miércoles, 26 de septiembre de 2012

The piano man y una familia venida a menos (capítulo 2, parte 7)



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Una madrugada Pulido fue despertado por una llamada telefónica urgente. Se trataba de las amigas de Penélope, que le avisaban que ella ya estaba sintiendo las contracciones de parto y que en ese momento la llevaban al hospital. Así que de inmediato Pulido se vistió y se trepó en un taxi con destino a Montañita para estar junto a su esposa. Al menos estaba agradecido de que lo hayan llamado para avisarle.

La noche en Salinas era oscura, el cielo preñado de estrellas, Salinas estaba llena de gente que se divertía como los judíos que ya no esperaban el retorno de Moisés. Todos adoraban a la diosa de la diversión, la farra, la farándula, las bebidas, la música. Todas aquellas personas vivían su vida completamente ignorantes de los sufrimientos y desgracias de Joey Pulido. Mientras tanto Pulido iba sufriendo en el taxi y se maldecía a sí mismo por haberse olvidado del asunto del embarazo y no haber calculado mejor el tiempo para estar más cerca de Penélope. El camino en la carretera se le hacía infinito, eterno. Cuando finalmente llegó, ya Penélope había sido internada, pero todavía no la operaban. A ella ya se le había roto la fuente y tenían que sacar a Joey, jr de manera inmediata. Pero la persona encargada sólo atinaba a decir que era prematuro, que era prematuro, y que había que mandarla a otro hospital.

Joey, jr estuvo cuatro horas sin líquido amniótico y cuando finalmente lo sacaron salió moradito y se temía por su vida o por algún daño cerebral. Había nacido con asfixia neonatal. En sus nalgas habían quedado unas marcas moradas por el esfuerzo que habían hecho para sacarlo y pronto se lo llevaron en una ambulancia dentro de una incubadora a otro hospital donde lo podrían controlar mejor.

Penélope se hallaba acostada semidormida y por los efectos de la anestesia, cuando se despertó, sintió una especie de asfixia que la asustó mucho. Un agarrotamiento en la garganta que no la dejaba respirar. Durante el parto, Pulido estaba junto a Danni y se fueron, ignorantes de todo el drama que sucedía, a tomar unos helados a la heladería Pingüino. Por fortuna Joey, junior salió ileso de este percance. Joey contemplaba agradecido y esperanzado, al sacerdote católico del hospital cuando le echaba agua bendita en la cabecita al nuevo miembro de la familia Pulido, para evitar el daño cerebral que pudo haber ocasionado la asfixia neonatal. Pero no sólo estaba el problema de la asfixia neonatal. También estuvo el asunto de la incompatibilidad sanguínea del pequeño y moradito Joey. El padre de Pulido tuvo que comprar sangre tipo A positivo y hacer que se la metan al pequeño para que viva. La sangre de Joey, junior era incompatible con la sangre de la madre que era O positivo. Todo el mundo pensaba que ese niño se iba a morir. Si no respondía a esa transfusión los doctores tenían que sacarle al niño toda la sangre y ponerle sangre de tipo O RH positivo con el riesgo de que algo salga mal, que se debilite mucho la criatura y se muera. Después de la transfusión se lo colocó al niño debajo de unas lámparas especiales para que se normalice y se estabilicen los niveles de bilirrubina y su situación quede fuera de peligro. Si la bilirrubina no cedía y se subían los niveles, el niño podía quedar lisiado con una tara mental.

Estas lámparas le quemaron la piel un poco, pero el niño sobrevivió sin daño aparente.

Su hermano Danni estaba feliz porque él mismo había pedido un hermanito. Aunque todo ese tiempo que el padre y la madre estuvieron en el hospital lo dejaron solo y se sintió triste. Pulido y Penélope se sentaban en los banquitos de madera, afuera del hospital, haciéndole guardia al niño recién nacido y juntos le entregaron a Dios la vida de su pequeño en un ritual sagrado. Joey le decía a Penélope:



- Ya no podemos hacer nada más. Lo único que podemos hacer es entregarlo a Dios.



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Afuera corría un viento endemoniado. Las pequeñas luces de las estrellas se reflejaban en el mar junto al gran resplandor nocturno de la luna que de repente había aparecido.

Ahora Pulido ya tenía dos hijos, pero no tenía una familia ni futuro. Sus padres iban envejeciendo poco a poco y algún día ya no podrían ser de ayuda económica a su amado hijo. Definitivamente los Pulido eran una familia muy unida, demasiado unida. Joey, a diferencia de Penélope, sí se había criado con una familia, mientras que Penélope nunca había conocido la sensación de pertenecer a una familia normal. Ese sentimiento inexistente, ese vacío emocional que le producía el no tener familia, era lo que la impulsaba a ir errante por ahí, mientras arrastraba al pobre Danni en sus aventuras religiosas.



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Los días de fiesta de Pulido en la compañía del ingeniero Coutard pronto llegarían a su fin. Joey comenzó a sentirse perseguido y vigilado. La computadora principal del ingeniero Coutard siempre estaba fallando y Pulido sospechaba que esa era una obra de P2, Inteligencia Naval. Pulido se sentía desfallecer y comenzaba a cometer errores. En una ocasión mientras iba conduciendo el Susuki huevito junto al ingeniero Coutard, pudo ver claramente un tremendo hueco de alcantarilla, que había más adelante y de todas maneras calculó mal y se metió en aquel hueco y la llanta se quedó aprisionada. Entonces al ingeniero Coutard se le quedó grabada en la cabeza la idea fija de que Pulido no era chofer. Luego cometió otro error por manejar el Susuki huevito a demasiada velocidad y por pasar entre dos vehículos muy rápido, calculó mal y se fue rayando la puerta con un colectivo gigante. Simplemente Pulido no podía trabajar así, con aquella sensación de ser vigilado y perseguido para conseguir su deportación. En una ocasión fueron a entregar un equipo de computadores a la marina mercante y los guardias querían examinar los bultos y el técnico les dijo que eran simples computadores y uno de los oficiales de la marina se le acercó a Pulido y con cara trastornada por la demencia le dijo:

- ¡Queremos VEEEERRRR lo que hay adentro!


 
Todo esto lo afectaba a Pulido, cuya sensibilidad estaba seriamente exacerbada.

En las noches se le dificultaba dormir. Al menos había convencido a Penélope de que regrese al hogar para que su madre le ayude con las tarea de cuidar al pequeño Joey, junior.

Por las madrugadas se despertaba el pequeñín, llorando por su teta y Penélope lo amamantaba con todo el amor del mundo. Otras veces se levantaba en la madrugada por sufrir crisis de estreñimiento y había que correr al ECONOMARKET para comprar papayas o granadillas y hacerle tetas con esas frutas para que se le suavice el intestino y pueda evacuar.

Finalmente la crisis económica llegó a la compañía del ingeniero Coutard con una velocidad mucho más aguda que en la compañía del ingeniero Raen. Todo estaba patas arriba y hasta la estabilidad laboral en la gerencia del mismo ingeniero Coutard estaba siendo debatida por el resto de managers de la compañía. Pulido estaba desesperado. Un día tuvo un feo enfrentamiento con Eddie el malo de la película. Pulido estaba lavando el Susuki huevito y Eddie estaba apurado por usarlo y se trepó en el vehículo con unos papeles importantes. Pulido ya lo había lavado y en el balde quedaba un poco de agua y decidió de la manera más despreocupada y alegre echarle ese poquitín de agua al andar al vehículo que ya arrancaba. Pero Eddie hizo una mala maniobra, frenó de improviso, y unas gotas de agua entraron por la ventana y cayeron sobre los papeles. Como el carácter de este Eddie era explosivo, entró hecho una furia a la compañía e insultó a Pulido de una manera que prácticamente era una invitación a una pelea. Pulido comía mierda, pero él estaba muy por encima de este técnico bruto e ignorante como para repetir la misma escena de la compañía del ingeniero Raen y molerlo a golpes al estúpido de Eddie.



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