martes, 22 de enero de 2013

El regreso de Pulido (parte 3)





El tiempo había pasado, pero las cosas no habían cambiado mucho para Pulido y su familia. Su anciana madre sufría de una leve diabetes acompañada de hipertensión que poco a poco iban deteriorando sus vísceras, y todos los días tenía que medicarse con pastillas. Cada vez que veía el rostro de su madre veía la calavera de la muerte. En aquel rostro antes tan bello como amado, ahora, completamente consumido, ya no reconocía el rostro de su madre.

Estas enfermedades las cogió, cuando Pulido sufría de aquellos ataques de locura paranoica, producidos por el bombardeo radial de la música de Oscar de León y toda esa porquería de salsa, que sus enemigos le hacían escuchar. ¿Quienes eran esos enemigos que lo veían a Pulido como un enemigo?, ¿quiénes eran esos tipos que se concentraban en reuniones para acabar por destruir la vida de un hombre de letras?, ¿por qué lo consideraban como una peste y algo de lo peor?, ¿también lo creían un peligro para Latinoamérica?, ¿por qué?, ¿se trataba acaso de una conspiración para matar a Joey Pulido?

Los errores cuestan dinero, se roban el futuro de las personas inspiradas, y a veces hasta cuestan la vida.

El paso del tiempo la había demacrado mucho a la madre de Pulido, convirtiendo su rostro, en el reflejo cruel de una fruta seca, atravesada de mil arrugas. La resignada anciana, pasaba la mayor parte del tiempo acostada frente a la televisión o dormida. Cuando se levantaba de la cama, era para ir a la cocina para tratar de preparar algo de comer, pero siempre terminaba rompiendo vasos transparentes que no veía. Incluso el médico le prohibió salir de la casa sola, porque se caía y se hacía sangrantes heridas en las rodillas. Su única distracción consistía en hablar por teléfono, acostada en su cama, y desde ahí, despotricaba amargamente contra su inútil hijo, su fanática nuera, su mezquino esposo y contra todo el cruel e injusto mundo, el mismo que, poco a poco, se preparaba a abandonar. De vez en cuando escribía poemas tristes, pero hasta esto se acabó, cuando se empezó a quedar ciega. A veces su indómito espíritu le hacía olvidar su situación y se ponía a barrer y terminaba tragando el suficiente polvo como para caer mortalmente enferma de tos, enfermedad que siempre demoraba mucho de curar.

Su esposa, Penélope, había terminado por adaptarse a la vida de miseria que llevaba junto a su marido, por las noches escuchaba las tristes, castradoras y depresivas canciones de Ana Gabriel, Lupita Dalessio, Rocío Jurado, Rocío Durcal, Gloria Estefan, pero no dejaba pasar un día sin recriminarle a su inútil esposo por la falta de dinero para sus hijos y esto ya no enloquecía con depresión a Pulido, sino que lo llenaba de una silenciosa vejez y desesperación. Cuando Pulido no podía soportar más, salía a su pequeño portal a fumar y fumar. Luego miraba hacia las estrellas y le preguntaba a ese Dios en que no creía:

-         ¿Por qué permitiste que naciera?, ¿cuál es el sentido de tanto sufrimiento?


Penélope pasaba más tiempo en su iglesia que en la casa y esto volvía loca a la madre y al padre de Pulido, que tenían que lidiar a los dos chicos todo el tiempo. Penélope estaba harta, harta de vivir con un bueno para nada y cada día se sentía más asfixiada.
El padre de Pulido había terminado por aceptar y comprender, la idea de mantener a su hijo Joey y su familia, tal vez, aceptando sin remedio, la idea, de que había engendrado un hijo bobo, que no sabía valerse por sus propios medios.
Pero, en definitiva, nadie de la casa había terminado por aceptar la idea de que Pulido era escritor. Simplemente, su familia no tenía inteligencia ni ojos para ver y comprender la actividad, todo el tiempo y esfuerzo que Joey pasaba sentado frente a la máquina de escribir. Por lo tanto, para poder seguir su vocación literaria, Pulido tenía que usar la máquina en las noches y madrugadas, cuando todos dormían. Después de regresar de Cuenca, Pulido había comenzado y terminado de escribir un manuscrito político titulado: DEMOCRACIA Y LIBERTAD, donde expresaba la necesidad latinoamericana de desbloquear a Cuba, para que el poder democratizador del dólar washingtoniano, penetre en esta civilización dirigida con mano de hierro desde LA HABANA, así como, poco a poco, también la libertad, el turismo y la democracia, para que ablanden el régimen totalitario, que restringía las más mínimas libertades, tanto formales como reales de los cubanos. En definitiva, lo que Pulido quería decir en aquel manuscrito político, el mensaje de auxilio que le mandaba a Washington, era que los cubanos de la isla estaban ansiosos de comprar en los supermercados de Miami, y que lo que querían era la libertad, la cultura, la música, la literatura y toda la filosofía política de los anglosajones y no los soldados, las armas, las directrices explotadoras de Washington. Estados Unidos debía sembrar amor en el corazón de los latinoamericanos para cosecharlo plenamente, pero en vez de eso, hacía todo lo contrario. Latinoamérica no quería de Washington bases militares ni guerras ni armas, lo que quería era que los gringos invirtieran en educación, en salud, en comida gratis para los menesterosos y desamparados, en agricultura y en una cultura de paz.
Más adelante, su escrito señalaba la penosa y desastrosa influencia política de Cuba en el resto de América Latina y el Mundo, al ser el mayor exportador de su nefasta cultura de la pobreza y del odio inexplicable e injusto hacia la cultura y el pueblo estadinense. El pueblo y la cultura anglosajona no podían pagar con odio y terrorismo, todos los platos rotos que provocaban los ignorantes gobernantes de Washington.
En otros capítulos, hablaba sobre la legalización de la marihuana, para disminuir los efectos, que la guerra contra las drogas esparcía por toda la zona andina: migración, fumigaciones nocivas para el pueblo y sus cultivos legales, fuga de cerebros, desplazados, huérfanos, violencia, refugiados, tráfico internacional de armas, secuestros, mutilados por las minas antipersonales, narcoeconomía que no pagaba impuestos al SRI...
Todo su trabajo comenzaba con una cita del profesor John Beattie, que decía así:
Una ley científica no es simplemente la afirmación de una regularidad; es una síntesis teórica que explica una regularidad. No es ni una deducción a partir de principios ya establecidos, ni una inducción a partir de la observación empírica, sino esencialmente, como dice el filósofo Stephen Toulmin, “la adopción de un nuevo enfoque”. Aun cuando tal síntesis puede expresarse en forma de proposición general, lo que tiene de explicativo no es su generalidad, ni tampoco cualquier especie de regularidad de los datos a que se refiere, sino esencialmente la nueva síntesis teórica que propone.


Por: Sam Scholl
(narrador ecuatoriano)
(Fragmento de la novela Ineptitud que será publicada -como dos anteriores obras- por entregas semanales)



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