domingo, 3 de febrero de 2013

El regreso de Pulido (parte 6)


En una ocasión, tuvieron que ir a romper el piso de un congelador en STARKIST, y Pulido no resistía el nocivo polvillo que se desprendía del suelo completamente helado. Los trabajadores se quejaban de que no pasaba mucho tiempo sin que le dolieran los huesos por el frío y que a pesar de las mascarillas que usaban el polvillo los asfixiaba.
A Pulido le tocaba vigilar la operación, hasta la hora del almuerzo, entonces los obreros se tomaban la pausa para comer.
Entonces, escuchaba los comentarios sexuales y machistas de estos tipos, en los que, por lo general, hablaban de encuentros peligrosos en bares de streap tease, con pico de botella en mano y de grandes proezas sexuales.
Estos operadores de las máquinas siempre andaban escasos de dinero y aprovechaban cada ocasión para pedirle dinero adelantado al ingeniero Juan Carlos y él, cabreado, e impaciente, les respondía con sarcasmo:
-         ¡Ya les voy a poner en el campamento una máquina para que ustedes introduzcan una corcholata y a cambio la máquina les escupa un billete de dólar!


En una ocasión, Pulido y sus chicos tuvieron que ir a trabajar a ANDEC y mientras Joey supervisaba las tareas, un oficial de la marina, seguramente algún funcionario de P2 Inteligencia Naval, estaba allí, parado, mirando a Pulido fijamente, como queriendo llamar su atención o como si no se decidiera a dirigirle la palabra.
En una ocasión, les tocó ir a trabajar a la Molinera, para demoler un viejo muelle, pero había la consigna de conservar las estructuras de hierro que servían de esqueleto a las losas. Era todo un lío tratar de entrar los compresores con las mangueras hidráulicas, hasta el muelle en cuestión y supervisar su demolición. Pulido veía con admiración con qué equilibrio los obreros se paraban en las resbalosas y desnudas vigas de cemento, mientras demolían las losas, y todo esto sin perder el equilibrio y caer al agua. Pulido no se atrevía a meterse a caminar entre esas vigas. Simplemente no tenía el equilibrio para eso.
Pulido estaba entonces obligado a utilizar un casco de obrero, y en las horas de la comida se llenaba las tripas con el encebollado callejero, que vendían los puestos informales de los alrededores.
Aquella fue la operación mejor remunerada que tuvieron todos los chicos y Pulido, en eterna gratitud para con su primo Juan Carlos, le regaló un libro de John Le Carré, titulado: EL INFILTRADO.
Era un libro que trataba sobre un agente de la inteligencia británica, que se infiltra en el mundo de un traficante de armas internacional, que vive en un yate, errante por el mundo, siempre en aguas internacionales. Pronto el agente británico, descubre que es absolutamente imposible atraparlo y ponerlo tras las rejas, aunque sí logra, no sólo rescatar al hijo del magnate de las armas de un secuestro, sino que también logra desbaratar una de sus operaciones ilegales de contrabando internacional de armas.
En una ocasión, Pulido tuvo que ir a una oficina, a recoger un cargamento de cientos de dólares, como pago por el alquiler de unos compresores, que se iban a trabajar a una obra en Galápagos. Pulido se acordó de sus antiguos trabajos de mensajero, donde tenía que cobrar facturas y transportar dólares por toda la ciudad.
En una ocasión fue a cobrar una factura fuerte, de muchos dólares y su jefe sólo le había dado un papelito y el jefe de la compañía que tenía que pagar, le recriminaba de manera humillante a Pulido delante de las secretarias:

-         ¡Papelitos, papelitos...tráeme una factura, por favor!

Pero siempre terminaba pagando cuando Pulido lo comunicaba por teléfono con su jefe. Al final, Pulido regresaba a la oficina con los bolsillos repletos de dólares.
Muchas veces, a la hora de la salida, y en especial en los fines de semana, los trabajadores se quedaban en el campamento y se disponían a chuparse una o más botellitas de puro, y siempre lo invitaban a Pulido, pero éste los rechazaba suavemente, porque a Pulido no le pasaba el puro ni de broma. Su vicio era el cigarrillo, que no podía dejar, vicio que cada mañana lo obligaba a encender un último cigarrillo, antes de salir a trabajar. Se había convertido en una rutina el hecho de que Pulido jurara y rejurara a sí mismo que dejaría de fumar, pero ante cualquier crisis de ansiedad volvía a encender uno. En una ocasión fue al santuario del hermano Gregorio y le pidió con fervor inaudito que lo librara, que lo curara del vicio. Pero aquella pausa que consiguió en su adicción sólo duró seis meses. Luego, Pulido, con sumo placer, volvió a encender un último cigarrillo.
En una ocasión, mientras estaban trabajando, picando una calle céntrica de la ciudad, la policía se los llevó a todos los obreros detenidos, por un malentendido, y a Pulido le tocaba ir a la cárcel a traerles comida y frazadas para que los muchachos pasaran abrigados toda la noche. Pero tanto su primo como su tío lo hicieron a un lado y ellos se encargaron de resolver el problema, haciéndolo quedar mal delante de los trabajadores. Pero pronto todo aquel ajetreo laboral acabaría, porque Pulido no era un buen controlador del aceite hidráulico de los compresores. Éstos no tenían en perfecto estado los manómetros, y todo había que hacerlo al cálculo o –como hacía el bodeguero-, sacando una muestra de aceite, para ver su estado y así, al ojo, calcular el próximo cambio. Su primo le dio una fuerte repelada en la oficina y lo terminó botando del trabajo, previa una pequeña indemnización. Desde el principio le había dicho que aquel trabajo no lo debía tomar como un favor familiar sino como una responsabilidad seria y que a la menor falla quedaría despedido.


Por: Sam Scholl (narrador ecuatoriano)
(Fragmento de la novela Ineptitud que será publicada -como dos anteriores obras- por entregas semanales)

 


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