sábado, 10 de noviembre de 2012

The irish people o desesperados (capítulo 3, parte 4)


En una ocasión un serrano que le tenía hambre a Pulido y que le quería meter la picha en la nalga, le inspeccionó el trabajo de trapear la escalera y encontró una falla – un poco de tierra escondida detrás de la escalera-, y entró al cuarto de terapia donde estaba Pulido para sacarlo a que repita el trabajo de trapear las escaleras.

En las noches siempre lo rondaba a Pulido y se le acercaba cuando estaba arrecho y con el penezote grandote y le hablaba a Pulido al oído como si fuera su mujer y le decía.



- ¡Vamos monito, vamos a mi cuarto que te quiero dar un regalito!, ¡vamos no seas malo que yo me porto bien contigo!, ¡vamos monito que quiero que me mames la picha!



Y luego le decía:



- Mírame el huevo, que lo tengo grandote, vamos de una, monito, para que me arregles el día. Yo te escupo bien en la nalga para que no te duela cuando te penetre.



Y luego lo abrazaba por el cuello y se lo llevaba a pasear como si fueran enamorados. Luego cuando pasaron por el cuarto el serrano lo empujó adentro a Pulido en la cama, cerró con llave y se bajó los pantalones.

Pulido nunca había visto un falo tan enorme sin circuncidar y goteando semen. Pulido se tapó los ojos mientras el serrano lo desvestía y lo volteaba para que su nalga recibiera el alegre peso de sus cojones. Había pasado mucho tiempo que el serrano no descargaba el peso de su semen en el culo de un hombre.

Pulido sentía un dolor tremendo, tremendo, como si los tejidos de su ano estuvieran a punto de reventar. De pronto sintió ganas de hacer caca. Eran unas ganas intensas de evacuar y hacer caca. Entonces empezó a pujar como mujer pariendo y pujaba y pujaba hasta sentir que la mierda se desprendía de sus intestinos. ¡Y entonces Pulido fue feliz! Sintió un verdadero orgasmo y hasta se deslechó un poco.

Al final el serrano se quedó desmayado sobre el cuerpo cagado de Pulido. Pulido ya muy tarde se lo quitó de encima y se percató que tenía el ano empapado en semen y mierda. De inmediato se fue al baño y vomitó por el culo todo el aborto de semen que tenía en los intestinos. La leche del serrano le había penetrado hasta lo más recóndito de sus entrañas y lo había hecho sentir mujer. Había perdido su dignidad pero de alguna manera la volvería a recuperar. Ahora ningún acto en la vida tenía la fuerza de perturbar más a Pulido. En el tiempo que estuvo en la Clínica, Pulido siguió escribiendo, pero ahora se dedicaba a la poesía. Y mandó por correo certificado dos volúmenes de trescientas cartas de poesía a una revista semi porno de Quito llamada Mango.

Pulido se percató que ese baño no era limpio como el suyo y se limpió con papel higiénico mojado toda la leche que le salía por el culo.

Luego bajó las escaleras y salió al patio donde se celebraba un juego de voley. Los juegos de voley eran entretenidos y hacían que Pulido bajara de peso y sacara físico. Pulido se sentó y se dejó llevar por el partido. Pronto caería la noche. El viento ya traía el frío serrano del páramo. Para pulido Cuenca era como estar en un país satélite tras la cortina de hierro. Su gente pedía ser amada a gritos y había un cuencano que le cogió afecto a Pulido como si de su yerno o sobrino se tratara. Lo llevaba a comer pizza y a conversar. En la Clínica se pusieron de acuerdo en que Pulido podía funcionar como guía y vigilante de este tipo para que lo acompañe a pagar unos impuestos municipales y a la casa para que visite y converse con su mujer. Pulido caminaba sobre las calles de Cuenca y soñaba con quedarse a vivir allí o traerse a su familia a vivir allá. Sí, Pulido pensaba en esas horas en su esposa y sus dos hijos. En el libro de recuperación que utilizaba había colocado una foto en la portada en la que aparecía Pulido, su esposa y sus dos hijos en el patio de la casa, y Pulido sentado en la hamaca. Esos eran aquellos momentos en que Pulido, deprimido, sólo pensaba en el suicidio. En la foto había aparecido con los ojos trastornados. El destino final de esa foto fue quedar guardada en los archivos del colegio de Danni. En el colegio le pedían una foto familiar y esa era la única que tenían. Su esposa Penélope le reprochaba el que haya entregado esa foto donde se los retrataba con ropa de casa y de una manera más bien informal y despreocupada.

Los días pasaban y Pulido conocía a nuevos internos que llegaban. Unos llegaban escoltados por sus familiares y tarde o temprano se resistían al encierro como un niño cuando se lo lleva al médico o a la enfermera para que le pinchen una inyección. Se ponían a hablar por teléfono horas y horas, lo mismo que hizo Pulido, y luego con la cara blanca por el desfallecimiento, se resignaban a dejarse llevar y ser vapuleados por todo el mundo. En aquella casa de locos no había respeto por nadie. Otros llegaban inconscientes y hasta cagados y era un espectáculo tierno ver cómo Geovanny se encargaba de los nuevos y los limpiaba sin dar muestras del menor signo de asco o repugnancia. Este Geovanny era un caso de locura positiva, porque era el más antiguo en la clínica y no quería salir de ahí para nada. Simplemente se había institucionalizado. Cuando se chiflaba se ponía a dar volteretas para atrás en el tercer piso, en el comedor de la cocina y se escuchaba un tremendo escándalo cuando después del salto golpeaba con los pies el suelo de la Clínica.

En una ocasión mientras el famoso Robert Taylor estaba dando terapia, se tuvo que interrumpir con asombro, y mandar a alguien a ver qué diablos estaba pasando arriba porque cada vez que tomaba la palabra se escuchaba un tremendo golpe en el piso de la cocina y de lo que se trataba era de que a Geovanny le había entrado la chifladura y se ponía a saltar para atrás y saltar y saltar hasta quedar completamente agotado.

En una ocasión le dieron permiso a Pulido y a otro chico para salir a divertirse y pronto su compañero cuencano Phillipe lo llevó a conocer unas amigas y se fueron hasta el mirador del Turi, deambularon por aquel mirador que en algunas partes se encontraba repleto de basura y de ahí para abajo, hasta estacionarse en un seno del río y se pusieron a conversar. Pulido estuvo aburridísimo porque todo el tiempo fingía ser un muchacho libre, temporalmente perturbado, que tenía un gran futuro por delante, pero la realidad era otra. En la mente de Joey danzaba la preocupación por su esposa y sus hijos y sobre todo por su futuro, ese no where que siempre lo perdería para cualquier causa que se propusiera conquistar. La juventud de aquellas cuencanas era inocente, invitaba a amar y a olvidar, a buscar un nuevo comienzo con nuevas esperanzas, pero Joey estaba atado con fuertes cadenas de amor filial y aquella tarde se sentía un hombre maduro, incapaz de ilusionar y engañar a nadie más, ni siquiera con un suave y casto beso en los labios.

En las noches siempre se alteraba la paz de la Clínica cuando un interno se sentía mal como si le fuera a dar un ataque epiléptico y se quisiera suicidar. El encierro y el síndrome de abstinencia de la droga eran algo fuerte, como los ataques de delirium tremens, que les daba a los borrachos. Había que agarrar entre tres al loco que se quería lanzar balcón abajo con tal de escapar al encierro. O se trataban de escapar por un tubo que daba a la parte central del edificio y se iban haciendo mierda la ropa y la piel con el alambre de púas, que habían colocado alrededor del tubo y luego eran aparados por los demás internos que ya lo estaban esperando abajo. Luego había que curar las heridas con alcohol, mertiolate y sulfa de los que se abrían la piel con tijeras o guilletes.

Muchas veces Pulido era buscado por los demás internos para auxiliar a algún interno que estaba pasando por un difícil momento de depresión, angustia y que se quería suicidar. Pulido, experto en el tema, se acercaba con cuidado al muchacho y le empezaba a hablar al oído, despacio, sobre todas las cosas que el interno necesitaba saber, todos los trucos necesarios para poder sobrevivir a la angustia y a la depresión que producen el encierro. Pulido no se cansaba de hablar y de razonar sobre esta maldita sensación temporal de depresión que en realidad ocultaba el síndrome de abstinencia a las drogas. Claro que el encierro también era un asunto perturbador, pero la ciencia estaba en pañales en cuestiones de rehabilitación de adictos y de personas que sufrían trastornos de conducta y el encierro era lo único que se recomendaba. Encierro y terapia. La otra alternativa era el hospital psiquiátrico y la medicación que volvía a la persona un verdadero vegetal.

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