martes, 16 de octubre de 2012

The piano man y una familia venida a menos (capítulo 2, parte 10)


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Todos los días Pulido tenía que embarcarse en la 54 bajarse en el monumento a Eloy Alfaro y coger la ALBORUTA para de nuevo coger la camioneta de MERCOMETRO y manejarla para ir al HOTEL HILTON o hasta la compañía EXPALSA. Cuando Pulido entraba al HILTON era testigo de un nivel de vida elevadísimo, gente linda y exclusiva que se alimentaba con frugalidad, pero rodeados de un lujo exquisito, como los protagonistas retratados en las novelas de Edith Warthon o Francis Scott Fitzgerald.

Cuando tenía que viajar a EXPALSA, para Pulido el recorrido era una distracción ya que se regocijaba con la belleza de los paisajes, la luz solar que se reflejaba en el desierto, el olor a preservante que le ponían a los camarones era insufrible, pero la vista del mar lo transportaba a su pasado ya remoto cuando sólo vivía para deslizarse sobre las olas y viajar hasta Canoa, Montañita, LA FAE o quedarse varado durante tres meses hasta ponerse cucú en San Mateo.

Al llegar a EXPALSA, Pulido se parqueaba, se fumaba un cigarrillo delante de todo el mundo, dejando a todos boquiabieros y locos, y esperaba a la secretaria a que ingrese a las oficinas, cobre los cheques y regrese y volver a pasar por todo el recorrido. Algunas veces la chica le decía a Pulido:



- ¿Qué es lo que huele?, ¡huele como leña quemada!


Y Pulido, impasible, le respondía:

 
- A de ser que le falta aceite a la camioneta, cuando le falta aceite comienza a salir humo del tubo de escape.

Otras veces Pulido se encontraba de frente con la buena suerte y cuando iba al HILTON COLON, se encontraba con algún ex compañero de la facultad de Filosofía, que ahora se había convertido en un prominente asesor de empresas, y éste lo invitaba a cenar, a desayunar o lo que era más normal: un almuerzo. Entonces Pulido se daba cuenta de cuánto había perdido al no sacar el título profesional. Sus amigos siempre le repetían la dolorosa pregunta:

- ¿Pero qué te pasó?, ¿por qué dejaste de estudiar?, ¿a qué te dedicas ahora?

Pulido a veces se tenía que tragar las lágrimas de desesperación y vergüenza pues no sabía qué contestar. Afuera el clima se asemejaba al diluvio universal. El invierno había llegado y del cielo se desprendía el llanto de Dios por toda la desgracia que tenían que pasar los desamparados de la Tierra.

Entonces empezaron los problemas para Pulido. Un día que viajaba a EXPALSA se encontró con que delante de él había que vadear un gigantesco charco y lo hizo lo más lentamente que pudo, pero de todas formas no pudo evitar que la base del carro chocara con una enorme piedra y que se perforara el tanque del aceite. Cuando regresó de EXPALSA se metió en la gasolinera de siempre para que le llenen el tanque y llenar un cupón con pequeños stickers para ver si salía sorteado a un viaje a Hawai. En aquellos días finales de los años 90’s, ya se empezaba a sentir la fiebre por huir del Ecuador. La pobreza lo rodeaba a Pulido por todas partes, y pronto se le metió en la cabeza a Pulido la idea depresiva del suicidio. Todo le deprimía: la mendicidad de la gente en las calles, los niños mocosos, sin zapatos que andaban por ahí mendigando un pedazo de pan. Cada vez más, Pulido tenía que sacar fuerzas de donde no había para continuar en ese trabajo.

El ingeniero Weber, al enterarse del daño ocasionado por Pulido al tanque de aceite de la camioneta, se molestó mucho con él y dejó de pagarle su sueldo. Desde ese momento Pulido empezó a trabajar gratis para una compañía que cada vez más se hundía en la quiebra y la liquidación.

Cansado el ingeniero Weber de no saber dónde colocar al inútil de Pulido, lo puso como repartidor de correo a pie, y el remedio fue peor que la enfermedad, porque Pulido de tanto caminar se escaldaba feamente entre las piernas y cuando llegaba de noche a su casa tenía que curarse dolorosamente las llagas con alcohol, y le era dificilísimo encontrar las direcciones o las personas que tenían que firmar el recibido. Así trabajó durante un tiempo hasta que le pidió al ingeniero Weber que lo volviera a colocar como chofer, porque su físico no le daba para seguir caminando. Entonces el ingeniero Weber lo puso como chofer de su esposa, que estaba embarazada, y Pulido tenía que llevarla de la casa a la Clínica, y quedarse ahí sentado, leyendo periódicos, esperando hasta que la señora termine de ser revisada por el médico. Muchas veces Pulido pensaba en quitarse la vida, pero cómo lo podría hacer. Era demasiado cobarde para cortarse las venas o tomarse un veneno. La manera ideal era pegándose un tiro en la cabeza para que no haya vuelta atrás, pero de dónde sacaría el arma. Esta frenética manera de pensar se volvió una obsesión triste y oscura cada vez que Pulido presenciaba el penoso espectáculo de un mendigo casi niño, cuya piel, de color amarilla, se dejaba reposar sentado sobre unas hojas de papel periódico.

Así continuó Pulido trabajando hasta cuando la compañía le adeudó un millón de sucres por concepto de mensualidades. Desde que comenzaron a rondarle por la cabeza a Pulido las ideas de auto eliminarse, le habló a su padre de aquel preocupante asunto, y el padre de Pulido le dijo que se fuera a una casa de reposo en Cuenca, que era administrada por un familiar. Un día ya totalmente decidido a internarse se fue con su tío Ray a Cuenca. Atrás tuvieron que quedarse su santa madre, su esposa, sus dos hijos y su padre.





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