lunes, 18 de febrero de 2013

El regreso de Pulido (parte 8)





Mientras tanto los niños estaban creciendo y el resto de la familia se preocupaba por la clase de ejemplo que iban a tener, con un padre siempre desempleado. Muchas veces Joey tenía que ir a la casa de la tía Hilda a pedir dinero prestado para comprar las medicinas que necesitaban sus hijos enfermos con fuertes gripes o fiebres inexplicables, que seguramente eran provocadas por las armas secretas e indetectables de P2 Inteligencia Naval. En una ocasión que Pulido estaba leyendo un libro que describía las perspectivas futuras de la diplomacia estadinense, sintió que le burbujeaban los riñones, otras veces sentía que le latía y le dolía la cabeza de tal manera como si estuviera a punto de estallar.
Pulido subía y bajaba la loma de su casa, como tantas otras veces, fumando rabiosamente mil cigarrillos, y por las noches, seguía tecleando sus poemas en su máquina de escribir, hasta que llegaba la aurora del nuevo día. Durante este tiempo –entre poema y poema erótico-, escribió un manuscrito titulado: LA FILOSOFIA CAPUCCINO, que trataba sobre la política internacional de los Estados Unidos en Latinoamérica, señalando sus graves falencias para lograr hacer de América Latina su mejor aliado. Pulido se preguntaba cuánto ganaban los agentes de la CIA, porque parecía que trabajaban para los enemigos de los Estados Unidos, en vez de conseguir su objetivo de una América Latina unida compactamente al gran imperio del Norte.
Una mañana, mientras bajaba la loma de su barrio, se topó con un viejo amigo llamado Lucho Lacho, que le preguntó si tenía trabajo y si no, que si le gustaría trabajar de guardia de seguridad. Pulido no se lo pensó dos veces, y de inmediato empezó la gestión de reunir todos los papeles, garantías y recomendaciones necesarias para ocupar una plaza como guardia de seguridad en el Puerto.
Pronto le dieron el uniforme más grande que tenían y un par de botas, porque ya Pulido contaba con cuarenta años, y la hinchazón hacía presa de su cuerpo. Al principio, el uso de las botas torturaba los talones de Pulido, tanto, tanto, que en un momento de la guardia, durante la noche, Joey tuvo que sacárselas para que sus pies descansaran un poco. Tuvo mucha suerte de que nadie se percatara de aquel acto. Aunque todo el perímetro estaba rodeado de cámaras que vigilaban el menor movimiento en el Puerto.
Pulido tenía que laborar en turnos rotativos, tres días, de siete a tres de la tarde, tres días, de tres de la tarde a once de la noche, y tres días de once de la noche hasta las siete de la mañana. Este último turno era el más pesado, que casi lo tumbaba a Pulido. A veces Joey se quedaba dormido, de pie, con la escopeta del calibre doce en el hombro, y se despertaba, sólo cuando ya estaba a pocos metros del suelo, pronto a estamparse de cara contra el piso.
En aquel trabajo duró casi todo un año y fue el primer contacto que tuvo Pulido con la verdadera corrupción. Pronto, Joey se dio cuenta de que todos los “bodicitos”, querían hacer guardia en las puertas de ingreso al puerto, y cuando, casualmente le tocó hacer guardia en una de aquellas puertas, se dio cuenta de que la causa de tanta fiebre por aquellos puestos, era que todo el mundo quería ingresar al puerto de manera ilegal, ya sea para vender mercaderías, para entrar polizontes, las prostitutas para tirar con los tripulantes, los choferes de camiones sin permiso, todo el mundo quería entrar al puerto de manera ilegal. Esto hacía que cada tipo le pusiera en la mano, al guardia, unas cuantas monedas o hasta un buen billete, y Pulido se dio cuenta, que al final de la jornada de trabajo, tenía los sucres necesarios para irlos a cambiar en la agencia de banco más cercana por seis billetes de dólar. Ese era el motivo por el que todos los guardias luchaban con la secretaria, para que los deje trabajar una puerta. También ese era el motivo por el que la vida laboral de los guardias era de un máximo de tres meses. Pulido se percató, de que la mejor manera de permanecer en aquel suculento trabajo, era tratar de pasar desapercibido, sin joder a nadie, ni pelearse con nadie por trabajar una puerta. Eso sí, cuando le tocaba, le tocaba, y Pulido se iba a su casa con seis o diez dólares en su bolsillo.
De esta manera, pronto Pulido estaba al día en las pensiones del colegio de Danni y del jardín del pequeño Joey, jr y su esposa estaba la mar de contenta con el dinero que a manos llenas le daba su esposo.
Incluso, Pulido le puso un profesor de matemáticas al pequeño Danni, para que éste no tuviera el mismo problema de su padre, que siempre había sido una nulidad en las matemáticas, desde la preparatoria. Joey recordaba, que a finales de curso, la monjita les tomaba a todos los niños, delante de los padres de familia, pruebas de lógica matemática como: ¿cuánto es dos más siete, menos ocho, más trece, dividido por tres, más cuatro, más ocho, menos seis?
Y en una ocasión que le preguntó la respuesta a Pulido, éste de pura coincidencia dijo:

-         Cinco...

Y esa había resultado ser la respuesta correcta, pero Pulido la había adivinado de puro chiripazo. Al principio la monjita no se dio cuenta, pero cuando volvió a realizar otra prueba de lógica matemática y le pidió a Joey la respuesta, que nuevamente le dijo que era cinco, ella se percató con una mezcla de resignación y decepción, que la respuesta anterior había sido producto de la casualidad.


Por: Sam Scholl (narrador ecuatoriano)
(Fragmento de la novela Ineptitud que será publicada -como dos anteriores obras- por entregas semanales)


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