miércoles, 30 de enero de 2013

El regreso de Pulido (parte 5)




Cuando llegaba por la mañana, lo primero que Pulido hacía era caminar hasta el hueco de un muro, que limitaba una invasión, caminar por un sendero de tierra, con ríos de aguas negras y nauseabundas, y desayunarse, a base de pan y cola, en una pequeña despensa, que regularmente era atendida por una joven pareja de pobres esposos. Ella lucía una barriga de preñez de seis meses y él era delgado, con aspecto de campesino emigrado a la ciudad. Tenían un hijo pequeño, que todavía no pronunciaba bien las palabras, y Pulido lo llamaba, exagerando el tono de voz:

-         ¡Hola CRIATUUUURAAA!

Y el pequeño que se endiablaba rápidamente le contestaba:

-         AAAATTTTUUUURRRA...

Todas las mañanas era la misma rutina, y tanto la madre como el padre, se divertían a mandíbula batiente, de la forma en que reaccionaba su pequeño hijo ante las provocaciones infantiles de Pulido.
Luego, asistía a la pequeña comedia, que el chofer ejecutaba al tratar de limpiar aquel grasoso y desastrado camioncito con unas gotas de agua y un trapo sucio. Aquel chofer siempre manejaba el camioncito con la misma prisa paranoica con que maneja el chofer de un blindado repleto de billetes.
De esa manera emprendían la larga jornada de trabajo. Había que pasar por una gasolinera, donde la compañía tenía crédito y comprar el diesel para el día. Aquí, regularmente se facturaba un poco más de lo que se entregaba y el despachador de combustible entregaba un suelto, en efectivo, que se utilizaba para invitar a todos los operadores de rompedoras a desayunar un rico encebollado. En el mundo de la construcción todos robaban con la facturación del combustible. Y lo mismo ocurría con el combustible de las obras públicas.
A veces, la compañía era contratada para demoler algún pedazo de obra, que había sido mal realizada, y los muchachos provistos de guantes y de tapones para los oídos, empezaban a ejecutar la tarea con el subsiguiente estruendo. Pulido aunque supervisaba de lejos y no usaba tapones, pronto se dio cuenta de la necesidad de usarlos porque se estaba quedando sordo.
En aquel trabajo, Pulido aprendió a manejar a grandes velocidades, porque su primo le dio la consigna de manejar una gran camioneta para transportar personal o hacer diferentes diligencias, y Joey manejaba aquella camioneta por las autopistas a unas velocidades inauditas. Pero la mala suerte lo tenía agarrado a Pulido de las pelotas, y como los tubos de las llantas, de aquella camioneta, eran viejos, constantemente se reventaban por el efecto de las armas secretas indetectables de P2 Inteligencia Naval, y Pulido tenía que informar por radio a su primo, que se había quedado botado, tubo abajo, en tal o cual lugar, y su primo furioso le decía:

-         Tienes mucha mala suerte...deberías hacerte una limpia, hacerte pasar un huevo o bañarte con azúcar.



Por: Sam Scholl
(narrador ecuatoriano)
(Fragmento de la novela Ineptitud que será publicada -como dos anteriores obras- por entregas semanales)



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