sábado, 27 de abril de 2013

¿La literatura como espectáculo?

Megan Boyle.



El siglo XXI ha visibilizado a escritores que no esperaron guardar mucho tiempo sus textos, que escribieron y publicaron en plataformas que no les exigieron mayor esfuerzo: hacer clic y etiquetar a sus amistades, o que abrieron una bitácora personal donde empezaron a exponer su vida: odios, temores y también aquella filiación casi desesperante con la literatura. Estos autores se volvieron un fenómeno literario, ganaron cientos y miles de lectores, encontraron sellos editoriales interesados en sus trabajos, consiguieron y consiguen que sus libros sean consumidos con avidez. Pero este éxito (parte del negocio de la literatura, porque eso es en el fondo) se volvió el malestar de todos aquellos autores que han estado desde hace mucho intentando lograr la mitad que estos jóvenes.  
¿Cómo entender a estas nuevas generaciones de escritores que han logrado una combinación precisa entre literatura y espectáculo? Comparto mi versión.

Veinteañeros y acelerados
Todas y todos estos autores tienen algo en común: la edad: son veinteañeros (o aún no han llegado a los treinta), y leer, escribir y registrar cada momento vivencial son los motivos más relevantes de su existencia. El límite, al parecer, es estar apagados, fuera de línea, sin acceso a las redes sociales, sin postear nada en sus bitácoras, sin anunciar su más reciente colaboración con revistas impresas o digitales, sin celebrar la participación en alguna antología, sin publicar qué nueva obra han leído (que parte de ese descubrimiento les ha llegado y significa para ellos), subir una foto junto al gato meloso, mostrando el nuevo tatuaje, a lado del novio fan, recordándole a esos lectores -cada vez más visibles desde la web- que el próximo libro está listo. Y que la vida sigue, que sus sueños de escribir y vivir son inagotables.

Boyle y Miguel: dos autoras de la manada
MeganBoyle (Estados Unidos) y Luna Miguel (Barcelona) son dos representantes de esta manada global. Ambas son “celebridades literarias”, masificadas gracias a la internet, representantes de una comunidad ligada a través de las redes sociales, siendo cada vez, y con más reiteración figuras a seguir (revisar sus cuentas de twitter y facebook).   

¿Qué llama la atención más allá de lo que escriben y publican? Sus vidas, ese espectáculo donde videos, fotos, enlaces, citas y declaraciones, las reconocen cercanas a la cotidianidad. Entonces un bar, un hotel, una habitación, una cocina, una calle, logran tener el mismo interés que la sala de un auditorio, que el video de la lectura de un poema o relato. 

Boyle es narradora, Miguel es poeta. Ambas resaltan en cada foto sus tatuajes. Escriben de los hechos más relevantes de sus vidas: los libros que llegan a sus manos, las relaciones infructuosas que han tenido (caso Boyle) y denotan el amor juvenil ligado por la literatura (caso Miguel).



Luna Miguel.



El lector es el que decide
Ahora la pregunta precisa para alterar a varios es ¿Cuánto puede sufrir un autor que no entiende la dinámica de este siglo respecto a la difusión y promoción de aquellos otros autores menores de treinta? Sostengo que mucho, al extremo, tanto como para desperdiciar (esta es la palabra) tiempo en discusiones que no van a ningún lado. Y no lo entienden porque miran desde una perspectiva sesgada, sumado a un tradicionalismo que busca a toda costa mantenerse. Pero ellos, el bando que critica y no hace, no son quienes determinan el éxito que los noveles fraguan, esto depende del público, de aquellos seguidores que han entendido que la solemnidad es eso que está del otro lado de algo que no les interesa.

Esto explicaría que autoras como Boyle y Miguel, más allá de sus detractores, posean un público cautivo, uno que exige sus publicaciones, verlas con mayor frecuencia en google imágenes, escucharlas en recitales, saber qué libros recomiendan, leerlas desde sus blogs y enterarse de todo cuanto les ocurra en relación a la literatura, para bien o para mal.    

Una generación inagotable
Lo que esta generación ha logrado es reconocerse vital e importante. Descubrirse desde distintos espacios, valorar cada segundo, pensar y hacerlo, convocar y ganarse a sus seguidores, los que entendieron a tiempo (y en otros lugares lo están haciendo ya) que romper los esquemas es algo necesario. Y no, no se trata de “novelería” o “muchachada”, sino de ir acorde a lo que consideramos modernidad. Una que no busca confrontar al pasado, que vive un presente interactivo, alucinado en el ahora, esa realidad donde los escritores se volvieron ídolos que motivan a leer, que fomentan desde sus eventos y propuestas una mayor vinculación a la literatura ¿Acaso no es esto lo que se busca a toda costa para con los jóvenes?.

“Leer te hace libre” dicen, y aunque esta camada de escritores no sean (porque en el fondo no buscan serlo) un Shakespeare, Hemingway, Faulkner, Onetti y demás, sus obras han logrado lo que muchos otros autores no han hecho: llegar a las masas, ser consumidos. ¿Quién dijo que la literatura debe ser ese texto aburrido donde el lector en vez de disfrutar se castiga?. Nadie, así que corre a tu computadora, busca a alguno de estos autores (están en el ciberespacio, son jóvenes, son detestados, y tienen muchos seguidores desde sus cuentas de redes sociales) da con su blog, y lee hasta que sientas la descarga. 

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