miércoles, 12 de septiembre de 2012

The piano man y una familia venida a menos (capítulo 2, parte 5)




Un día que iba a cobrar una factura a una importante empresa su mirada se encontró con los ojos de una prostituta y después de un rato de convenir lo que ambos tenían y podían hacer, se fueron a la cama. Habían quedado en que ella le cobraría cinco dólares aparte de la cama, pero después del acto cuando Pulido le dio un billete de diez dólares ella no le dio el vuelto y le empezó a rogar que necesitaba el resto de los cinco dólares para pagar los pañales de su centenaria madrecita, que se había caído en las escaleras, golpeado en la cabeza y se hacía caca a cada rato. Que supuestamente se estaba muriendo y que pronto dejaría de existir. Esta chica era especialista en el sexo oral. Le cogía la picha a Pulido y con la lengua le acariciaba alrededor del meato, luego iba bajando hasta tragarse todo el pedazo de carne. Cuando la picha estaba bien dura le colocaba el apretado preservativo a Joey y se acostaba junto a él para que la monte. A Pulido no le gustaba tirar con preservativo. No sentía nada y todo el acto sexual se convertía en un ejercicio monótono, donde las carnes de los cuerpos se friccionaban hasta que Pulido terminaba con una breve y dolorosa crisis de placer. Aquellos momentos, después de consumado el acto sexual, eran horribles. Pulido se sentía miserable, sucio, enfermo. Nunca llegaba a comprender cómo siempre volvía por la misma prostituta y volvía a caer. A veces se consolaba pensando que ella también necesitaba el dinero para vivir, ¡su madre moribunda!, y que, él, Pulido, algún día se convertiría en el salvador de todas las prostitutas del mundo. Pero después de un rato le entraban serias dudas de todos esos nobles pensamientos y ya no los veía tan verdaderos ni prácticos. Y así transcurría la vida de Pulido: de tumbo en tumbo sin ninguna dirección ni destino. Era un viaje constante hacia un eterno no where.

Pronto se hizo gran amigo del contador de la compañía.
Héctor era un hombre justo y tenía que lidiar con el carácter explosivo del ingeniero Raen. Héctor era de piel morena, usaba lentes, siempre tenía una sonrisa en sus labios, su pelo era lacio y lucía una raya en medio, siempre estaba bien trajeado como todo contador, era lento pero claro al expresarse, su dentadura era perfecta así como su carácter siempre tranquilo y ecuánime.
Muchas veces, cuando el ingeniero lo llamaba para que le rindiera cuentas de algún rublo en la contabilidad, se producían escenas cómicas. Tito, el chofer afroecuatoriano de la compañía, era el designado para llamarlo, y ahí se quedaba unos minutos, porque Héctor no quería volver a pasar por la agotadora experiencia de explicar una y otra vez sus sesudos manejos contables al ingeniero Raen, que se empecinaba en su sorda terquedad. Entonces Tito, con una amplia sonrisa pintada en el rostro, le decía:

-       ¡Qué!, ¡le digo que no quiere ir!


Cuando finalmente Héctor se decidía a ir y enfrentar al ingeniero, hacía gestos con la cabeza de lo más graciosos: cada vez que respondía a alguna pregunta, desde lejos, embestía con la frente al ingeniero Raen, y éste al percatarse de aquel movimiento, le respondía de la misma forma cuando lo volvía a interrogar. Era lo que Tito y Pulido llamaban: el regreso del golpe.

Con Tito todo era una gozadera de los mil demonios. Pulido se embarcaba con el chofer afroecuatoriano y juntos se iban en el camión a cobrar. No tardaba mucho tiempo cuando Pulido sacaba de la billetera un cigarrillo y empezaban a fumar. Las primeras veces se perdían y lograban llegar a la compañía que tenían que cobrar de puro milagro. La filosofía de Pulido en el trabajo era que hagas lo que hagas siempre tenías que llegar a cumplir con lo que te pedían. En una ocasión Tito lo dejó a Pulido solo en el camión y se fue al aeropuerto que estaba al frente a realizar una diligencia y Joey empezó a beber cerveza. Cuando Tito regresó se dio cuenta que Pulido no estaba nada normal. Hablaba como arrastrando las palabras y se lo veía muy jocoso y extrovertido.
En una ocasión el ingeniero Raen invitó a todos sus empleados a comer a un restaurant flotante que estaba amarrado en el muelle del malecón. A Pulido esto le parecía excesivo. Suficiente era que se tuvieran que verse de lunes a viernes, como para también pasar juntos los sábados. La comida estuvo pésima, toda grasosa, parecía que hubiera estado guardada por mucho tiempo. El olor de la ría era insoportable en marea baja. Parecía que en aquel pequeño salón donde estaba reunida toda la empresa se hubiera concentrado todo el olor fétido de las miasmas y cloacas de toda Salinas.
En una ocasión el ingeniero Raen se compró una nueve milímetros y había cogido la costumbre de apuntar con el arma a todo aquel que se le acercaba. Incluso a Perlita la cajera. En ese momento Pulido se impacientó y le dijo con tono de reproche:

-       ¿Sabes lo que pasaría si se te sale un tiro y le pegas en el pecho a Perlita?, me verías como loco, embarrado de sangre por tratar de tapar el agujero que le hubieras provocado.

Aquellas descargas de realismo literario le fascinaban al ingeniero Raen y pronto lo traían de regreso a la cordura. Muchas veces le decía a Pulido que quería escribir un libro autobiográfico. Joey le preguntaba que si estaba seguro, porque en nuestro medio, incluso la literatura de ficción, era considerada como un material de confesión del subconsciente, algo autobiográfico. Y de esa manera, al pronunciar la palabra confesión, Pulido lo desanimaba lo suficiente como para que se le quite la idea de escribir. Pero aquello duraba sólo un instante. Aunque poco a poco le fue quedando en la mente del ingeniero Raen, la idea de que escribir era algo peligroso. Que la crítica y la censura podían mutilar y llenar de estigma la vida de una persona hasta llevarlo a la ruina.
Algunas veces Pulido tenía que viajar en el camión hasta la bodega de la compañía que quedaba por el aeropuerto y ayudar junto a los otros muchachos a descargar un contenedor repleto de monitores o UPCS. Era un trabajo fácil de realizar porque las piezas no pesaban mucho, pero al rato también era agotador y gratificante, porque todo el estrés y la ansiedad acumulada, que provoca la pobreza de trabajar como cobrador, eran disipados con el ejercicio físico.
En una ocasión el ingeniero Raen le regaló un hermoso reloj deportivo a Pulido y éste en un arranque de amor irlandés le propinó un sonoro beso en la mejilla.
Pero la mala suerte lo tenía cogido del cuello a Pulido. La mala suerte era la amante de Pulido. El ingeniero Raen era un adicto a la base y el cerdo mantecoso al saber su secreto le faltaba el respeto delante de toda la compañía y le decía:

-       Tienes el cerebro podrido de tanta droga. Sal de ese escritorio y déjame gerenciar la compañía a mí.

El ingeniero Raen tenía el mismo problema de Pulido: estaba casado con una mujer que no lo amaba. Para rematar la situación, el padre y sostenimiento moral del ingeniero Raen, enferma y muere de cáncer. Aquí comenzó la tragedia. El ingeniero se hundió en un abismo de consumo de droga y pronto ya no era el king de Miami, que armaba contenedores con la facilidad de un genio de las finanzas, y que entraba a los negocios de Miami pateando la puerta. En este punto Pulido tuvo que salir de la empresa porque el ingeniero Raen le puso como supervisora a una chica buena, pero que estaba en pañales en el asunto de las cobranzas de la compañía. Esto indignó a Pulido y prefirió irse.
El ingeniero Raen le decía con tono irónico:

-       ¡Qué, no quieres que te controlen!


Otra vez Pulido se encontraba chiro, desempleado y desesperado por encontrar un trabajo de cobrador y mensajero donde no lo insultaran y donde no lo multaran por las puras alverjas. Ya en los últimos días de crisis mental del ingeniero Raen, Pulido nada más llegaba a la compañía y era multado por el ingeniero Raen, porque éste había recibido una amarga llamada telefónica de su esposa, que de manera incomprensible le pedía que cerrara o que vendiera el negocio.

 Pulido nuevamente subía y bajaba la loma de su barrio, conversaba con los amigos y les pedía trabajo, pedía favores, apuntaba teléfonos y direcciones, fiaba en las tiendas, visitaba a la familia para pedir dinero prestado, llamaba por teléfono…un teléfono que siempre permanecía intervenido por P2 Inteligencia Naval.
Finalmente se armó de valor y confeccionó diez carpetas de curriculums vitae, y las empezó a repartir en todas las compañías donde había ido a cobrar. De las diez carpetas sólo reventó una en la compañía del ingeniero Coutard. Pulido había caminado durísimo en busca de ese trabajo y resultó el mejor que haya tenido en toda su vida. El ingeniero Coutard era un empresario joven que gerenciaba una distribuidora y asesora de informática blanda o software empresarial. Su actividad comercial era idéntica a la de la compañía del ingeniero Raen, más la adición del asesoramiento en programación o software a otras empresas.
Aquí, Pulido se desenvolvió en otro ambiente de trabajo. El managing de la compañía del ingeniero Coutard estaba compuesto por varios empresarios jóvenes, y el trato a los empleados era cordial, sin gritos ni insultos. Se respiraba un ambiente de camaradería con la sola excepción de un técnico llamado Eddie. Eddie siempre cargaba una nueve milímetros y tenía un carácter explosivo como el gordo mantecoso de la compañía del ingeniero Raen. Al parecer en toda compañía siempre hay algún cabrito tirado a malo que cree sabérselas todas.
El trabajo de Pulido era de servir como chofer y rodaba por toda la península de Santa Elena, manejando un Susuki huevito cargado hasta con treinta mil dólares de mercadería. También cobraba cheques en sucres y en dólares, transportaba a los técnicos que tenían por misión armar e instalar las computadoras, que iban a entregar a los clientes y se la pasaba requetebién conversando con un compañero de trabajo que era hermano fanático evangelista. Cuando iban a armar e instalar computadores a una empacadora de Olón, el hermano evangelista le preguntaba a Pulido:

-       ¿Por qué te pasas todo el tiempo escuchando esa música en inglés de DEPECHE MODE?, ¿qué es lo que entiendes de toda esa mierda?

Y luego se ponía a imitar los gritos y las letras en inglés del vocalista de DEPECHE MODE. Y luego volvía a insistir:

-       ¡A ver, dime!, ¿qué es lo que entiendes de todo eso?, ¿no crees que deberías escuchar música cristiana como yo, música que edifica y eleva el alma?

Y Pulido le respondía con voz tensa de tanto manejar de aquí para allá todo el día:

-       Hermano, tú no entenderías mi forma de pensar. Para mí la música de DEPECHE MODE es mucho más que esa porquería de ruido evangelista sin ton ni son, que tú escuchas. Para mí la música de DEPECHE MODE es verdadero ritmo y más que ser edificante, es ESTIMULANTE para sobrellevar la desgracia en que se ha convertido mi vida.

Y el hermano ciego y sordo por su fanatismo volvía a la carga y le decía:

-       ¡Pero si no entiendes el inglés!, ¡ni siquiera sabes lo que están diciendo!, ¡es posible que te estén insultando y ni siquiera lo sabes!

Y Pulido ya alegre y endiablado le respondía:

-       ¡Pero hermano, si no se trata de entender el inglés si no de dejarse llevar y disfrutar del ritmo!, ¿es que es tan difícil de comprender?, ¿a ver, dime, qué parte del argumento es el que no entiendes?, además esa música no es para insultar a nadie sino para bailarla todo frenético en una discoteca.


Y así se pasaban horas y horas discutiendo y discutiendo sobre la música de DEPECHE MODE, de AIR SUPPLY o del grupo HALL & OATES.
Luego de dejar instalada la máquina en la mansión de un alto funcionario de la marina, que tenía una hija preciosa y una doméstica todavía más apetitosa; emprendían el regreso, y cuando Pulido se dio cuenta de que circunvalar en la carretera les llevaría una eternidad, cogió el timón del Susuki huevito y se montó sobre el pequeñísimo parterre, consiguiendo del hermano evangelista una exclamación mezcla de admiración, terror y asombro:

-       ¡Ouuu!, ¡vos sí que sos mortal para el volante!

Todos los días era la misma santa rutina en la compañía del ingeniero Coutard. Pulido se levantaba tempranísimo en la mañana, saltaba cuerda como boxeador hasta completar las dos mil cuerdas, se bañaba, bajaba la loma y se iba a coger el colectivo de la 54 para llegar al trabajo. En este asunto de saltar cuerda, Pulido empezó saltando cincuenta y ya estaba con la lengua afuera. Luego fue aumentando el número hasta llegar a las dos mil. Sentía en las piernas verdaderos resortes mortales capaces de romperle todas las costillas a un contrincante en el cuadrilátero. En una ocasión a Pulido le dio por rasurarse el cabello y cuando fue a la compañía, el ingeniero Coutard le preguntó divertido:

-¡Qué!, ¡al estilo de Yull Briner!

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