lunes, 6 de mayo de 2013

Los filtros literarios

Tabitha King, lectora consumada y el filtro de las primeras novelas de su  esposo Stephen.



¿Puedes ser escritor con el simple hecho de escribir y publicar?, ¿Quién lee tus borradores?, ¿Quién cuestiona lo que escribes?, ¿Es todo válido?.
No conozco a ningún escritor que no corrija sus textos, todos, sin excepción (y sobre todo cuando existe responsabilidad en lo que se pretende publicar y difundir), se someten al criterio y observaciones de otros.
Sí, este trabajo usualmente recae en correctores de estilo y de prueba, pero cuando acceder a ellos es un problema (por costo o por inexistentes) otros actores intervienen en este proceso de mejoramiento de un texto. Aquí, algunos prospectos de filtro a los que puedes acudir.

Las parejas
Para muchos autores su primer filtro está en su pareja, quien ha sido testigo silencioso del proceso de escritura (y no entremos en los estados de bloqueo y frustración), de la introspección a la que el autor o autora se ha sometido y por la que ha demandado toda la soledad posible (léase: no me molesten, estoy escribiendo).

Esta pareja, que conoce el desarrollo de la obra del autor, quiera o no (sobre todo lo segundo) terminará leyendo el primer borrador de cuanto se pretende -a los ojos del escritor- convertir en un “éxito literario” (las comillas son porque la realidad difiere de la ficción de todo autor).

Si se trata de una pareja lectora (y es mejor que lo sea) podrá hacer las observaciones pertinentes que el borrador necesite, pero cuídate de los halagos, las parejas siempre (¡SIEMPRE!) comenten el error de ver en un bodrio una obra de arte, ese algo que le urge a la humanidad conocer. No te dejes encantar, el vínculo afectivo es peligroso cuando se trata de literatura. Así que escucha lo esencial y las flores lanzadas déjalas marchitar. 

Ahora si tu pareja no es lectora, déjala en lo suyo, no la importunes. Si jamás se acercó a un libro porque estuvo de moda, no lo hará con el tuyo que aún no existe.



Invoca a tu propio “Paper man”, él te salvará en pro de la literatura.




Los amigos
Hay dos clases, los suaves y los duros. Los primeros son los más comunes y todo escritor los tiene. Son aquellos que escriben los sinónimos más rimbombantes para que tu obra (o lo que será) despierte interés en los lectores. Son los que en un momento determinado les importa poco lo que escribes y prefieren hablar de tu persona, de tu carisma, de lo intelectual y necesario que resultas dentro del panorama de la literatura. Estos amigos suaves son los que leerán tu borrador y te dirán que lo lograste, que nadie más había escrito algo parecido. Puras mentiras. Buscan un favor, te necesitan para propósitos específicos. Solo es eso debajo de toda la palabrería y el aplauso.

Así que mejor quédate con los amigos duros, los que en un momento determinado odiarás, a quienes identificarás como el enemigo, a todos esos perdedores que no han podido escribir ni publicar una línea y que tienen incontables observaciones en tu obra. Sin embargo, ellos son los indicados, no tienen ningún compromiso de por medio, no les interesa si llegas a ser el nuevo Paulo Coelho o el Ricky Martin literario (léase divo). Lo que les interesa es darte sugerencias, y en ese proceso, rudo y sin contemplación alguna, te ayudarán, aunque más bien parezca un acto masoquista.

Los editores
Si logras llegar a uno de ellos, quiere decir que vas bien, que tu sendero como escritor anda despejado, que tienes aún mucho por recorrer. No olvides preguntar las condiciones de tanto “interés”, nunca se sabe.

El otro yo
Pero si eres de la clase de escritor solitario (¿y cuáles no lo son?) que no tiene ni pareja, ni amigos, ni enemigos, ni editor al cual confiarle tu borrador. Que desconfía de cualquiera que pronuncie tu nombre, de aquellos que intentan leer tus inéditos. Al que no le importa la opinión de la crítica, de otros escritores, periodistas, editores y menos de lectores, hay dos alternativas.

Una, invocar a tu propio “Paper man” (película de 2009) para que acuda en tu ayuda, que sea esa voz desde el alter ego que sirva como filtro efectivo, que aplaque sin consideración cualquier demonio de duda interpuesto, que a manera de entrenador, te diga las palabras suficientes para continuar, para atacar a tu misma obra y salir librado. 

Dos, escribir hasta que ya no tengas otra forma de trabajar, agotarte hasta quedar seco. Archivar tu tesoro, desarrollar un sistema complejo de ocultamiento (debajo del colchón es un sitio trillado), que nadie encuentre tu vida atrapada en papel. Protégela del agua, del fuego, del viento, de los ojos invasores que en algún momento llegarán a tu espacio. Protégela de ti mismo, porque cuando descubras que todo lo que has hecho y pretendes continuar haciendo, es una pérdida de tiempo, querrás ir tras esos “papeles” llenos de historias, buscarás su destrucción y con ello tu fin. 

1 comentario:

Marco dijo...

Está chévere Alexisman.
Este post es un cuchillo.