viernes, 11 de enero de 2013

El regreso de Pulido (parte 1)




Prólogo





Los primitivos creen que todo lo que les sucede es producido por causas divinas; para ellos el mundo místico y el mundo real están profundamente unidos.



Jean Marie Auzias



Querida Madison:



No sabes cuánta falta me has hecho, cuántas noches te he extrañado, sin tener con quien conversar. No sabes cuántas noches he llorado la pérdida de tu foto. Pero ahora que te tengo no te volveré a perder.

Es una cosa increíble cómo las prostitutas se niegan el derecho a experimentar cualquier tipo de placer u orgasmo en su trabajo. En su primitiva mente trastornada, el coito laboral no debe tener un final feliz, es como si tuvieran mutilados los sentimientos.

Pulido besaba con inaudita intensidad la frente empapada de sudor de la bella y joven prostituta. Parecía ser el único lugar donde ella permitía colocar las caricias de Pulido. Joey se esforzaba inútilmente en despertar una pequeña flama de pasión en aquella mujer, obsesionada por poner duro y tieso el miembro viril de Pulido.

Desde el principio hubo problemas técnicos. El pipi de Pulido se resistía a ponerse firme. Para rematar la zorrita interrumpía continuamente la succión, para escupir a un lado de la cama. Esto cortaba el proceso de estímulo sexual de aquella fría y muerta pieza de carne de Joey. Lo más enojoso era la impaciencia silenciosa pero tangible como un bloque de hielo con que aquella mujer masturbaba inútilmente la importante pieza de carne. A veces dirigía sus ojos al techo del estrecho y caluroso cuartito donde yacía la pareja empapada de sudor y llena de miedo a ser sorprendidos.

Cuando ella vio que Pulido se resignó a su impotencia y se empezaba a levantar quedó atontada, desnuda y frágil con las piernas abiertas sobre la cama. Pulido quiso consolarla llenando su rostro de besos tan tiernos como apasionados que patinaban en aquel rostro corrupto y bello, pero traspirado. Ella se resistía a que su cliente se marchara insatisfecho y se debatía, contorsionando el cuerpo, con el ceño fruncido, tratando de agarrar con sus frágiles dedos el húmedo y escurridizo pedazo de carne que colgaba inerte entre las piernas de Pulido para ¡por fin! introducírsela en su calurosa y apretado vientre. A lo lejos se escuchaba la balada You makin lovin fun de los Fletwood Mac.

Todo era inútil y de manera desconsolada repetía con la frente llena de gotas de sudor:



-          Es que no se puede, es que no se puede...



Mi relación laboral está al límite.

Pensé en adquirir un cuchillo y matar a este cabrón. Pensé en renunciar y largarme a Salinas. La situación laboral es insoportable...es verdad que necesito el trabajo, pero ¿puedo seguir trabajando bajo estas circunstancias?, la amenaza de muerte es una cosa seria. Este tipo no está bromeando, tiene libre derecho a hablar de mi lo que le da la gana. Me serrucha el piso de frente y me humilla y cuando accidentalmente prueba el chocolate de su propia cuchara me amenaza de muerte.

Hablé con el hombre, lo tranquilicé, le pedí disculpas y le dije que lo respetaba y parece que el hombre comprendió todo y está tranquilo. Ojalá todo se quede frío. Tal vez haya sido necesario este terremoto para que se restablezca el equilibrio. Como dice William Faulkner:

Fijar un límite de tiempo a todo lo que uno hace, determina que un hombre ponga más energía en las cosas; le da fuerzas para subir a la montaña, como quien dice.

Por: Sam Scholl
(narrador ecuatoriano)

(Prólogo de la novela Ineptitud que será publicada -como dos anteriores obras- por entregas semanales)




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