jueves, 8 de noviembre de 2012

The irish people o desesperados (capítulo 3, parte 3)



Los internos escuchaban las charlas de motivación de los psicólogos y después era el turno de ellos de ir soltando la lengua para ir desenmarañando el ovillo de trastornos psicológicos que los había llevado al internamiento. El diálogo era pobre, reflejaba toda la mezquindad de un cerebro carcomido ya por el alcohol o por la droga. Muchas veces estos diálogos eran repetitivos, cobardes, llenos de escenas machistas de sexo, y algunas veces poseedores de una lógica inconexa, que pronto daba al traste con cualquier tipo de sentido que uno quisiera encontrarle al asunto. En medio de este panorama Pulido brillaba por la profundidad y la lógica de sus razonamientos que tampoco carecían de una vena de humor, claro, sin llegar a la burla maliciosa. Pulido estaba consciente de que se hallaba en una situación peligrosa. Todo el año que permaneció en aquel asilo tuvo que sacarle el cuerpo a la pastilla Sinogán y eso era un mérito. Su conducta fue tan ejemplar que pronto lo identificaron con el nombre de DISCIPLINA.

Todos los fines de semana la Clínica se convertía en una feria de felicidad. Los parientes que se mostraban interesados por sus familiares los iban a visitar y se producían escenas de lágrimas y esperanza. Los demás se concentraban en sendos partidos de voley y los internos jugaban incansablemente mientras Pulido les sintonizaba en la radio música de los 70’s como la del grupo LED ZEPELIN y todos los locos sentían las energías de aquellas melodías y jugaban con mayor energía bajo los acordes de Robert Plant:



- Shake for me, baby… I wanna be you macho men… Yeah…Ouuu…Yeah…Ouuu…



Cada vez que un adicto se abría en las terapias y confesaba un fondo psicológico dotado de suma gravedad, los demás adictos gritaban en coro:



- ¡ME IDENTIFICOOOO!



Para Pulido el más cuerdo de todos era el cuencano, peruano que siempre se presentaba a las terapias con un atuendo disparatado, ya se ponía un cintillo en la cabeza, ya una camisa sin mangas. Y las conversaciones que mantenía con él eran de lo más divertidas. El cuencano, peruano le contaba que el había sido vendedor de electrodomésticos y que era bueno en el negocio, pero siempre tenía guardado en un cajón de su escritorio una botella de alcohol. De esa manera, después de atender a un cliente, corría a su oficina, se encerraba con seguro, abría el cajón y se mandaba un pequeño sorbo para de ahí, correr a seguir atendiendo a otro cliente. El resultado de este accionar era que poco a poco se iba emborrachando y los tragos se hacían cada vez más largos y al final terminaba todo ebrio y se iba a su casa arrastrando los pies.

Cuando llegó el fin de semana le tocó a Pulido lavar su ropa. Había que aprovechar el sol fugaz de la bella y deslumbrante Cuenca. Al principio el tío le facilitó una barra de jabón y con eso Pulido aprendió a lavar su ropa de la misma manera que en la parrillada con el argentino había aprendido a cocinar arroz y a asar un pollo al limón o cuando en Casa Maspons, había aprendido de la manera más humillante, a trapear los pisos del almacén. Había que esperar turno con toda la ropa sucia metida en una funda y luego ponerse a remojar cada pieza y luego embadunarla de espuma con el jabón y toda la operación se realizaba bajo los acordes de la música de NIRVANA y Pulido sentía verdadera buena vibra y lavaba y lavaba y restregaba y restregaba hasta botar todo el estrés que producía el encierro y hasta dejar toda la ropa limpia.

Cuando terminaban las faenas de lavandería de la ropa, había que limpiar los servicios higiénicos del cuarto donde uno se hospedaba. Pulido en eso mostraba la higiene de un monje krsna, y usaba una buena cantidad de cloro para dejar bien desinfectado la tasa donde todos los cuatro ocupantes del cuarto colocaban sus nalgas para evacuar. Incluso mientras limpiaba los servicios se ponía a cantar los santos nombres del Señor:



Hare Krsna Hare Krsna

Krsna Krsna Hare Hare

Hare Rama Hare Rama

Rama Rama Hare Hare



Muchas veces la cocina se llenaba de moscas y Pulido, completamente lunático se ponía a matar moscas. Primero se hacía de un matamoscas y luego empezaba a exterminar las moscas pegadas en el vidrio de la ventana. Esa actividad acompañada de buena música del grupo AMERICA de los 70’s era la distracción favorita de Pulido.

¡Qué lejos estaba el mundo de las preocupaciones y los desasosiegos!

Imaginaba que las moscas eran enemigos de otro planeta que había que eliminar para preservar la supervivencia de la raza humana.

Ahora Pulido vivía en un mundo de fantasía donde los límites de su cerebro habían desaparecido. Había llegado a comprender todo y luego se había vuelto loco. Su amigo el cocinero estaba sentado en la mesa de la cocina y mientras se despachaba un arroz con pollo, guardado de la noche anterior, observaba a Pulido en su aerobic asesino de moscas.



- Eres una causa perdida Pulido- le decía el cocinero con la boca llena-. Eres una causa perdida como todos nosotros.



Las terapias en la noche, antes de acostarse a dormir, era lo más agotador porque en ella se realizaban ejercicios de destreza física y mental. Unos ya eran de lo más ridículos, que los internos parecían niños de jardín de infante. Como el juego de la sillita y otros así por el estilo.

Pero había que someterse a todo sin chistar porque la sombra de la amenaza de la pastilla sinogán era latente.

En aquella casa de locos nadie controlaba sus emociones sino era a la fuerza. La amenaza de suicidio, violación y muerte estaba en el rostro de cada uno de los internos. Todos los días Pulido amanecía con el temor de abrir una puerta y encontrar a un loco que se había guindado del cuello. Era mejor tratar de pasar desapercibido y silencioso. Había que estar ocupado haciendo algo.

Pronto lo pusieron a Pulido a trapear toda la escalera del edificio de tres pisos. Ese trabajo era un sacadero de chucha tremendo. Peldaño por peldaño había que trapear la escalera de cabo a rabo.

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