martes, 9 de abril de 2013

El regreso de Pulido (parte 12)




Una mañana, que Pulido estaba libre, llevó a su hijo Danni a jugar pelota a una cancha cercana a su hogar y cuando ya regresaba a su villa, fue invitado por unos vecinos, viejos y cansados padres de familia como él y, entonces, en medio del partido de fútbol sufrió un terrible accidente que le ocasionó la rotura de un menisco. El dolor fue tan intenso que Pulido sentía que le daba la blanca y que el corazón se le paralizaba. Los vecinos tuvieron que llevarlo cargado hasta su casa. Ese mismo día tenía que entrar a trabajar al Puerto y mientras Pulido trataba de bañarse, casi se le dobla en cuatro la rodilla, pero logró mantener el equilibrio, y así, cojo y adolorido, fue a trabajar.
La mala suerte volvía a agarrar a Pulido del cuello. Ahora, su estabilidad laboral volvía a peligrar. Un guardia de seguridad cojo, simplemente está fuera. Aún así, Pulido iba adolorido al trabajo, y todos los guardias murmuraban entre sí, y empezaban a mirar con pena a su viejo y chistoso compañero, cuyo futuro desempleo empezaban a vislumbrar.
Sus compañeros lo apodaban Rucurraca, porque todos tenían a Pulido como un guardia dormilón. En el bus que lo transportaba de regreso del Puerto, Pulido era el tonto del barrio, y todos se burlaban de él. A veces Pulido se reía con ganas con ellos de las burlas de que era objeto y otras veces observaba con admiración, pero con pena, la ingenuidad de uno de los comandos, que como evangelista practicante, se paraba en medio del bus, con Biblia en mano, y se ponía a vociferar la necesidad del arrepentimiento de todos los pecadores, y la pronta venida de Jesucristo.
Todos los guardias se burlaban del “hermanito” y lo rayaban de chiflado. El hermanito siempre le decía a Pulido:

-         ¡Hermano, deje de fumar!, ¡qué barbaridad que manera de fumar, usted ya es un saco de cáncer!


En una ocasión, mientras Pulido estaba haciendo guardia de madrugada en el muelle y en plena lluvia, soportando el peso de una manta de plástico que lo protegía del aguacero, pero que apestaba a semen, vio salir de las aguas del mar una gigantesca bola blanca, rodeada de múltiples colores fosforescentes, que se alejaba bailando en el cielo mientras desafiaba la fuerza de la gravedad como si tuviera un motor antigravitacional. Pulido estuvo a punto de reportar por la radio a la central aquel fenómeno, pero decidió sacar un último cigarrillo y fumárselo nerviosamente y quedarse callado. Cuando pasó por el muelle la patrulla, Pulido insinuó al chofer algo de lo que había visto y eso bastó para que lo jodieran toda la noche por la radio, pidiéndole continuamente que reportara algún objeto volador no identificado. De todas formas Pulido no quería que ninguna nave extraterrestre lo abduciera y lo llevara a otro sistema solar, para que fenómenos raros, cabezones, de ojos grandes y negros, superinteligentes, telepáticos, realizaran con él experimentos genéticos y luego le borraran de la memoria todo lo que había sucedido.
Lo que Pulido conseguía con su sinceridad era que todos y todo el tiempo lo tomaran como un extravagante, un chiflado de conversación ocurrente, divertida, y en general, como una persona poco seria y en la que no se podía confiar.


Por: Sam Scholl (narrador ecuatoriano)
(Fragmento de la novela Ineptitud que será publicada -como dos anteriores obras- por entregas semanales)


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