viernes, 21 de septiembre de 2012

The piano man y una familia venida a menos (capítulo 2, parte 6)





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Penélope mientras tanto hacía de su vida un verdadero himno a la libertad, la felicidad y la independencia. Con sus amigas viajaban en auto por todos lados, conocían las playas del sur de Manabí como Olón y Rio Chico, y por fin había conseguido realizar su sueño de vivir como una madre soltera.
En el trabajo todo le iba bien, todo iba viento en popa, y Danni crecía sin un molesto padre que le dijera lo que tenía que hacer, aunque siempre extrañaba a su cariñoso papá que le hacía morir de la risa cada vez que llegaba del trabajo, y preguntaba por él. Penélope no deseaba la compañía de Pulido porque ya no lo amaba. Tal vez nunca lo amó como la quiteña Mariana Carcelén y Larrea, esposa del malogrado Antonio José de Sucre.
Fielmente asistía Penélope a la estaca todos los domingos para celebrar la ceremonia espiritual de los mormones, y esperaba impaciente para salir al púlpito a dar su testimonio de fe de la iglesia verdadera con un espíritu auténtico. Hablaba con desprecio de las cosas materiales de este mundo corrupto, anhelaba el Apocalipsis y la segunda llegada de un Jesucristo salvador, y basaba sus razonamientos fanáticos en citas de la Biblia, del libro de mormón, del libro de Doctrina y Convenios y de La Perla del Gran Precio. Era el mismo ritual cerrado, ciego y sordo de los primeros cristianos en la época de Nerón, los evangelistas, adventistas, católicos y todas las religiones que basaban su fe en la verdad contundente de un libro-guía del espíritu.
Cuando terminaba la ceremonia principal, las mujeres mormonas, casadas, se reunían entre ellas y analizaban otros textos secundarios que les servían de guías para su comportamiento en el hogar.
¿Pero cuál era el hogar de Penélope?
Ella vivía la mayor parte del tiempo con la realidad otra de una familia escindida, una realidad otra de compartir su vida de madre soltera con sus amigas oficinistas como ella. Y de mala gana y con mucha tolerancia de su parte recibía la pensión que Pulido le pasaba, y que para conseguirla tenía que hacer un esfuerzo descomunal y salvaje. Pulido no era un proletario. Pulido era un pensador, un ideólogo, un intelectual de cafetín de altísima altura. Y eso tenía un valor especial que Penélope, simplemente, era incapaz de reconocer. Pero la mala suerte lo tenía cogido de las pelotas a Pulido. El pequeño Danni empezó a sufrir de fiebre reumática, y gracias al Dios de los mormones, una de las amigas de Penélope era doctora y le asesoraba a Penélope sobre la mejor manera de combatir esa maldita enfermedad que podía, incluso, afectar seriamente el corazoncito de Danni y dejarlo completamente frágil para toda la vida. El pobre Danni Pulido tenía que soportar, cada cierto tiempo, que le inyectaran un antibiótico especial, una dolorosísima inyección de un polvo blanco, que era aún más difícil de disolver que de inyectar. Pero Danni no sólo era un chico angelical, que amaba a su padre, sino también valiente y soportaba con verdadero estoicismo griego el insufrible dolor que una inyección de polvo ocasiona cuando es introducida en el glúteo y en el torrente sanguíneo. En esos momentos Pulido recordaba un poema de la tribu Ba-lengi, de Africa Central, que decía así:


¿Por qué lloras, mi niño?
El cielo brilla, el sol reluce,
¿Por qué lloras?
Ve a tu padre: él te quiere;
Ve a decirle por qué lloras.
¿Cómo? ¿Lloras todavía?
Tu padre te quiere y yo te acaricio,
Y tú sigues triste
¡Dime, pues, por qué lloras, mi niño!

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Mientras tanto Pulido también estaba feliz en su nuevo trabajo. Este era el trabajo ideal para él. Tenía que manejar aquel Susuki huevito todo el día, mientras escuchaba su música favorita, embarcarse en sesudos debates religiosos con el hermano evangelista y gozar con sus compañeros de trabajo todo el día, hasta llegar a la hora de la salida, regresar a su villa en el bus de la 54 y caer muerto de cansancio en la cama, levantarse para bañarse y volver a acostarse para dormir.
Cuando Pulido dormía, soñaba que estaba en un café en París, junto a su profesor Raymond Aron, Jean Francois Deniau y Jean Francois Revel, y que platicaban animadamente, entre sorbo y sorbo de caliente café, sobre el destino de Europa, de la civilización occidental y del mundo.  También soñaba que una mañana, cuando se encontraba saltando cuerda, tocaban el timbre de la casa y cuál su sorpresa se trataba de Penélope toda pipona y Danni, que regresaban al hogar, pero entonces, aparecía la nefasta sombra de los servicios de inteligencia militar de las mafias de la política ecuatoriana y los separaban para siempre. En esos instantes, se le cortaba la respiración a Pulido y se despertaba ahogándose de dolor e impotencia. ¡Cómo maldecía el momento, el segundo, el día y la hora en que había escrito su primer análisis político y cuando fue con sus propios pies a entregarlo a la dirección del diario EL GLOBO! Hasta recordaba el título fatal de su primer análisis: SUTIL TOTALITARISMO. ¡Qué desgracia! Pero ya todo eso estaba consumado, ahora le tocaba pagar por ese desequilibrio, tendría que pagar toda su miserable vida.
Para Pulido el Ecuador era una mala mezcla incompatible entre dos civilizaciones que sentían verdadera aversión entre sí. La civilización costeña sentía verdaderas náuseas por la serrana, y ellos le correspondían con un odio cordial y educadísimo. Los serranos sentían vergüenza y asco de tener que compartir su país con unos primates, mercachifles, ignorantes e insensibles, que eran huérfanos de tradiciones y de patria. Y los costeños insultados en lo más hondo de su orgullo por ser llamados monos sufrían mal la desgracia de tener que convivir ¡y lo peor!, el tener que ser gobernados por estos seres primitivos que se cobijaban con su odiosa bandera tricolor, y todo gracias a la decisión voluntariosa, miope e ignorante de un militar venezolano llamado Bolívar. Tal vez el único mérito que tenía este libertador era su promesa de no volverse a casar después de enviudar de su esposa Teresita.
Según el profesor Osvaldo Hurtado, hasta los ecuatorianos que vivían en Estados Unidos, si eran serranos, trataban de vivir lejos de los costeños. Así era de sencillo la aversión que sentían entre sí las dos razas, que hablaban el español de diferentes maneras y que entendían de diferente manera conceptos básicos como cultura, religión y democracia. La misma incompatibilidad la tenían en el concepto de civilización. La entendían de diferente manera: los serranos se sentían orgullosos por ser hijos de la madre patria España y los costeños, como hijos del mundo, se sentían enemigos de la contrarreforma y de la tradición centralista española.

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