domingo, 28 de octubre de 2012

The irish people o desesperados (capítulo 3, parte 1)


No duermas demasiado.

Tu palo de cavar cayó al agua y tu cesta también.

¡Despierta!

Es casi la bajamar.

Llegarás tarde a la playa.

Poema Kwakiutl, de Columbia Británica





CUANDO REGRESO A CASA



Cuando regreso a mi hogar:

Veo casas destartaladas

Gatos en las esquinas

Basura en las calles

Hombres ahorcados en sus propias corbatas

Perros volando como pájaros

Árboles filosofando con fantasmas

Muertos creyéndose arcángeles

Moscas engendrando cucarachas

Hombres sobreviviendo.

Cuando regreso a mi hogar:

La nostalgia se desvela

Los recuerdos fluyen

Y el abrazo de mi difunto padre

Que animoso me pregunta:

¿Cómo estás hijo de mi esperanza?


Augusto Rodríguez





Vamos,

Voy a irme

Te ruego

Déjame ir

volveré

No llores por mí

Mira,

Estaremos muy contentos

Al encontrarnos

Cuando yo vuelva

No llores por mí

Poema de la tribu Ojibwa




El viaje a Cuenca fue hermoso. Antes el tío tuvo que ir al sur a recoger unos colchones y unos muebles. Y pronto enrumbaron a la Atenas del Ecuador.

Los sentidos de Pulido no habían experimentado un gozo semejante desde hacía mucho tiempo. El paisaje se parecía al del camino hacia Ambato, pero el de Cuenca era más selvático, más misterioso. El tío Ray se detuvo un instante en el camino para comprar fritada. Un gigantesco chancho lucía colgado de un gancho y el nativo, con un cuchillo en la mano, lo iba cortando para servir los humeantes trozos de fritada en un plato rodeado de mote, papa cocida y salsa de cebolla. Pulido comió chancho, luego repitió, hasta hartarse y chuparse los dedos. Cuando llegaron era de noche y Pulido pudo ver de manera velada la fachada de este edificio de tres pisos, donde iba a vivir por espacio de tres meses que se convirtieron en un año.

Llegaron justo para asistir a la sesión de terapia nocturna y cuando Pulido tuvo la oportunidad de tomar la palabra se expresó de manera orgullosa y tonta, aunque reconoció de inmediato, ante todos, que estaba ahí porque tenía un problema con sus nervios y se quería eliminar y que su cabeza giraba en torno a esta idea de manera obsesiva.

Ni bien llegó lo subieron al segundo piso, le dijeron que se saque la camisa y que pose para retratarlo fotográficamente para capturar la imagen con que llegaba y luego de los tres meses compararla con la imagen de salida. Pulido lucía como un cerdo, todo barrigón, con un blue jean que no se ajustaba bien a su cuerpo, parecía un payaso, unos zapatos de caucho usados sin medias y que cuando Pulido se los sacaba apestaban a pezuña podrida.

Cuando Pulido aceptó la oferta de su padre de recluirse en una casa de reposo para personas con problemas de depresión, trastornos de conducta, drogas y alcohol; debió haber comprendido que tenía que volver a comenzar desde cero y olvidarse de todo lo que dejaba atrás: familia, la lucha por la supervivencia, todo. Esto fue difícil, tremendamente difícil para Pulido de aceptar, y él neciamente, seguía llamando por teléfono a un ingeniero, para ver si había alguna posibilidad de trabajo. Cuando se rindió, se dio cuenta que su vida jamás volvería a ser de la misma forma como la había estado llevando. Otra cosa que Pulido tuvo que aprender dolorosamente era que, en el clima frío de Cuenca, no podría llevar el mismo ritmo de consumo de cigarrillos y masturbación, porque de inmediato apareció la gripe y la infección en la garganta. Ahora Pulido no sólo tenía que soportar el clima templado de Cuenca sino los escalofríos internos propios de una enfermedad. El tío lo ubicó en la planta baja, en un dormitorio junto al celador de la Clínica. Y éste quería poner a trabajar a Pulido de vigilante, pero el estado mental de Pulido era inútil. El frío, la fiebre, los escalofríos, las orinadas temblorosas en las madrugadas y la cama con aquella curvatura en el centro como ataúd, todo conspiraba para que Pulido sólo quisiera dejarse estar, vivir como un vegetal, sin tener que pensar. Esta inutilidad del sobrino del jefe, le causaba verdadera furia a Iván, el celador de la Clínica, y se quejaba con Ray constantemente, pidiendo que se lo llevasen a Pulido arriba, al segundo piso, con los otros internos.

Pronto Pulido tuvo que renunciar a la televisión, los juegos electrónicos, el contacto con la gente que llegaba del exterior, para vivir una vida llena de restricciones y siempre bajo el ojo vigilante de los compañeros de cuarto.

Por las noches el frío era casi insoportable, a pesar de que la llegada de Pulido a Cuenca, coincidía con el deshielo. Y cuando el celador Iván daba la orden de apagar las luces, guardar silencio y dormir, el fallo era inapelable. Entonces Pulido recordaba un poema de Rodolfo Salazar Ledesma que decía así:



Todos deben dormir.

Yo

Con el sudor en mi frente

En un final de siglo empobrecido

Con seres indiferentes

Y el cuestionamiento de la iglesia

Bajo la sombra del norte

En un mundo de guerras

Siento

Que el sueño se va

En un círculo de miseria en forma de

Planeta dando vueltas,

El amor también y unidos a él,

El odio

Y sus defensores,

Sin embargo, ahora

Y a la falta absoluta de sueño,

Despierto

Todos deben dormir

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