martes, 25 de diciembre de 2012

La ausencia desde mi orilla


Chicho desgastó su último cartucho de ladridos antes de la media noche. Las bajas: los ancianos cascarrabias del piso inferior, la pareja apasionada del otro lado de la pared y la solterona sobre mi cabeza, aquella del arrastre constante de sus muebles. Escuché sus voces al unísono, y supe que por la mañana la protesta se concentraría en la administradora del hotel.

Antes, meses atrás, podría haber ido a cada una de sus puertas y haber parado los agravios, pero hoy no me interesa nada del otro lado, todo lo tengo acá: migajas, recuerdos, trozos de su historia regadas en la sala, el baño, el cuarto, la cocina, la cama. Sé que su fotografía, sonriente y desafiante sobre la repisa, es un acto masoquista. Y aunque Chicho duerma, tras el calmante dado, quisiera abrazarlo, aferrarme a él como el todo de mi vida. Y podría ser peor: entregarme al llanto, a la desesperación más infantil y dramática, lanzarme desde el balcón y estrellarme en el rompeolas. Pero ese no soy yo, ese es el tipejo sensiblero que un día, no tan lejos de hoy, mandé al diablo.

Así que acudo al único lugar seguro en estos días: mi computadora. Desde ella soy un fantasma que caza en la madrugada, que atraviesa y consume páginas a gran velocidad, que observa y degusta rostros y cuerpos, nombres y posibilidades hasta que los párpados caigan.

“Hola, extraño”, me ha escrito, cuando había decidido desconectarme. Dudo en responderle. Hallo grietas a mi alrededor incitándome a saltar, telarañas absorbentes implorando un poco de mi esencia, miles de hormigas devorándome las oraciones; pero caigo en su trampa, y ahora, diez minutos después, he dejado de pertenecerme, he vuelto a su historia, soy los dos puntos donde la continuidad de su vida me abastece, aunque sea el simple receptor a la distancia.

Nunca la leí tan sonriente, con sus anécdotas copándolo todo, con sus historias interminables desde una urbe que la ignora, desde calles donde es un individuo más, desde un departamento donde ha encontrado la pared ideal para colgar la pintura de su sueño descabellado.

Me dice que extraña mis ocurrencias en el chat, los comentarios desorbitados en el facebook, los mensajitos enigmáticos al celular, las noches donde Meg Ryan y Tom Hanks eran simples motivos para juntarnos en un bar, solos, muy juntos, mientras la ciudad se iba desolando, y nosotros, muy cerca, casi ligados desde los alientos, intentábamos la unidad incorruptible.

Antes de responderle que aún me acompañan esos recuerdos, que lo que sentí en aquellos bares, en el portal de su casa, en la sala de mi departamento, en la fiesta del amigo en común, me sigue acompañando, que retumba como doble bombo, como ritual enajenado… pero se ha adelantado para decirme que Rodolfo, el tipo de la foto, que me acaba de enviar, de camiseta desabotonada y que la sostiene desde la cintura, se parece a mí, que tal vez seamos hermanos desconocidos, todo porque ambos rompimos su soledad.

Si fuésemos hermanos me volvería un Caín, lo desaparecería en el primer descuido, revelaría al ser siniestro que guardo como recurso de ultimátum, pienso con intensidad, como si mis partes nobles hubiesen soportado dos patadas o un mordisco incompasible, y no hiciera más que actuar en defensa propia. Pero no lo hago, prefiero la nada en la pantalla, ausentarme una vez más, alucinar que las nubes caen en picada, que revientan la arena y las rocas se disuelven en un mar burbujeante con espinas…

Ha entendido mi silencio. Y cuando creo que resueltamente las palabras que aparecerán una vez más en el monitor serán las del ADIÓS, así en mayúsculas, cortantes y simplonas, con el adjunto de carita-hipócrita-feliz, aparece aquel “¿Cómo te va?” a mí, el personaje anónimo que cada noche las parejas de amantes desenfrenados de la playa observan con curiosidad, la sombra acompañada de luciérnagas en sus labios que se apagan y encienden con un ritmo incontrolable, al ser que la noche traga, mastica y escupe con diversión. “Muy bien, ¡excelente!”, le escribo, porque en las palabras hay refugio, porque ellas no delatan el hundimiento de las pupilas, la explosión y las partes dispersas alrededor.

“Intento creerte”, me vuelve a decir, para luego contarme la historia más absurda jamás leída: que el mar se volvió su espacio ideal, donde cada mañana, luego de trotar, imagina que en la dirección a la que sus ojos enfocan estoy yo del otro lado de la orilla, un yo sonriente que corre por la arena junto a Chicho, un yo feliz que deja huellas que alguien más pisa, un yo conversador, latente y vital para siempre.
 
Se ha desconectado luego de esto, sin el adiós sufrible, sin nada más que una historia que se volverá pesadilla más adelante.
 
Y ahora, fuera del lugar seguro, quisiera escribirle que el mar que la acoge diariamente, es el mismo que escucho al dormir y despertar; que desde mañana quizás le haga la mano desde mi orilla, tal vez le envíe un mensaje en una botella, y en ella la despedida postergada que olvidamos, no hoy, no ayer, si no desde aquellos meses en que nos dejamos ir sin objetos rotos ni música de fondo.

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