lunes, 1 de octubre de 2012

The piano man y una familia venida a menos (capítulo 2, parte 8)



Al final otro miembro del staff de managers que gerenciaban la compañía le dijo que había que reducir personal y que él quedaba fuera. Antes de irse, Pulido tenía que hacer unas últimas diligencias, y se tomó su tiempo para almorzar en Pizza Hut. La pizza estaba deliciosa, pero con cuanta amargura se la comía Pulido, con cuanta desesperación saboreaba aquel pedazo de masa con los sorbos de Coca cola. ¡Despedido!

¡Todo el tiempo despedido!

De pronto se puso a recordar todas las vivencias que pasó en la compañía del ingeniero Coutard, y las travesuras también, como cuando empapelaba el baño con posters pornográficos sacados del diario EXTRA. Labor inútil, porque cada cierto tiempo, alguien entraba a cagar o mear y los sacaba todos. O aquella vez en que estaba manejando el Susuki huevito y tenía que llevar a una vendedora a visitar un cliente y todo el camino no paró de hablarle de filosofía, de historia, de religión, y de toda clase de locuras más, hasta provocarle a la vendedora una sensación muy sartriana de náusea intelectual. Mientras todo esto sucedía la compañera de trabajo hablaba por celular con otra amiga de la compañía que le preguntaba cómo era viajar con el loco de Pulido y ésta respondía:

- ¡UYYYY!, ¡ahora te cuento!

O estaba aquella vez en que se fue con un técnico flaco, desgarbado y adicto al cigarrillo, a instalar una computadora ultramoderna a la casa de un cliente que vivía en unos condominios, y tampoco paró de hablar, simplemente era como si los nervios le hubieran provocado una diarrea en la lengua, y había puesto nervioso al dueño de la casa y el técnico no sabía lo que le pasaba al chofer, y se puso a comer mierda porque Pulido trataba con demasiada familiaridad al dueño de la casa, y se ponía a preguntarle cosas filosóficas. Y cuando finalmente armaron la computadora y salieron de la casa, el técnico, completamente furibundo, le dijo a Joey que lo iba a reportar porque hablaba demasiado y estaba loco de remate. O estaba esa vez que manejaba la camioneta por los arrabales de Salinas y se fue en sentido contrario hasta casi atropellar a una viejita que se salvó por los pelos. O esa otra vez cuando después de hacer una diligencia embarcó a una profesora de secundaria en el carro y la llevó hasta su casa en Santa Elena y el carro regresó a la compañía completamente envuelto en lodo. Y el ingeniero Coutard le decía:

- ¡Qué!, ¡vienes ruleteando!

Cuando Pulido salió de la compañía a realizar un mandado y vio al ingeniero Coutard lavando con asco e incredulidad todo el lodo de la camioneta, a Pulido se le soltó una carcajada demencial y se reía y se reía sin parar, de tal suerte que al verlo el ingeniero Coutard, también se le contagió la risa y terminó de lavar la camioneta agarrándose a un poste para poder reírse mejor y seguir lavando la camioneta.

También estaba esa vez en que trepó al Susuki huevito a una madre de familia del colegio Rubira y se la llevó a Punta Carnero y la convenció de que le practicara sexo oral mientras admiraban el hermoso paisaje de la puesta del sol. También estaba la vez que embarcó a una mujer y se la llevó a Montañita y tuvieron sexo desenfrenado en medio de la playa.

Y Joey, en medio de su desesperación, no podía dejar de reír mientras saboreaba las lágrimas de dolor y ansiedad. Y de esa manera se terminó de comer su porción de pizza en el Hut. Pasaría mucho tiempo después para que volviera a entrar a aquel restaurant ítaloamericano, y con el objetivo de comprar una pizza gigante para celebrar el cumpleaños de su hijo Danni junto con sus compañeritos del colegio. Pero eso era otra historia.

Pulido llegó a su hogar totalmente desecho. Dejó de saltar cuerda en las mañanas y se dedicó a acostarse en una hamaca que estaba colgada en el patio. Estaba harto de tanta inestabilidad laboral y sus desastrosas repercusiones económicas. De todas formas volvió a la carga y esta vez consiguió trabajo en Dent Wizard como conserje. El dueño, el ingeniero Broizat, era un hombre extremadamente meticuloso con el protocolo y lo trató de maravilla a Pulido. Lo mandaba a realizar depósitos bancarios al mismo centro comercial donde antes Joey había trabajado en Casa Maspons y eso era todo lo que hacía. Pulido se pasaba el tiempo escribiendo en la computadora sus análisis políticos y era el hombre más feliz del mundo aunque el sueldo no era gran cosa.

Un día le llegó la sorpresa de que tenía que salir al centro a repartir hojas volantes. La misión consistía en pararse en una esquina super atiborrada de gente en Salinas, y repartir las hojas volantes, cuando los carros se detenían por el semáforo. De entrada la idea le causó vergüenza a Pulido ya que Salinas no era una civilización tan democrática e igualitaria donde se pudiera ver bien ese tipo de actividades.

Pero no movió ningún músculo de la cara e hizo lo que le mandaron a hacer sin chistar. Una ocasión en que se encontraba en una gasolinera repartiendo hojas volantes a los conductores que llegaban a llenar el depósito de su vehículo, Pulido recibió la visita de su viejo amigo Jeffrey y éste le dijo:

- ¡Oye men, deja toda esa huevada, y vámonos a San Mateo con unas peladas que ahorita me están esperando!

Pulido se sentía morir. Con cuántas ganas hubiera dejado todas esas volantes y se hubiera ido a la alucinante playa de San Mateo, pero su responsabilidad como padre no le permitían declararse loco con ese trabajo, quedar mal, y largarse con rumbo a la diversión. Después de ese incidente y cuando ya Pulido iba con rumbo a la oficina celebró aquella muestra de lealtad y responsabilidad fumándose otro cigarrillo detrás de un viejo carro volkswagen convertido en chatarra.

De pronto tanta tranquilidad lo empezó a inquietar a Pulido. Él extrañaba la vida agitada que llevaba en las compañías anteriores, donde manejaba su Susuki huevito, cobraba facturas, transportaba dólares, y donde posiblemente tuviera tiempo para estudiar electrónica. Así que recordó, que antes de entrar a conversar con el ingeniero Broizat, había hablado de un posible trabajo con el ingeniero Faike, que era el jefe de cobranzas y contratación de otra distribuidora de computadores y asimismo vendedora de software.

Cuando el ingeniero Faike le dijo que venga a trabajar, Pulido torpemente no lo pensó con más calma y lo dejó al ingeniero Broizat, que le pedía: que por lo menos le dejase a un buen reemplazo. Pulido le dejó como reemplazo, al ingeniero Broizat, un hermano de la recepcionista de la compañía del ingeniero Faike, y se fue a trabajar otra vez como chofer cobrador para ECUAREDES. Aquí también le dieron un Susuki huevito para que lo maneje y Pulido de inmediato se matriculó en una escuela de formación práctica para que lo entrenen y especialicen en armar, darles mantenimiento y desarmar computadores.

El problema de Pulido era que se conocía demasiado bien el manejo de esos Susuki huevito y los manejaba a demasiada velocidad. Pulido se confiaba demasiado de su destreza y siempre los rozaba o los magullaba en alguna parte.

En esta nueva compañía tenían por costumbre estacionar el Susuki en un edificio céntrico especializado en parqueos de vehículos y siempre le propinaba una sesión de terror al ingeniero Faike, cada vez que lo llevaba adelante mientras subían por los corredores de aquel edificio. Pulido manejaba tan rápido y subía por la pendiente en espiral con tanta destreza, que el ingeniero temía, que en cualquier momento, se fueran a dar duro contra la pared o uno de los postes. Sólo entonces, cuando Pulido advertía el miedo de su copiloto, bajaba la velocidad. A veces Pulido tenía que transportar a unos técnicos al Ingenio Azucarero Valdez, y llevarlos para que den mantenimiento y asesoramiento de software. Pulido verdaderamente VOLABA en esa carretera de Salinas a Milagro y esos técnicos iban muditos de terror por la velocidad vertiginosa con que eran transportados. Esos técnicos fueron sus verdaderas víctimas, porque a Pulido también le tocaba transportarlos a ELECTROQUIL, y le daba por pisar fuerte el acelerador y alcanzar velocidades de hasta 180 kilómetros por hora, lo que para ese Susuki huevito era una velocidad bestial. También los torturaba a los técnicos cuando tenía que llevarlos a una compañía que quedaba por el quinto Guayas porque Pulido pisaba el acelerador sin piedad hasta alcanzar los 200 kilómetros por hora y hacerlos llegar en un instante. Pulido se sentía Han Solo viajando en el Halcón Milenario a la velocidad de la luz.

Y nunca dejaba de hablar. ¡Y cómo hablaba!

Sus palabras y razonamientos mareaban a los pobres técnicos, cuyas luces intelectuales, podían ser suficientes y extensas en asuntos de hardware y software, pero que en cuestiones de filosofía, economía y política, eran poco menos que nulas. Al final de cuentas, todos en la compañía llegaron a la conclusión, que trabajar con Pulido era una experiencia mentalmente agotadora y extenuante. Al hablar, Pulido no sólo descargaba su profundo intelecto sino que también botaba su estrés, pero lo descargaba en unas personas que no debían experimentar ningún tipo de perturbaciones para el correcto desenvolvimiento de sus funciones. Este insistente choque o entrechoque de entelequias afectaba a los técnicos, pero también los divertía, y una ingenierita en especial, se reía a carcajadas, al escuchar todas las ocurrencias y disquisiciones filosóficas de Pulido sobre William James.

Pulido una vez fuera de ECUAREDES no la volvería a ver hasta cuando trabajó como guardia de seguridad en el Puerto.

En una ocasión le dio por empezar a pasarse todas las rojas y las amarillas y un vigilante de tránsito lo detuvo y le quitó la licencia, porque un maldito soplón, que tenía una radio conectada en la misma frecuencia que el vigilante, le dijo que Pulido se había pasado la roja.

Todas las tardes, a la hora del almuerzo, Pulido se iba a almorzar a un restaurant donde ECUAREDES tenía un crédito en el menú para sus trabajadores. Pulido comía como cerdo aquellas viandas de pescado con arroz y papas, aquellos batidos y jugos de fruta, aquellas entradas compuestas por sopas de verduras, acompañadas de sus gelatinas frías y sus cremosos flanes.

Pulido empezó a engordar y por las mañanas al verse en el espejo para rasurarse, se percataba de su aspecto rechoncho como el de un cerdito, y se sentía el hombre más miserable de la tierra. Nada resultaba como él quería. ¿Por qué Dios le había dado tanta inteligencia y profundidad intelectual sin los medios para utilizarlos para ganarse la vida?

En el curso en que se había matriculado para aprender a armar, dar mantenimiento y desarmar computadores, tampoco le iba mejor. El instructor, en un principio, dejó bien claro, que se trataría de un curso PRACTICO, y a la hora de la hora, le daban una teoría tan especializada en lo más recóndito de la lógica digital con sus cuestiones exadecimales, que Pulido tuvo que rendirse y abandonarlo todo, perdiendo así el dinero que ya había pagado.

En una ocasión fue testigo de una fiesta entre los alumnos y le maravilló, y asombró al mismo tiempo, cómo había evolucionado tanto el ritmo en el baile entre la juventud. Ya los bailes no eran en parejas abrazadas, en un dulce claroscuro, boleros que se bailaban apretaditos y de manera romántica. Ahora todo consistía en realizar unos movimientos convulsos donde parecía que los ejecutantes se iban a descaderar. También asistió a un partido de fútbol y disfrutó de momentos relajantes al aire libre y se entretuvo con el espectáculo deportivo. Pero todo en su interior estaba lleno de ansiedad. Bullía dentro de él el inconformismo y la rebeldía. ¿Qué era lo que quería? Quería que Dios se le presentara y le dijera que Él existía en verdad, que la vida no era una broma cruel, que todos al morir no terminarían en un agujero para podrirse, quería en definitiva un imposible, algo tan espectacular como imposible.

No hay comentarios: