿Pero qué pasaría si los poetas fueran Oliverios?, ¿Si no solo los malabaristas fueran los únicos actores representantes del arte en las calles? Tal vez la poesía podría llegar a convertirse en ese producto masivo de consumo. Sí, también soy un romántico que intenta ver en la decadencia poética una reivindicación.

Performance
Señor y señora, mientras ve, desde su carro, a uno de los malabaristas jugar con machetes girando en el aire, o se extasía con cada escupida del hombre expulsa fuego, no le sorprenda que uno, dos o varios individuos e individuas se acerquen a su ventanilla. No, no le dirán que necesitan sepultar a una hija inexistente, que la receta médica es urgente, que la operación es de vida o muerte. No, ellos lo único que harán es compartirles un poema, aquel pedazo de vida que les ha carcomido las entrañas por años, que se ha apoderado con insistencia de sus pesadillas. Sí, ellos, al igual que yo (románticos decadentes) son sombras emergentes dentro de una urbe infectada de aquellos “otros”: poetas de auditorios y compromisos.

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