jueves, 4 de octubre de 2012

The piano man y una familia venida a menos (capítulo 2, parte 9)



Los rumores – seguramente iniciados por P2 Inteligencia Naval-, de que algo andaba mal con el chofer de ECUAREDES pronto llegó a los oídos del ingeniero Faike y éste por sí mismo decidió comprobar de qué se trataba todo el asunto, así que se embarcó en un viaje que Pulido tenía que hacer desde la compañía hasta el Campus de la Politécnica en LOS CEIBOS. El viaje fue espectacular. Pulido manejaba como si en el pasado hubiera sido el alumno predilecto de Steve Mac Queen.

¡Y en realidad lo había sido!

Cuando Pulido viajó a California de vacaciones, hubo un tiempo que trabajó de EXTRA en un estudio y conoció a Steve Mac Queen y éste le enseñó a manejar un vehículo en plena persecución y de retro a toda velocidad para evitar un secuestro.

El ingeniero Faike viajaba completamente asombrado al escuchar esta historia y con los pelos de punta y le causaba verdadero asombro tanto la cantidad, la profundidad como la velocidad de las cosas que hablaba Pulido en el camino. Historia, filosofía, psicología, literatura, noticias internacionales, vivencias personales, bromas con doble sentido. Esto animó al ingeniero Faike a soltar la lengua y le contaba un montón de vivencias a Pulido, como cuando el ingeniero Faike fue a un centro de masaje y fue atendido por una menor de edad completamente desnuda, y ambos se desternillaban de la risa en el camino, y los ingenieros y técnicos se miraban entre ellos y se quedaban completamente confundidos. Al final de cuentas, así era la vida para Pulido: una total risotada, pero también una desgracia tras otra. Pero la mala suerte no cejaba de apretarle las pelotas y con la misma persistencia del mal carácter de su mujer lo volvía a coger. Ahora se trataba del bloqueo económico. La compañía comenzó a quedarse sin negocios y esto causaba una tremenda presión en las cobranzas del ingeniero Faike. Volvieron los malos tratos y la violencia que era doble porque en la casa Pulido tenía que soportar el mal carácter de Penélope, su fanatismo y su intolerancia. Pulido llegó a comprender que se había casado con una psicópata. Para afuera, Penélope se mostraba con una dulzura, una comprensión y una amabilidad que dejaba boquiabiertas a las personas y sus amigos, pero dentro de la casa era una fiera indomable, de una estupidez y de una ignorancia poco más que vergonzosa e inaguantable. Desplegaba su carácter infernal como la bandera tricolor de un enemigo, pero cuando necesitaba un favor se mostraba débil y solícita. ¡Pobre Pulido! Con qué clase de mala gente se había unido y procreado dos hijos hasta el final. Estaba casado con una bestia inaguantable.

Pulido se consolaba disfrutando de la experiencia de ser padre y todas las mañanas que tenía que llevar de la mano al pequeño Danni Pulido recordaba un poema de la profesora Violeta Abad de Gallegos que decía así.



LA MAÑANA EN GUAYAQUIL


¡Qué linda está la mañana!,

fresquita con el rocío,

el cielo bien despejado,

el sol mirando de lado.

Con olor a pan caliente,

De alguna panadería.

La leche, ya está hervida

Y las galletas crujientes.

Los niños van a la escuela,

Los mayores al trabajo,

Hay movimientos alegres

Y tráfico comercial.

Los canillitas ofrecen,

Los diarios de la ciudad,

Se oye por todas partes:

¡El Universo y el Extraaa!



Tantos malos tratos lo llevaron a Pulido como perro apaleado a hacerse cliente asiduo de un bar, y todas las noches trataba de ahogar con whisky la amargura que le ocasionaba el ser tratado como un subnormal tanto en la compañía como en su casa. Luego llegaba en las madrugadas y en silencio se encerraba en el cuarto de baño para vomitar. Así transcurrieron los meses hasta que un día, ya harto de los malos tratos y de tener que caminar, porque el Susuki huevito se lo habían dado a un chofer evangelista, simplemente Pulido decidió que se iba. Escribió una hermosa carta de renuncia y se fue.

Otra vez Pulido se hallaba en la calle solo,desamparado, y todo parecía indicar que todas las puertas de las distribuidoras de computadores se le estaban cerrando. Pulido trató de volver a trabajar con el ingeniero Broizat, pero éste conservaba en lo más vivo de la memoria el hecho de que Pulido lo había abandonado. Para colmo el reemplazo que Pulido le había dejado había resultado de una inutilidad peligrosa porque el tipo había chocado un vehículo y se había largado dejando botado todo el problema.

Todas las noches Pulido se rompía el coco tratando de encontrar una solución a su situación y pensaba y repensaba a ver si se le había escapado alguna compañía donde no hubiera entregado su currículum vitae.

Luego se acordó de MERCOMETRO, se terminó su taza de café, se fumó su último cigarrillo y se fue más tranquilo a su cuarto a dormir.

Aquella mañana de 1988 lucía radiante y conmovedora, miles de pajaritos cantaban por todos lados anunciando la aurora. El sol todavía no hacía acto de presencia, pero el calor se hacía sentir por todos lados. Más que el calor era la humedad que de manera insoportable se metía por todos lados. La piel se ponía pegajosa. Entonces era cuando a Pulido se le venían ideas raras y ansiaba convertirse en Dios para que toda la Tierra se mantuviera a una temperatura templada y con música de fondo como cuando Pulido de niño era llevado por sus padres al restaurant del HOTEL PALACE a comer su especialidad, que consistía en una suculenta crema de espárragos.

Pulido se bañó, se vistió su miserable ropa compuesta por un blue jean, zapatos sin medias, y se fue a entrevistarse con el ingeniero Weber y tuvo que rogarle y rogarle a la secretaria para que le dé una cita. Cuando finalmente pudo hablar con el ingeniero Weber, éste lo contrató de mala gana y le advirtió que la empresa estaba pasando por un mal momento. La quiebra la tenía cogida a la compañía MERCOMETRO, como un cáncer a los intestinos lo tiene cogido a un anciano.

¡Bueno!, ¡por fin había conseguido un nuevo trabajo!

Cuando Pulido llegó a la villa romana de su barrio con la noticia del nuevo empleo, Penélope y Danni saltaban sobre la cama de la alegría. Ahora, nuevamente, había la posibilidad de comprar televisión pagada, ir los fines de semana a comer Sushi de pulpo al TOPI SUSHI o ir al cine MAYA, comprar ropa nueva, hamburguesas en la noche y los domingos viajar a Montañita.

Pulido entró a esta compañía de Courier a trabajar como digitador. Para Pulido que había empezado su vida laboral como un emprendedor hombre de negocios, que había degenerado en chofer y mensajero, y que era esencialmente un hombre de acción, le parecía insufrible el tener que trabajar más de ocho horas sentado como inválido delante de un computador cargándolo de información para formar una base de datos. Había pasado el tiempo y ahora el cerebro de Pulido podía retener en la memoria la forma como se ingresaba a un sistema sin el temor paralizante de dañar el sistema. Primero lo copiaba en una hoja de papel y luego se lo memorizaba a medias. ¡Y ojo!, nunca botaba el papel por si se presentaba un fallo en la memoria y tenía que recurrir a él. Así se pasaban los días de Pulido, concentrado delante de una pantalla, digita que digita, nombres, direcciones, códigos y luego los ingresaba a la base de datos. ¡Por Dios!, ¡qué existencia tan antiintelectual llevaba Pulido! Cuando el ingeniero Weber entró en el sistema de la compañía y revisó el trabajo de Pulido en los dos meses que llevaba laborando se quedó de una sola pieza horrorizado por la cantidad de fallas que había en aquella base de datos. La decisión que tuvo que tomar fue la de hacerlo trabajar como chofer. Ahora Pulido respiraba con alivio porque no lo iban a despedir, pero ya no se sentía tan seguro como chofer después de tantos percances. Así que manejaba con extrema precaución una camioneta Pick Up que tenía que llevar junto con un montón de gente en el balde para realizar la rutina del correo o la entrega de sobres, publicidad y avisos de fiestas por todos lados. Pulido a veces tenía que entrar a las discotecas de modas en los 90’s y le asombraba la cantidad de esculturas romanas con que decoraban las pistas de baile y los diminutos compartimentos donde las nuevas generaciones de farreros se encerraban a conversar, a divertirse y a alcoholizarse.

¡Las fiestas y las farras!

A Pulido le parecía algo lejano e increíble que todavía existieran ese tipo de actividades. A él ya no le quedaba físico para aguantar una farra hasta la madrugada como en su juventud. Su juventud comprendida entre los catorce años y los veinte y tres se le había escurrido por entre los dedos como la arena y el agua del mar.

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