lunes, 19 de noviembre de 2012

The irish people o desesperados (capítulo 3, parte 5/fin)


El tiempo transcurría poco a poco y Pulido se acostumbró a vivir de manera automática como un zombie. Por las mañanas se bañaba, asistía a terapia, hacía retrospección de su vida pasada cuando le tocaba hablar, luego subía al tercer piso para el almuerzo que a veces sólo consistía en un arroz con huevo como la comida de las prostitutas, en la tarde volvía a asistir a la terapia, que podía ser dictada por unos evangelistas, el psicólogo u otros terapistas, que venían recorriendo todo el circuito de clínicas de recuperación, luego venía la cena frugal que en una ocasión Pulido tuvo que dejarla porque consistía en una sopa de pollo toda grasosa que era simplemente imposible de tragar, y finalmente la hora de dormir. Poco antes de que apagaran las luces, Pulido escribía en la pared junto a su cama una cita del escritor John Updike que decía así:



LA VIDA ES DEMASIADO CORTA PARA QUE ENCIMA SEAMOS INFELICES



Se levantaba por las mañanas, soportaba mal el frío de la sierra, pero ahora se cuidaba más para no enfermarse de gripe, y cada vez más se iba aclimatando, hasta volverse un cuencano más. Por las mañanas se duchaba con agua caliente y había que tener suficiente dinero para comprar una pastilla de oloroso jabón con qué frotarse por todo el cuerpo. Pronto empezó a perder peso por el esfuerzo que hacía todos los días para mantenerse vivo dentro de ese infierno. Su recurso era el humor, pero a veces, un timbre de alerta le indicaba que no era momento de hacerse el payaso. Había que tener cuidado de no repetir un chiste que había funcionado con una persona porque el mismo chiste podía no funcionar con otra. A veces tenía que abrigarse bien y salir a la calle con un grupo de adictos para pararse en una esquina y empezar a repartir hojas volantes que le hacían publicidad a la Clínica. Entonces Pulido era testigo del show que representaban los cuencanos bien trajeados y perfumados yendo de aquí para allá con sus rostros serios pero también llenos de preocupación y angustia, también ellos en busca del preciado sucre que todo lo facilitaba: comida, salud, educación, sexo y toda clase de pequeños placeres.

Las confesiones dentro de la terapia no eran tomadas con la debida seriedad y cualquier fondo homosexual provocaba secreto revuelo entre los internos. Cualquiera que declaraba una aventura homosexual, en el pasado, era visitado en la noche de inmediato por uno o más internos al cuarto para darle la vuelta para ver si se aflojaba. Esto ocasionaba cierta tensión entre los internos, porque después de pasar en terapia unas dos semanas, todos se daban cuenta de que el sentido de estar ahí, era el de abrir la boca y soltar toda la mierda psicológica que llevaban encima, por lo que al botar sus fondos homosexuales no era nada grato después ser acosados como si fueran maricas en celo.

Un cuencano jovencito se empezó a fijar en la forma como razonaba Pulido y pronto se le despertó una pasión homosexual por él. Cada vez que Pulido estaba acostado o sentado en algún lugar, generalmente leyendo, venía el serranito y le ofrecía un caramelo, un cigarrillo o un chicle. Pulido no sabía cómo tomar estos ofrecimientos de amor. A pesar de haber sido tirado y de haber perdido su dignidad, Pulido, básicamente era un tipo heterosexual. Tal vez en lo más profundo de su ser sea bisexual, pero todas aquellas desviaciones eran la excepción y no la regla. El serranito era lindo y tenía el cuerpo en formación ya no era un niño, pero tampoco se había convertido en un hombre. En una ocasión Pulido no encontraba un cuarto vacío para leer, se acostó en el cuarto del serranito y coincidió que éste justo salía del baño y se mostraba todo seductor como una jovencita desnuda. Se apretaba la toalla justo debajo de las axilas y la toalla apretada y húmeda le daba a su cuerpo una silueta de mujer. Pulido sentía fuertes latidos en el corazón. Lo correcto era haberse levantado y escapar, pero interrumpió su lectura y se quedó ahí extasiado mirando por atrás el cuerpo del jovencito que exploraba algo en el closet del cuarto. Éste dejó caer la toalla y Pulido pudo ver y saborear sus bellos y jóvenes glúteos. Luego entró alguien haciendo bulla y el serranito recogió del suelo la toalla y siguió ensimismado en su rutina por elegir una ropa del closet.

Aquella noche Pulido no pudo dormir bien y empezaba a dudar seriamente de su cordura. Ya ni las revistas del Selecciones del Reader’s Digest le aliviaban la tensión. Cuando leía la Biblia, como un libro cualquiera, de principio a fin, le parecía que aquel libro sólo hablaba de sexo.

A veces Pulido era seleccionado por el tío Ray para acompañar a los chicos que iban al mercado a comprar los víveres. Pulido aprovechaba esas ocasiones para salir y disfrutar de la bella y fría ciudad de Cuenca. El mercado era un gran laberinto de pasajes, llenos de mercadería y toda clase de frutas y vegetales. Algunas de las serranitas, hijas de los tenderos, eran de una belleza casi anglosajona y Pulido aprovechaba el rápido momento en que estaban despachando la mercadería para mirarlas y saborearlas en toda su plenitud. Pulido se imaginaba rápidamente a la serranita en cuestión toda desnuda en la cama, reposando después de hacer el amor y esperando que Pulido le trajera el desayuno o el almuerzo a la cama. En algún momento dado Joey concibió la idea de quedarse a vivir en Cuenca trabajando como taxista y empezó a hablarle por teléfono a Penélope de que estaba yendo al sindicato de choferes del Azuay para tramitar una licencia de manejo profesional y la idea de que Penélope y los niños se fueran a vivir para allá.

En la última conversación telefónica que mantuvo con Penélope, ésta le dijo que Danni había contraído una hepatitis leve. Todo había ocurrido porque el padre de Pulido le daba de comer por las mañanas ostiones crudas al niño y esos moluscos eran demasiado fuertes para su pequeño organismo de ocho años. Pulido consiguió del tío Ray un permiso para viajar y de inmediato se fue a Salinas a resolver aquel asunto. Llegó justo cuando Danni se sentía mal y empezaba a orinar negro. Pronto el análisis de sangre reveló que el niño tenía hepatitis y fue sometido a medicación de inmediato con fuertes tratamientos de vitamina B.

Una vez resuelto ese problema Pulido regresó a Cuenca a proseguir su tratamiento. Pulido sólo visitó a su familia en los cumpleaños, en la navidad del año 1998 y en el fin de año.

El tiempo transcurría fría y lentamente en Cuenca. Ahora Pulido se le había encargado de sacar toda la basura de los cuartos, meterla en fundas y llenar el tanque que se depositaba afuera para su recolección. Esto incluía los tachos de basura de las dos chicas que estaban internadas. En sus tachos Pulido siempre encontraba toallas higiénicas embarradas de sangre de lo que menstruaban las chicas. Cuando ya tuvo el tiempo suficiente de internamiento y la confianza de su tío lo pusieron a dar terapia y en una ocasión que sacó al frente a una de las chicas para que desenrolle sus problemas ante los internos, fue interrumpido por un interno que lo solicitaba de emergencia, porque otro chico estaba siendo víctima de un ataque de depresión y se estaba amarrando un cable en el cuello para guindarse. Cuando resolvió el asunto y regresó a la sala de terapia, se encontró con la sorpresa de que la compañera se estaba quitando la ropa y ya casi desnuda era el deleite de sus compañeros de terapia que la miraban fijamente.

Otra de las chicas lo tenía metido a Pulido entre ceja y ceja, y siempre le separaba un plato de comida cuando las ocupaciones lo demoraban y llegaba tarde al almuerzo. Luego se jactaba de su dedicación, toda coqueta, y en señal de posesión de ser la guardiana del estómago de Pulido y daba a entender que tenía ciertos derechos sobre él. Su cuerpo blanco, grande y apetitoso poseía unos senos inmensos y su piel estaba llena de pecas, su cabellera rubia provocaba en Pulido verdaderas crisis de éxtasis cuando la miraba. Pero siempre sonaba un timbre de alerta en la cabeza de Pulido y su voluble conciencia le aconsejaba evitar enredos sentimentales, que podrían provocar el cierre de la Clínica. Pero el frío, la soledad y la promiscuidad intelectual, el arremolinamiento en el cerebro de Joey de tantas confesiones sexuales a veces lo alteraban, y al final, tuvo que pedirle al tío que lo lleve a LOS TANQUES, que era el sitió donde la gente se contactaba con las trabajadoras sexuales. Tanto jodió Pulido que finalmente le dieron permiso y se fue en compañía de Iván el celador de la Clínica. Cuando llegaron Pulido se encontró con un panorama completamente diferente a todo lo que había imaginado. Las chicas estaban tranquilamente sentadas esperando un cliente que las eligiera. Una de ellas se fijó en Pulido y le guiñaba el ojo a cada rato, en otras ocasiones le lanzaba sendos besos volados hasta que consiguió que Pulido la eligiera como amante. Pero la mala suerte lo tenía cogido de las pelotas a Pulido y los nervios volvieron a jugarle otra mala pasada. La picha de Pulido no se paraba por nada. Joey le rogaba a la serranita que le chupara la picha para que se la estimule y ella le insistía que eso le costaría más. Joey no sabía que Iván tenía más dinero y que tranquilamente le hubiera podido dar para solucionar el problema, pero nada pasó y Pulido dejó su dinero en la bolsa de la serrana por nada. Algunas putas eran expertas en ganarse la plata sin tener sexo y aprovechaban cualquier crisis de impotencia de sus clientes para castrarlo más con alguna burla, ataque de risa o algún acto de impaciencia que mandara al traste todo el deseo de satisfacción sexual.

Pulido comía mierda todas las mañanas porque alguien se tomaba la molestia en la madrugada de ir a tumbar el tanque y dejar regada toda la basura que pronto atraería las ratas.

Las dotes intelectuales de Pulido y el tiempo que llevaba internado pronto lo convirtieron en un serio candidato a terapeuta en la casa de reposo. Ahora tenía una responsabilidad intelectual que cumplir con aquellos internos. Así que los hacía leer despacio el manual de narcóticos anónimos y Pulido descubrió que muchos de ellos habían perdido la facultad de leer y de comprender lo que leían. Si no entendían el manual básico de los doce pasos y de las doce tradiciones, ¿qué esperanzas tenían esos chicos y viejos que se hallaban internados? La respuesta era ninguna. No tendrían ninguna esperanza para sobrevivir por mucho tiempo en el mundo. Pulido, pacientemente, como un profesor de escuela, los hacía leer de uno en uno, aquellas palabras de tranquilidad y resignación, de obediencia a las normas de convivencia, y de invitación a la prudencia. La labor era titánica. Muchos chicos estaban totalmente perdidos para siempre. Ni siquiera la terapia, llevada difícilmente con humor, conseguía sacarlos de su estado vegetal y de negación. En estos casos las excepciones eran un verdadero milagro. La negación de que ellos tenían un serio problema era un sentimiento sumamente fuerte, y la conciencia de que tenían que tomar la difícil decisión de cambiar completamente su modo de pensar, y toda su vida, era una idea tan lejana como el planeta Plutón.

En la hora previa al almuerzo, Pulido se pasaba en el comedor matando moscas a diestra y siniestra, y sentía verdadero alivio imaginando que de esa manera se recuperaba más porque estaba haciendo un servicio devocional a Krsna. Cuando de pronto vio a un compañero correr y saltar como si estuviera haciendo alguna acrobacia en patines. Una y otra vez, el interno corría de un extremo a otro del comedor, y ya en la mitad saltaba, y se daba una vuelta en el aire. Cuando Pulido conversó con él se enteró que en su juventud había sido un campeón de patinaje artístico sobre ruedas, pero que las pastillas lo habían enajenado como a Elvis Presley en su servicio militar en Alemania, y pronto toda su vida se había convertido en un desastre. Cuando estaba loco por las pepas iba hasta el almacén de telas de sus familiares y les arrojaba un puñado de centavos y pronto ellos llamaban a los médicos y a los terapistas para que lo cojan y lo internen de nuevo.

A veces se iba el agua en la ciudad y Pulido tenía que ir al río, coger agua con un balde y subir las escaleras hasta el tercer piso para echarla en los servicios repletos de mierda. Para Pulido el sólo aproximarse al agua helada del río le ocasionaba una interminable crisis de estornudos. Aquella agua era sucia, contaminada por desechos químicos y llena de toda clase de bichos. Otras veces tenía que interrumpir la terapia y salir a la ciudad bien abrigado en busca de un adicto que se estaba declarando loco con la esposa o con la familia. Las capturas siempre eran aparatosas y el futuro interno recibía una buena golpiza hasta lograr someterlo y de ahí se lo llevaban unas veces esposado hasta la Clínica para procesarlo, abrirle un expediente e internarlo por tres meses.

Las sesiones con el psicólogo eran interesantes. Tal vez el trabajo de los psicólogos y de los médicos era dar esperanzas a sus pacientes. El psicólogo le decía a Pulido que se tenía que preparar en el futuro para grandes retos intelectuales y que su inteligencia estaba destinada para el beneficio de la humanidad. En cambio uno de los terapistas le decía que se olvidara de la familia y que se venga a vivir a Cuenca, que acá le esperaba un nuevo comienzo, una nueva familia, y Pulido sufría con resignación el repudio que estos razonamientos le causaban. Él ya tenía una familia y algún día la recuperaría, así tuviera que morir en la lucha.

Pronto la crisis económica ecuatoriana del 98-99 llegó a la Clínica y las personas que alquilaban el edificio al tío de Pulido, querían que se marchara. Entonces Pulido se dio cuenta que nunca lograría trabajar como terapista de drogadictos en Cuenca. Habló con el tío Ray y le dijo que le agradecía el año que lo tuvo refugiado, pero que para él era el momento de regresar al hogar.

Una vez más Pulido se hallaba sin nada que hacer, después de hacer su maleta y de guardar sus pocos libros que había llevado, fue acompañado por su tío a la terminal y pronto se encontraba de regreso en el hogar. El camino de regreso se le hizo a Pulido interminable, la carretera estaba siendo sometida a arreglos interminables y el carro que traía a Pulido de regreso al hogar tuvo que meterse por un camino viejo, en desuso y angosto. Pulido salió de Cuenca justo en el momento en que llegaba la temporada de invierno helado, cuando por las noches llovían pequeñas bolitas de granizo.

Cuando llegó a Salinas volvió a subir por aquella conocida loma de toda la vida, volvió a ver los mismos rostros desesperados de sus vecinos, metió la llave en la cerradura, abrió la puerta y se encontró con la imagen de sus padres, su esposa Penélope y sus dos hijos en trajes de baño, que lo habían estado esperando tanto tiempo. Entonces Pulido les preguntó:



- ¿Qué hacen?, ¿a dónde van?



Y como respuesta le dijeron:



- Cámbiate pronto que llegarás tarde a la playa.






FIN



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