viernes, 29 de marzo de 2013

El regreso de Pulido (parte 11)









Las prostitutas se les iban de bola a los guardias, para que las dejen entrar a trabajar al puerto, les rogaban, se levantaban las faldas y les enseñaban los apretados calzones, les llamaban seductoramente COMANDOS. En otras ocasiones, para que no las saquen de los barcos, fácilmente ofrecían sus servicios de sexo oral, para que las dejen trabajar tranquilamente. Incluso las menores de edad, que cobraban trescientos dólares a los tripulantes por sus servicios, se les precipitaban a los guardias, para rogarles que las dejaran entrar o que no las sacaran del puerto, porque de esa labor, dependían todos sus familiares y su provisión alimenticia de la semana. Algunas estudiaban idiomas como el inglés, para poder entenderse con los tripulantes filipinos, rusos, croatas, norteamericanos, europeos y de todo el mundo.
Todos los guardias duraban en ese trabajo un máximo de tres meses y Pulido se mantenía siempre en silencio hasta que el comandante del grupo lo mandó a llamar y le ofreció el puesto de chofer-protector. Pulido aceptó de inmediato y le enseñó el permiso de conducir que estaba en regla.
Todas las mañanas, Pulido tomaba el bus de la catorce, que lo dejaba frente a la casa del comandante, y esperaba a que lo recibieran para empezar su jornada de labores.
Pulido llevaba al comandante al Puerto y de ahí regresaba al hogar a recoger a la esposa para llevarla a realizar diferentes diligencias. Como Pulido era ahora no sólo chofer sino que además era guardaespaldas, el comandante le había dado un revolver Smith & Wesson, que Pulido se lo colocaba en la espalda. Joey manejaba por todos lados, llevando a la esposa del comandante y a la hora del almuerzo siempre comía exquisitas sopas serranas de verdura para luego quedarse afuera de la casa haciendo guardia.
Una noche llegó al Puerto un barco de la marina de guerra italiana. Esa noche a Pulido le tocó realizar la guardia junto a la escalerilla de ascenso a la nave. Cuando la fiesta de bienvenida terminó a altas horas de la madrugada una mujer italiana, elegantemente vestida, que se parecía a Rafaela Carra, completamente borracha, bajó hasta el muelle donde se encontraba Pulido de guardia y le ofreció una copa de champaña, mientras le hablaba en un italiano ininteligible a Joey. Luego lo cogió de la mano y se lo llevó a su camarote. A Pulido le latía con fuerza el corazón y casi le da la blanca cuando la italiana se empezó a desnudar. Pulido permanecía mudo, temblando, con el penecito completamente recogido, estático frente a esta hermosa mujer extranjera desnuda, que se le acercó con aliento a licor y que empezó a besarlo en los labios y en el cuello, calentando poco a poco a Joey. Pulido comprendió que si bebía más champaña, se libraría de las ataduras de la razón, el miedo al despido, el miedo al escándalo o a un posible incidente diplomático de alcance internacional y a la prudencia. Ya se imaginaba los titulares de los periódicos:


SORPRENDEN EN LA CAMA A GUARDIA DE SEGURIDAD CON ESPOSA DE CAPITAN DE FRAGATA DE GUERRA ITALIANA

Cuando ya estuvo bien caliente, se desnudó y se metió en la cama de la loca italiana y los dos se pusieron a joder de manera interminable, porque el alcohol le mantenía la picha bien tiesa y Joey no podía acabar. Cuando finalmente introdujo su semilla en la italiana, ella tenía la piel oxidada y roja por el esfuerzo. Sin decirle nada se viró, le dio la espalda a Pulido y se echó a roncar la borrachera. Pulido, agotado y todavía borracho, se vistió torpemente y regresó a su puesto de guardia sin que nadie se hubiese percatado de su ausencia. 


Por: Sam Scholl (narrador ecuatoriano)
(Fragmento de la novela Ineptitud que será publicada -como dos anteriores obras- por entregas semanales)


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