lunes, 10 de septiembre de 2012

The piano man y una familia venida a menos (capítulo 2, parte 4)






Cuando llegaba el sábado, entonces Joey recobraba el ánimo y acudía a Montañita a esperar sentado en las gradas del almacén Briz Sanchez, para verse con su hijo amado. Paseaban por la playa, se tomaban fotos que Pulido atesoraba, conversaban todo lo que más podían y luego se volvían a despedir con lágrimas en los ojos. Danni extrañaba enormemente a su padre cariñoso que le hacía cosquillas cada vez que llegaba del trabajo.
Por aquella época Penélope lo odiaba tanto a Joey que le deseaba la muerte y en sus correrías de madre soltera dejaba solito a Danni en ese cuartucho que alquilaba y el pobre Danni Pulido llamaba a su abuelita y le decía que estaba solito y con miedo y que se quería regresar a su casa grande de Salinas.
Este dolor afectaba a Pulido en su trabajo. Se había comprado un punzón para picar hielo porque estaba decidido a que ningún hijo de puta le vuelva a faltar el respeto. Cuando iba a las oficinas a cobrar cheques de clientes morosos, iba con un bate de béisbol y aterrorizaba a las secretarias y a todo maldito hijo de puta que no le prometiera por teléfono, a su jefe el ingeniero Raen, que le iba a cancelar la deuda de manera rápida.
Pulido constantemente estaba poseído por el deseo de matar, de encontrar un culpable de su situación, odiaba y le valía verga este país de hijos de puta y nada tenía sentido para él. Se la pasaba pensando de manera obsesiva en lo que le ocurriría a él y a su familia, cuando sus padres muriesen. Ahora más que nunca detestaba a los mormones y su religión de empaque y fantasía. ¡Las tribus perdidas de Israel poblando y guerreando entre sí en Norteamérica! Estaba lleno de odio y si estuviera en sus manos mataría al mismo Dios que permitía que todo esto le sucediera.
Entonces Pulido comenzó a sufrir continuas crisis de asfixia. Era como si le atacara una especie de asma y se le cerraran los bronquios. Los ataques eran más fuertes cuando comenzaba la jornada de trabajo por la mañana, y a veces los compañeros se le burlaban porque Pulido parecía un pito ambulante, con sus asfixias, que le cortaban el flujo normal de la respiración. Era una dolorosa obstrucción que le hacía pitar la garganta por el esfuerzo que hacía al tratar de meterse el aire a los pulmones para oxigenar el cerebro.
Pulido quería morir. No podía vivir sin Danni, le preocupaba el embarazo de Penélope y la suerte de Joey, jr, y con estas crisis de asfixia ya ni siquiera quería salir a trabajar. Se dejó crecer el pelo, la barba y ahora las axilas se le empezaron a irritar por el excesivo uso de desodorantes. Pulido tomó esta nueva desgracia como una bendición porque estaba tan deprimido y desesperado que ya no le importaba usar los malditos desodorantes ni lavarse los dientes, y andaba sin ellos como un vagabundo por lo que cuando regresaba a la casa apestaba a diablos podridos.
Por el mismo problema del colesterol y de los triglicéridos, Joey empezó a comer ajos picados en el desayuno, para bajar los niveles de grasa y harina en la sangre. El asunto de que ya no usaba desodorantes por la piel irritada, daba como resultado que los compañeros de trabajo ni siquiera querían acercársele porque Pulido hedía a infierno. El ingeniero Raen no entendía el comportamiento lerdo de Pulido en la oficina. Quería que Joey bajara de peso, que sea más rápido, que se lavara de pies a cabeza y que se rasurara. Era incapaz de ver algún detalle positivo en Pulido. Su honradez para transportar valores en sucres y en dólares era algo que se daba por descontado. Joey sentía verdadero alivio cuando llegaba a la casa, se fumaba un cigarrillo y se duchaba, porque así se podía restregar una hora con jabón bajo la ducha, pero todo era inútil sin los desodorantes. Al rato, el hedor volvía de nuevo y con más fuerza hasta manchar la ropa. Pulido tenía que caminar grandes distancias y muchas veces tenía que regresar a la compañía con los bolsillos repletos de dólares.
Un día que venía de COMPUCITY, cobrando unos dólares, se encontró con una negra preciosa que se llamaba Marie. De inmediato quedó seducido por ella y ella por él, y se fueron a un hotel. En el cuarto del hotel se fumaron un cigarrillo de marihuana, Pulido llevaba mucho tiempo sin sexo. Y hacer el amor con una mujer descomunal como esta negra era una experiencia verdaderamente exótica y cargada de lujuria. Marie le enseñaba las fotos de sus padres y le demostraba que estaba orgullosa de que su madre era medio blanca y que su padre no era tan negro. Pulido no se cansaba de mamarle las tetas y ella lo atraía hacia su vagina diciéndole:

-       ¡Ven acá papito blanco!

Marie tenía una forma bestial de practicar el sexo oral que nadie se lo podía imaginar. Se metía el pequeño pipí de Joey en la boca y se lo tragaba hasta el fondo y luego lo sacaba y se lo volvía a tragar hasta que el pedazo de carne se ponía verdaderamente duro y listo para eyacular. Luego con su cuerpo descomunal y totalmente drogada se le subía encima a Pulido y se metía la picha adentro. Joey la montaba de todas las maneras posibles y la disfrutaba completamente. Todas las tardes de los viernes, Marie lo iba a buscar al trabajo a Pulido para encerrarse en un hotel, fumar droga y tener tremendas sesiones de sexo.
Con lo poco que le sobraba del sueldo, Pulido fue ahorrando sus sucres y los fue convirtiendo en dólares, que depositaba en una cuenta de ahorros del Banco del Progreso. Poco después de que otra vez se quedara sin trabajo en la compañía del ingeniero Raen, Pulido sacó todos los dólares, los convirtió en sucres- 600.000 en total-, y pagó por adelantado el jardín de infantes de Danni.
Para Pulido acompañar al jardín de infantes a Danni era una experiencia conmovedora, ¡al menos funcionaba como padre! Cada vez que Pulido acompañaba de la mano a su hijo Danni al jardín, recordaba un poema infantil de la profesora Violeta Abad de Gallegos, que decía así:

MI MOCHILA

Al salir de casa,
Para ir a la escuela,
Llevo al hombro mi mochila
Y deseos de estudiar.
Mi mochila tiene,
Lo que debe haber,
Libros, plumas y colores
Y otras cosas más
Sin mi mochila me siento
Como si no tengo nada,
Allí guardo mis tesoros
Que para mí son mi todo.
De regreso a casa,
Me espera mamá,
Alegre y contento
me pongo a cantar.

Un día el ingeniero Raen le informó a Pulido que tenía que viajar a Machala para cobrar una factura atrasada. El asunto tenía visos de política, y Pulido ya se había cansado de mandar faxes al Congreso Nacional para que le paguen y nada, además, Pulido detestaba la política, pero como no tenía otra alternativa, empacó y se fue.
Pulido estuvo, en total, una semana en Machala y todas las mañanas iba al Municipio a cobrar la deuda. Y siempre era lo mismo: no le pagaban. Ahí se sentaba en un sillón de espera en la pequeña salita del Municipio y veía pasar a los oficinistas. Algunos venían con botas de campo porque venían haciendo alguna pesquisa tierra adentro. Entonces le quedaban las noches para reflexionar sobre sus análisis políticos. Una noche hizo una excepción y en vez de irse a la cama del hotel se fue a un bar. Pulido tenía la costumbre de fumarse un cigarrillo antes de dormir y esa noche se fumó su cigarrillo acostumbrado, pero una vez dentro del bar le dio un fuerte ataque de asfixia. Simplemente no podía respirar y tenía que hacer fuertes y dolorosos esfuerzos para oxigenar el cerebro. De tanto esfuerzo que hacía para que entrara el oxígeno, Pulido sentía agudos dolores en el pecho como si se le hubiera formado un soplo en el corazón. Joey vio la muerte muy cerca y se prometió así mismo dejar de fumar tabaco y hacerse un chequeo de los pulmones. Un bello transexual negro de inmediato se encargó de él al verlo en plena crisis de asfixia, y lo llevó al hotel para tranquilizarlo. Ahí recostado se empezó a tranquilizar y poco a poco se le fue pasando el ahogo. El bello transexual negro le decía:

- ¡Papi se tiene que hacer una radiografía del corazón!


Al final tuvo que regresar porque el Municipio no le pagó y se vino a Salinas.
Acá, Pulido tenía que caminar grandes distancias y pasarse horas cobrando por teléfono. En la compañía había un vendedor prepotente y obeso que lo tenía marcado y todos los días del año que estuvo trabajando en esa empresa, el gordo lo trataba de vago y maricón. Pulido callaba y comía mierda porque necesitaba el trabajo. Lo peor de todo era que este cerdo de mierda se jactaba de tener mucho valor en la empresa y lo que no decía era que Pulido tenía que arreglar todas las cagadas que él hacía con la mercadería que vendía a crédito. La compañía del ingeniero Raen tenía su política de crédito y las máquinas que el gordo vendía no iban a parar a las manos de los compradores originales sino de terceros, y éstos cuando desaparecían con la mercadería, dejaban en un aprieto al ingeniero Raen porque no podía cobrar nada de los compradores originales.
Un día lunes, que Pulido había regresado de su cita fugaz y triste con su hijo, se puso a desembarcar la mercadería de un camión y el gordo mantecoso empezó a tratarlo de vago y maricón. De pronto Pulido ya no pudo soportar más y el gordo se encontró con un Joey enloquecido de furia que le cayó a patadas y puñetes. Aquello fue disfrutar de un dulce momento de venganza. Pulido prácticamente se cansó de patear al cerdo hijo de puta, pero lo malo fue que la grasa lo protegía al animal y los golpes no le afectaban en nada. 
Como Pulido había entrado a trabajar en la mitad del año de 1995 le tocó pasar navidad y cuál fue su grata sorpresa, que la compañía del ingeniero Raen le dio una canasta familiar repleta de víveres de primera necesidad más un gigantesco pavo. Fue la única compañía en su vida donde lo habían billeteado tan bien, y donde por primera y única vez, le habían regalado un pavo.
Los días pasaban imperturbables y la rutina siempre era la misma: hacer los depósitos bancarios, llamar por teléfono a los clientes morosos, ir a los bancos internacionales a hacer transferencias de dineros, transportar cartas, facturas y dólares de clientes satisfechos.

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