viernes, 7 de junio de 2013

La felicidad de Pulido (parte 2)









De entrada, su presencia fue mal vista por Pescadito, el gordo jefe de operadores de los montacargas. Este gordo poseía un alto sentido de malsana competitividad y veía en Pulido a un vago, aniñado, que lo habían contratado para sustituirlo. Pero no le decía nada de esto a Pulido sino que lo trataba con gran sarcasmo y lo llamaba:

-         A ver, MI JEFE, venga por aquí...y vaya a comprar esta manguera hidráulica que la necesitamos urgente. A ver, MI JEFE, venga por acá...y vaya a cambiar estos cheques, que necesitamos efectivo para comprar combustible.
Y luego, Pescadito le contaba su gran proyecto, de instalar un gran y lujoso bar de streap tease en el Puerto, para la diversión de los tripulantes. Incluso ya tenía comprado el aire acondicionado industrial, las luces de colores, el gas de fantasía, los servicios higiénicos, las botellas de whisky, los muebles, toda la música electrónica, el contrato con teve cable y las chicas listas y dispuestas para trabajar. Sólo faltaba hablar con el gran capo del Puerto, Lucky Gutiérrez, un pez gordo calibre 38, para que le dé el permiso correspondiente y le alquilase un local dentro del Puerto. El bar se llamaría ANITA y sería la sensación de los tripulantes extranjeros.
En todo el tiempo que Pulido llevaba de vida, ya había desarrollado una gran superioridad intelectual y moral, y veía todo este voudevil con gran calma. No se trataba de que era un cobarde, sino que toda la miseria y la mezquindad humana la comprendía y todo le valía un pito. Además, cuando se tiene tanta mala suerte como Pulido, ya todo se lo toma uno con mayor resignación. Además había publicado un libro que se había vendido con un gigantesco éxito y él estaba tranquilo, porque después de treinta años de desesperación ya había pasado a la historia de la literatura política guayaquileña.
Un amigo, Rafael, le organizó en la Alianza Francesa, un recital poético y Pulido acudió, entre otros poetas para declamar sus tres piezas. Cuando a Joey le tocó su turno declamó un tremendo poema que dejó asustado a medio público y a algunas mujeres silenciosamente escandalizadas. El poema se titulaba VERÓNICA y decía así:

Aquella noche no esperaba
Encontrar el amor
El dolor en las tripas era insoportable
Luchaba contra la tiranía de Dios
En medio de las dunas y de las olas
Apareciste con tu sonrisa
Me saludaste
Te acompañé y te pedí compañía
No te pareció mala la idea de ganarte
Un billete de diez dólares en medio de la noche
Temías encontrarte con tu hermano
Me preguntas que quién soy:
Aquella noche podía ser Flaubert o Jack el destripador
Ciertamente no eres la Verónica de Cristo
Pero aquella noche me salvaste la vida
En el cuarto de al lado
Se escuchaba Holyanna, de TOTO
Chupé tus pezones y luego saboree el sudor de tus axilas
Cogiste mi pequeño pedazo de carne
Y te lo metiste
Acabamos juntos, pero
No sé dónde volverte a ver
Regresaste a la oscura noche preñada de dunas de arena  llevando mi semilla en tu vientre
Para nunca más volverte a ver

Cuando Pulido terminó de declamar aquel poema ya casi había terminado el recital y al fondo permanecía una señora de cincuenta años, que se ventaba desesperadamente por el calor que experimentaba. Al parecer era extranjera y parecía que de un momento a otro lo iba a abordar a Joey.
Pulido la observó un momento y se le empezó a acercar poco a poco y ella se venteaba con su abanico con mayor rapidez como deseando fervientemente aquel encuentro. De pronto apareció Helen, su vieja amiga escritora y periodista cultural y lo invitó a cenar al hotel Oro Verde.
Cada vez que Helen lo invitaba a comer a Pulido era a un restaurant lujoso, sólo para los súper ricos. Si no era al Club de la Unión era al PALACE o a cualquier otro lugar semejante. Y siempre lo interrogaba sobre los libros que estaba estudiando y sobre los libros que estaba escribiendo. En aquella época, su padre, antiguo archi millonario, estaba mal por el cáncer a los ganglios, batalla que estaba perdiendo poco a poco.
Ya por la mañana tenía que volver a enfrentarse a la pesadilla de trabajar como supervisor de montacargas en el Puerto. 


Por: Sam Scholl (narrador ecuatoriano)

(Fragmento de la novela Ineptitud que será publicada -como dos anteriores obras- por entregas semanales)


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