martes, 19 de marzo de 2013

El regreso de Pulido (parte 10)




Mientras tanto, Pulido tenía que madrugar todos los días para ir al Puerto, y dejarse pasar lista, para luego conocer el punto que le tocaba vigilar. A veces lo mandaban a la oficina para permanecer sentado con aire acondicionado, registrando en una bitácora a todos los que ingresaban al edificio principal, y contestar el teléfono, y otras veces, lo mandaban a los quintos infiernos, lugares lejanos de toda la civilización, repletos de mosquitos. Sentado ahí en el despacho de entrada, a veces sintonizaba la radio católica y se ponía a escuchar el programa de oraciones y letanías que repetían una y otra vez las amadas oraciones de Pulido desde su niñez. Pulido era ateo, pero tenía profundas raíces católicas. Su madre, todas las noches, antes de acostarlo, se arrodillaba junto a él y oraban el Padre nuestro frente a una imagen del corazón de Jesús. Todas aquellas melancólicas reminiscencias se interrumpían cuando sonaba el teléfono y al otro lado de la línea se escuchaba la voz de un transexual que le buscaba la conversación a Pulido para hablar de sexo y de futuros encuentros homosexuales. Pulido se divertía con el gay, hablándole toda clase de suciedades que exaltaban la pasión de su interlocutor. Cuando Pulido se aburría se despedía de la loca y colgaba el teléfono.
A veces, cuando estaba libre, se dirigía al templo dedicado a San Vicente Ferrer y luego de encenderle una vela por cada miembro de su familia, echaba una moneda en el oratorio de metal, se arrodillaba dolorosamente y se ponía a pedirle, fervientemente a la imagen del Santo, la necesaria protección para un tipo como él, sin futuro y totalmente desamparado. Y la protección funcionaba. Muchas veces Pulido se salvó de ser pillado dormido en la guardia y en otra ocasión se salvó de que unos pandilleros le quitaran y le robaran el arma, una escopeta calibre doce.
En una ocasión, estuvo a punto de perder la vida, cuando a su compañero Palo Loco, en pleno cambio de guardia, se le escapó un tiro y la bala quedó incrustada en el escritorio, cuando en realidad iba dirigida a la ingle de Pulido.
Una noche, mientras Joey se encontraba de guardia en una torre en los quintos infiernos, pudo observar el vuelo silencioso y hermoso de una gigantesca lechuza blanca, que se encontraba en plena cacería de una enorme rata. Al final, el ave se lanzó en picada, para con sus poderosas garras ensartar al roedor, y luego, llevárselo bien lejos y compartir su carroña con sus crías. Otras veces, le tocaba a Pulido hacer guardia en un lejano y abandonado comisariato, donde por las noches, se trataba de librar de las picaduras de los mosquitos, encendiendo una fogata con la madera de los viejos y abandonados pallets.
La operación siempre era inútil, y Pulido recibía en el cuerpo el impacto de miles de picaduras de mosquitos, que incluso, eran resistentes al Detán con que se bañaba Joey en aquellas noches. Esto fue tan seguido, que una mañana, cuando Pulido regresó a su villa romana, y mientras subía los peldaños de su casa, sintió unos escalofríos y un desvanecimiento, que lo obligaron a tirarse en el piso. Penélope lo cubrió con una colcha, asustada, pensando que tal vez su esposo era víctima de un ataque de malaria o de paludismo. Otras veces, le tocaba hacer guardia en el muelle, y Pulido conoció el verdadero frío, que provenía de la brisa del mar. Pronto tuvo que comprarse unos guantes de lana y un pasamontaña, para protegerse de algún resfriado maligno porque el frío del muelle en las madrugadas lo penetraban a uno hasta la médula de los huesos.
En una ocasión, lo colocaron a Pulido de digitador en la terminal B53 del Puerto, y Joey dejó pasar sin los papeles reglamentarios a 35 camiones con contenedores refrigerados, que transportaban fruta perecible. Después de eso, no le dijeron nada, pero nunca más lo pusieron a digitar nada.
Una noche que estaba de guardia, su amigo Lucho Lacho lo contactó y le dijo que iba a recibir quinientos dólares por quedarse callado, ya que iban a dejar salir ilegalmente tres contenedores repletos de marihuana, proveniente de Hawai. Cuando la operación se dio, Pulido recibió sus quinientos dólares y se fue a beber a un bar de streap tease y a disfrutar del show de las chicas desnudas en el bar EL MEDITERRÁNEO, y todo borracho y loco, se quedaba maravillado cómo la bailarina se desnudaba completamente y hasta parecía que le dedicaba tan solo a él su baile de erotismo desenfrenado. Pulido era completamente feliz, pero, ¡ay!, le faltaba la presencia de su amante Doris. ¡Dios, cómo la extrañaba! Así se quedaba Pulido triste cuando se acercaba la hora de cerrar el bar mientras en los parlantes se escuchaba la canción de los EAGLES: She is the only one.
En aquellos muelles, Pulido conoció la verdadera miseria de la vida de los estibadores. Los hombres que estaban en el fondo del barril de la sociedad, como afirmaba Oliver Stone. Algunos de ellos eran epilépticos, rechazados en todos los trabajos, y les daban los ataques mientras estaban en los baños, entonces, Pulido tenía que llamar por radio a la central de guardia, para que viniera la patrulla y los sacaran todos retorcidos, presas de múltiples convulsiones.
Todo era especial y diferente en el puerto, hasta la comida. El plato principal era la guatita con arroz-bandera, con tallarín y camarón, los corviches de pescado y los vasos de quaker. Pulido, como todos los demás guardias, recibía las tarrinas de comida, que le pasaban dejando los dueños de comedores, que había dentro del puerto. Había ocasiones en que comía seis veces al día durante una jornada de guardia. Pronto Pulido se dio cuenta que comer en el Puerto le daba un olor especial a su mierda. Cuando cagaba Joey, su mierda olía a la misma mierda que cagaban los mendigos de las calles.


Por: Sam Scholl (narrador ecuatoriano)
(Fragmento de la novela Ineptitud que será publicada -como dos anteriores obras- por entregas semanales)


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