jueves, 1 de noviembre de 2012

The irish people o desesperados (capítulo 3, parte 2)





La vida de interno en la Clínica, dentro del segundo piso, era austera y disciplinada. Todos vivían bajo el lema de que el que se resiente pierde. De vez en cuando sazonada con la escena aberrante de algún interno, que en medio de la noche gritaba y aullaba porque había perdido el control y no soportaba más el encierro.
Todos se levantaban a las siete de la mañana y se duchaban con agua caliente hasta las ocho, desayunaban un vaso de avena o de colada, un pedazo de pan y si tenías suerte o dinero, te podías comprar un huevo para que te lo sirvan frito, revuelto o duro.
El cocinero era un tipo encantador que preparaba unas sopas de verduras deliciosas e incomparables. No era muy alto, pero sí rechoncho, siempre usaba una camiseta que tenía pintado el siguiente mensaje: “DIOS ES CARIDAD”, usaba lentes transparentes, hablaba poco, pero lo que decía era interesante, leía mucho sobre la NASA, y se fijaba en Pulido a cada rato. Siempre había una sonrisa de comprensión, solidaridad, un detalle de gentileza para el pobre mono, maniático y suicida. Después de desayunar, el cocinero le mostró a Pulido un calendario que mostraba una foto con unas huellas en la arena y un pensamiento sobre Dios, cuyo mensaje más o menos decía, que cuando ya tus fuerzas te abandonaban, era Dios quien te cargaba durante el camino. Pulido volvió a rechazar a Dios, y aquellos pensamientos a Pulido se le antojaron sensibleros y que, lo que en realidad ocultaban, era la tiranía, la confusión, una especie de anarquía ignorante y el despotismo de un Dios, que al haber creado al mundo y al hombre se había olvidado del verdadero libre albedrío, había demostrado ser una deidad totalitaria, llena de errores e incompetente. No había espacio para Dios en el corazón de Pulido así como Stephen Hawking afirmaba con sus cálculos astrofísicos, que no había espacio para Dios en el Universo.
Luego vino la terapia junto con los demás internos. Poco a poco Pulido se iba sumergiendo en las diferentes anomalías mentales de sus compañeros de internamiento. Unos habían demostrado durante toda su vida una patología por el alcohol; otros se masturbaban pensando en su madre o en sus hermanas; los había aquellos que verdaderamente eran un caso de inadaptación desequilibrante; otros estaban viejos y consumidos por el aislamiento, el vicio y la incomunicación de sus familiares; y estaban los que consumían todo tipo de drogas y tenían el cerebro completamente tostado.
También estaban las visitas al psicólogo. Éste profesional lo interrogaba a Pulido sobre todos los aspectos previos de su vida antes del internamiento, y Pulido sentía frío, pero se entregaba completamente en las manos del doctor, y hablaba, confesaba haber vivido, haber sido seducido por una anarquía completamente atea, que al igual que a Federico Nietsche,  lo había llevado a una casa de recuperación donde se le iba a dar el último chance antes de ingresarlo en el psiquiátrico Lorenzo Ponce. Después de las terapias y de la cita con el psicólogo, Pulido subía al tercer piso para recibir el almuerzo, que invariablemente consistía en una sopa de verduras serranas, exquisita y caliente, un vaso de colada y un pan si es que tenías suerte o el dinero para comprarlo. Aquí conoció a un cuencano que había nacido en Perú, Pulido no sabía explicar este asunto de la doble nacionalidad de su amigo, pero con él tuvo una identificación inmediata porque a ambos les gustaba escuchar la música en inglés y en especial la música vieja de los 70’s y 80’s en inglés, que era la única y verdadera terapia que Pulido necesitaba.
El edificio de la Clínica, estaba ubicado lejos del ruido de la ciudad. Ese aislamiento era un tónico equilibrante para los nervios de Joey, pero el hecho de estar lejos de su familia lo empezaba a preocupar. Constantemente le preguntaba a Ray si estaba seguro de que su padre le iba a pasar el dinero necesario a Penélope para que no pase necesidad con los niños. E invariablemente recibía la respuesta afirmativa, que Joey terminó por aceptar como verdadera, para poder estar en paz.
Por las mañanas heladas, lo último que quería hacer Joey era salir al patio a trotar y a realizar ejercicios. Su tío Ray al principio lo disculpaba, pero pronto llegaría el día en que estaba obligado a sacar su cuerpo corrupto al frío para ponerlo en movimiento y hacer circular la sangre. Toda la terapia física estaba a cargo de un ex sargento que estaba tratando de superar un ligero descontrol de su mente producida por el alcohol. Él mismo contaba en las sesiones de terapia, que como militar en servicio activo, borracho, cometía toda clase de abusos de autoridad contra los conscriptos y los ponía a realizar ejercicios durante las noches heladas y en calzoncillos. Luego de ejecutada su confesión, se le veía con el rostro tembloroso lleno de lágrimas y de sincero arrepentimiento cristiano.
Mientras más pasaba el tiempo, más era el número de internos que iban llegando, ¡y cómo llegaban!; mientras que otros cumplían sus tres meses de internamiento y se preparaban para volver al mundo a enfrentar todos los desastres que habían provocado y dejado atrás. En esas ocasiones en la Clínica se organizaba una gran fiesta de despedida para desearle suerte al chico afortunado, que había cumplido su tiempo y que regresaba a la sociedad con toda una estructura de nuevas ideas para enfrentar su pasado, vivir su presente y transformar su futuro. Cualquiera que sea el resultado de ese accionar siempre podía regresar a la Clínica en busca de terapia, compañía o un ameno diálogo con el psicólogo.
Por las noches a los internos del tercer y segundo piso los encerraban con candado para que no intentaran bajar por las escaleras para escaparse o subir por las escaleras a la cocina. Aunque se había suscitado un caso en que un paciente interno se había lanzado por el balcón desde el tercer piso y se había roto el cuello y matado.
Estaba totalmente prohibido meter platos de comida en los cuartos. Toda falta disciplinaria era castigada, la primera vez, con la ingesta forzosa de una pastilla Sinogán, de efectos somníferos, que iba acompañada de una contra terapia o terapia de shock, que le prohibía al paciente abandonarse tranquilamente al sueño que producía el narcótico.  En otras palabras: tortura. Pero lo peor era cuando algún loco se declaraba en estado de rebeldía violenta y había que someterlo por la fuerza, porque entonces el psicólogo daba luz verde a los internos para que desplieguen toda la violencia reprimida y lo molieran a golpes y patadas en la cabeza, hasta que el interno descontrolado se rindiera y suplicara perdón.
Joey se ponía a conversar con los diferentes grupitos o mafias que los internos formaban. Pulido era como una especie de Gulliver que saltaba de una isla a otra de personas, y todos lo recibían con amabilidad y cortesía. Al principio. Después del almuerzo y de la terapia de la tarde, llegaba la noche y la cena, compuesta casi siempre de sopa de pollo, el mismo vaso de colada y la eterna posibilidad de acompañar el rancho con un mendrugo de pan. Terminada la cena los internos podían salir a la terraza, mirar el cielo nocturno tachonado de estrellas, respirar el viento helado de las montañas, todo surcado de vez en cuando por un meteorito, conversar sobre extraterrestres y fumarse un cigarrillo.
Había un interno, hijo de un alto oficial de la Fuerza Aérea, que afirmaba que los viajes a la luna se habían suspendido por las amenazas telepáticas, que los astronautas americanos habían recibido de los alienígenas. Que de manera invisible a nuestros sentidos vivían en aquel satélite. En otras ocasiones nos contaba cómo un ruso de apellido Notovitch había escrito un libro sobre su viaje al monasterio de HIMIS en el Tibet y su descubrimiento de que Jesús había estudiado allí en el período comprendido entre los doce hasta los treinta años.
En cambio el rechoncho, feliz y melenudo cocinero hablaba sobre unos cursos especializados en lenguas extranjeras, que utilizaban los de la NASA como método de aprendizaje, llamado la himnopedia o aprendizaje a través del sueño. Al tipo, estudiante en cuestión, antes de dormir, le colocaban unos audífonos y le hacían escuchar un casete reprogramable, que duraba todas las ocho horas del sueño para que el nuevo conocimiento se le quede grabado en el subconsciente.
Una noche en especial, todos los locos internos se arremolinaron en un cuarto, cuya ventana daba a una colina negra por la noche, y supuestamente, todos fueron testigos del aterrizaje y desembarco de unas luces que provenían de otra galaxia. Aquello fue para Pulido sumergirse en una divertida histeria colectiva y el asunto le hacía una gracia purificadora, aquellas carcajadas lo reconciliaban con él mismo y lo acercaban más a la cordura, Pulido volvía a sentirse vivo después de llorar a lágrima viva de la risa.
Ya para el segundo día de terapia le dijeron a Pulido que se cambiara de pantalón y que si no tenía otro que lo lavara en la terraza porque el que cargaba ya caminaba solo.  Pulido comprendió el mensaje. El loco era él y tenía que obedecer en todo el asunto referente a la limpieza. Había que cambiarse de medias, lavarse los dientes, ponerse desodorante, bañarse bien y peinarse bien. En definitiva había que lucir bien y no oler mal. Pero había algunos internos que por su aspecto eran de preocupación y cuidado. Parecían viejos vagabundos recogidos de la calle. Los había los que la ropa ya le salía moho. En una ocasión llegó un interno con una hediondez en la boca que simplemente era inaguantable dormir en el mismo cuarto que ese sujeto, el hedor te ahogaba. Pronto todos dejaban escapar su mente y pensar en cosas como el sexo, la bohemia y la caminata alcohólica o drogada por las calles, con hambre y rebuscando por ahí a ver qué se hace. El daño psicológico era general y todos caminaban de un lado a otro con los ojos desenfocados y tristes, a veces en silencio, otras veces dejándose llevar por tics nerviosos y moviendo locamente la cabeza, otros aullando como perros alunados por las ventanas.

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