domingo, 27 de enero de 2013

El regreso de Pulido (parte 4)




Mientras tanto, en el día, Pulido acudía a su nuevo trabajo como jefe de personal de la constructora de su primo, Juan Carlos. Pulido tenía la responsabilidad de vigilar el suministro del aceite hidráulico a los compresores, que su primo utilizaba, para sus trabajos de demolición y demás actividades de su profesión, como ingeniero civil.
Pulido se divertía con el chofer del pequeño camión de la constructora, llamado Bigotín, intercambiando chistes sexuales, anécdotas púrpuras, historias familiares... Una de aquellas historias, se refería a cierta vez, en que el chofer –después de una sesión de sexo con dos chicas-, se había dedicado a tomarles fotos, mientras estaban desnudas, para después, mandarlas a revelar al quiosco de un chino; cuando las fue a retirar, el dependiente asiático lo llamó a parte y lo repeló, diciéndole: que no vuelva nunca más a su negocio a traerle la foto colupta, porque él tenía un dispositivo de revelado público, que aparecía, foto por foto, en el escaparate, y esto había traído la aglomeración de un pocotón de gente, y hasta de la policía, y casi le cierran el negocio de revelado fotográfico al chino. Todos se mataban de la risa con aquella anécdota.
A aquel chofer le gustaba fumar base en las noches, acompañado de su chatita de puro. Pulido lo miraba con comprensión, porque el lugar donde él vivía, era un cuartito por demás encerrado, sin ventilación, sucio, húmedo y miserable. Pulido pensó que había que fumar droga para poder aceptar la idea de tener que vivir en aquel reducido espacio, siempre húmedo, triste, monótono y rodeado de toda clase de atrocidades y de mal vivientes.
Luego estaba el jefe de mecánicos y de bodega, Pellejo de bolsa, que parecía sólo tener mente para la mariconada y afirmaba, muy suelto de huesos, “que un hombre no estaba completo si en su vida nunca se había tirado un culo macho”.
Pulido se reía a carcajadas junto con el chofer basuquero, Bigotín, de los horrores que decía el bodeguero, y a veces creía, que había entrado a trabajar en una especie de circo de monstruos, uno más raro y esquizoide que el otro. Pero él no era un angelito tampoco, aunque no sabía por qué tenía que ver, con dolorosa resignación, cómo permitía que el jefe de bodega -cuando ya entró en confianza con él- le llamara de manera dulce y posesiva,“mi maricón”, mientras le agarraba la rodilla. La mayor responsabilidad del bodeguero consistía en guardar las uñas de acero que usaban los taladros para demoler.
Una vez le dieron la responsabilidad de manejar el pequeño camión de la compañía para ir a arreglar un asunto a ECUAIRE, y pronto Pulido se arrepintió de aquello, porque a aquel vehículo le fallaban los frenos, y el pedal se iba hasta el fondo, sin que Joey lograra disminuir la velocidad del artefacto. Esto le ocurrió mientras bajaba una loma, y la desesperación en el rostro de Pulido finalmente se reflejó en el grito que dio su tío Walter, que iba sentado junto a él:

-         ¡Mejor oríllate que nos vamos a matar!

Luego, pasado el susto, ambos se mataron de risa y siempre recordarían aquel desenfrenado episodio. Pulido no dejaba de recordar lo peligroso que era estar al volante de un vehículo. Siempre recordaba la anécdota de su amigo Flychi. En una ocasión Flychi, que era un diestro piloto de avionetas, mientras manejaba su camioneta sin balde, trató de rebasar en curva un camión, y se percató de que iba a ser irremediablemente embestido por un gigantesco transporte interprovincial, por lo que, con los reflejos de un gato, se lanzó al pequeño hueco de los pies del pasajero de al lado, y aunque todo el vehículo quedó hecho chicle y fierros retorcidos, él se salvó, quedando completamente ileso. Aunque le dijo a Pulido:

-         ¡Pucha, brother, sentí que todo el cerebro se me revolvía como gelatina del impacto!


Su tío Walter siempre estaba alerta, vigilando los menores movimientos de su sobrino. En una ocasión, tuvieron un benévolo cruce de palabras, cuando Pulido insistía en aumentar la cantidad de dinamita que había que colocar en los agujeros de la pared de una cantera, para volar despacio y sistemáticamente el pedazo de roca que necesitaban. Pulido decía:

-         ¡Pero tío!, ¿por qué no quieres acelerar las detonaciones con más dinamita?
-         ¡No!, porque después vas a volar por los cielos con dinamita y todo...

Y luego, venía impostergablemente, el ataque de risa, aunque Pulido, más que resentir, no entendía la falta de confianza de su equipo de trabajo en cada una de las cosas que él hacía. Con el tiempo, Pulido había perdido la fuerza de luchar por sus convicciones hasta lograr convencer o imponer sus puntos de vista. Ahora, simplemente, había decidido dejar de interpretar el papel de guía o autoridad y se sometía sin chistar a las decisiones de los demás. Siempre se quedaba callado cuando lo repelaban, simplemente no respondía ni pretendía que entendieran sus puntos de vista. La verdad es que Pulido estaba cansado de tanta imperfección en la naturaleza humana de los demás: la injusticia, la mezquindad, la ignorancia, el orgullo, el cinismo, el complejo de inferioridad o el orgullo sobredimensionado...
Todos los días, Pulido tenía que madrugar, coger la radio colocada dentro del cargador, y trasladarse en bus para llegar a tiempo al campamento, que quedaba atrás de un colegio militar. Pulido siempre llegaba, cuando los chicos estaban marchando y escuchaba el invariable y aburrido: quier, dos, tres, cuatro de los sargentos.
En una ocasión su primo llegó primero al campamento y desde ahí lo llamó por la radio a Pulido, preguntándole su ubicación y Pulido –que ya venía en camino, pronto a llegar-, le mintió para sacárselo de encima y le dijo que ya estaba ahí y cuando realmente llegó su primo lo sorprendió in fraganti y lo puteó largo y tendido por mentirle.


Por: Sam Scholl
(narrador ecuatoriano)
(Fragmento de la novela Ineptitud que será publicada -como dos anteriores obras- por entregas semanales)


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