viernes, 7 de septiembre de 2012

The piano man y una familia venida a menos (capítulo 2, parte 3)



Penélope estaba disgustada, fastidiada y decepcionada de Joey y siempre estaba lista para llevarle la contraria en todo y en especial en la forma de criar al pequeño Danni. Si Pulido le daba una orden, Penélope le contradecía de inmediato y el niño quedaba confundido, la autoridad paterna era burlada y mancillada de manera sistemática. Pero parecía que Danni era un chico angelical porque a pesar de la actitud neurótica y maldita de Penélope, él seguía queriendo y respetando a su padre. Y cuando Penélope empezó a hablar de divorcio, Danni le miraba con desaprobación y le preguntaba enardecido:

- ¿Por qué te quieres divorciar de mi papito?

El ambiente en el que trabajaba Penélope era de trajeados y perfumados snobs, llenos de orgullo y ego por los grandes negocios que realizaban, cuando Pulido iba a ver a Penélope y los saludaba, ni siquiera se tomaban la molestia en devolver o responder al saludo, vivían orgullosos por los riesgos que corrían manejando el dinero ajeno; manejaban sus grandes Volvos, sus BMWes, y Penélope de manera lógica comparaba a estos hombres bien acicalados, con la billetera llena de sucres con la pobre y desaliñada imagen de su esposo a quien le empezaba a crecer la barriga y la papada como si de un gángster italiano se tratara. Cualquiera que mirara una foto de Pulido de esa época, fácilmente lo hubieran confundido con Milwaukee Phil Alderissio, el famoso gangster de Chicago, sólo que Pulido siempre usaba bigote.
Joey hizo todo lo posible por tratar de poner orden a su matrimonio, pero él también le empezó a coger fastidio a su mujer, a su querida Penélope, recogida de la calle y de la miseria extrema, que de pronto, se le habían subido los humos y que se creía la divina mierda de las finanzas. Los ochocientos mil sucres mensuales que ganaba Pulido eran una mierda de sueldo, y Joey se sacaba la madre trabajando para pagar todos los gastos del jardín de infantes de Danni y para hacerle la vida más fácil a una mujer que ya no lo amaba y que se había casado con él porque había metido la pata.
Un buen día que Pulido regresaba a la casa, se encontró con la novedad que Penélope se iba a vivir a Montañita a la casa de una amiga. Y lo peor de todo es que se lo llevaba a Danni. Aquella fue una época muy destructiva para Pulido. La ausencia de una mujer que lo odiaba, que era su esposa y que se había ido, le dolía en el fondo del corazón por los buenos recuerdos del ayer, pero la falta que causaba la presencia de Danni era algo demoledor. Pulido salía de trabajar los viernes y se encerraba en un bar de streap tease a chupar cerveza, y a revolver el dolor que sentía por el recuerdo de Doris y de su hijo. Una noche mientras espectaba el show de las nudistas y mientras bebía un sorbo de whisky, reflexionaba sobre una noticia internacional sobre ese farsante de Cristo, Pulido leyó:

EN LONDRES RECREAN OTRO ROSTRO DE CRISTO

Londres, (EFE,AP).- Investigadores británicos han reconstruido para un documental de la cadena BBC el posible rostro de Jesucristo, a partir de un cráneo de un judío hallado en un cementerio del siglo I en Israel.
Los expertos han recreado la imagen de un campesino de tez morena, cara ancha, pelo corto y rizado y barba recortada que dista bastante del Jesús que todos hemos imaginado: pálido, de melena y mirada cándida, pintado por los artistas occidentales desde el Renacimiento (siglos XV y XVI).
Con ayuda de una tecnología muy avanzada, el experto forense Richard Neave, de la Universidad de Manchester, parece haber dado con el rostro más probable del Jesús histórico.
“La reconstrucción es un método para identificar cuerpos ampliamente reconocido y muy eficaz porque la forma de la cara, incluyendo las cejas, la nariz y la mandíbula”, afirmó el profesor.
Los expertos, dirigidos por Neave, se han basado también en imágenes de Cristo encontradas en sinagogas del Norte de Irak entre los siglos I y II, para tratar de adivinar detalles físicos como el pelo y la barba de Jesús.
El color moreno de la piel ha sido seleccionado en función del clima existente en Israel en aquella época.

En aquel tiempo el cielo siempre estaba gris y llovía a cántaros. Pulido se pasaba las noches en vela fumando cigarrillos uno tras de otro, leyendo la novela Carpe Diem de Saul Bellow o viendo televisión. Había una descripción de Saul Bellow sobre el doctor Tamkin, que a Pulido simplemente le parecía un hermoso retrato literario:

CARPE DIEM


¡Qué tipo era el doctor Tamkin cuando se quitaba el sombrero! La luz indirecta mostraba las muchas complejidades de su cráneo calvo, su nariz de gaviota, sus cejas bastante bien trazadas, su bigote vanidoso, sus ojos oscuros de engañador. Su tipo era rechoncho, rígido, corto de cuello, de modo que la gran rebaba del occipucio le daba en el cuello de la chaqueta. Tenía una forma peculiar de huesos, como plegados dos veces donde los huesos humanos normales se pliegan sólo una vez, y sus hombros se elevaban como puntas de pagoda. Por la cintura era grueso. Se plantaba sobre los dedos gordos de los pies, como las palomas, señal quizá de que era hombre aberrante o que tenía mucho que esconder. La piel de sus manos estaba envejecida, y sus uñas no tenían lunas; eran cóncavas, como garras, y parecían desprenderse. Los ojos eran pardos como piel de castor, y llenos de extrañas líneas. Los dos grandes redondeles, pardos y desnudos, parecían meditativos, pero ¿lo eran? Y honrados, pero ¿era honrado el doctor Tamkin? Sus ojos tenían una fuerza hipnótica, pero no era siempre de la misma intensidad, ni estaba convencido Wilhelm de que fuera completamente natural.



En una ocasión se puso a leer BIG SUR de Henry Miller. Las lágrimas se le salían y se le escurrían por el rostro cuando descubría el lado tierno de un padre dedicado por completo a la literatura. Un padre más biológico que padre de verdad, pero que dentro de todas sus limitaciones mentales y emocionales, luchaba por funcionar como padre. El texto de Henry Miller decía así:



BIG SUR

Como padre también he sido un poco como una madre, porque al no tener un trabajo como otros honrados ciudadanos-¡escribir no es más que un pasatiempo!-, cuando los chavales se desmadraban, siempre podían llamarme y siempre estaba a su alcance. Y, como padre en un matrimonio desdichado, a menudo tenía que actuar como árbitro cuando no hubiera debido existir necesidad de árbitro ninguno. Todas las decisiones que tomaba estaban equivocadas, y luego me las echaba en cara. O, por lo menos, eso me parecía.
Uno de los aspectos menores de ese dilema tragicómico era que mi mujer creía que me estaba protegiendo. Protegiéndome, quiero decir, de las molestias que los niños acostumbran a causar a los padres que no tienen nada mejor que hacer que escribir libros. Y como ella seguía las reglas a pies juntillas, exageradamente, la protección que me ofrecía normalmente causaba más problemas que ventajas. O eso me parecía. (¡Ya sé que no siempre veía las cosas tales como eran!)
Igual da, el proceso era más o menos así…No se me debía molestar mientras trabajaba, pasara lo que pasase. Si caían y se lastimaban, no tenían que hacer aspavientos. Si tenían que llorar o chillar, debían hacerlo donde no se les oyese. (Supongo que a ella jamás se le ocurrió que me hubiera sentido mucho mejor si hubieran venido a llorar sobre mi hombro.) Cualquier cosa que desearan, tenían que esperar hasta que yo estuviera dispuesto a prestarles atención. Si, a pesar de todas estas prohibiciones, llamaban a la puerta de mi estudio -¡y, naturalmente, lo hacían!-les inculcaba la idea de que cometían un pequeño crimen. Y si yo era tan inconsciente que abría la puerta y les prestaba un momento de atención, entonces era culpable por instigarles al crimen. O aún peor, era culpable de sabotaje. Si me tomaba un descanso, y aprovechaba para ver qué estaban haciendo los niños, entonces era culpable de animarles a esperar de mí cosas que no tenían derecho a esperar.
Hacia media tarde, por lo general, sólo tenía una obsesión: alejarme de casa todo cuanto podía, llevando conmigo a los chavales. A menudo regresábamos agotados. Y cuando los niños están cansados no es que sean de lo más tratable.
Era un círculo cerrado. ¡Punk!
Cuando llegó la separación, hice un esfuerzo ciego y desesperado por convertirme en padre y madre. La niña acababa de empezar la escuela, pero el niño, tres años más pequeño, era demasiado chiquitín para ir al colegio. Lo que necesitaba era un ama o institutriz. De vez en cuando algún vecino venía y me daba una mano; pienso especialmente en la buenísima Dorothy Herbert. Pronto comprendí que no podía hacer otra cosa que confiar el niño al cuidado de su madre, y así lo hice, después de dejar bien sentado que me lo devolvería en cuanto encontrase a alguien que pudiera cuidar de él con la necesaria atención.
Poco después llamó a la puerta una mujer joven y atractiva y dijo que le habían hablado de que buscaba a alguien que se ocupase de los niños. También tenía dos niños, de la edad de los nuestros, y estaba separada del marido. Lo único que quería a cambio de sus servicios era una habitación y la comida. Manifestó que no le importaba lo que tuviera que hacer con tal de poder vivir en Big Sur.
Su llegada coincidió con la llegada de mi esposa y el niño, que habían venido para celebrar el cumpleaños de la niña. Esto sí que es buena suerte, pensé, mientras le explicaba cuál era la situación. Ante mi sorpresa, mi mujer estuvo de acuerdo en que la mujer parecía idónea para aquel trabajo y, tras algunas lágrimas, aceptó dejar al niño bajo mi tutela.
Fue un día ajetreado. Los niños habían venido a celebrarlo y divertirse desde varias millas a la redonda. Algunos vinieron con sus padres.
Olvidaba decir que escasos días antes de este acontecimiento, mi amigo Walker Winslow se había instalado en el estudio de arriba. Había venido en coche desde Topeka, conduciendo con la mano izquierda, porque unas semanas antes se había roto la clavícula derecha. Walker, que conocía el aprieto en el que me hallaba, se había prestado a servirme de cocinero y “niñera” durante parte del día, confiando, sin duda, que encontraría cada día algunas horas para poder trabajar con paz y tranquilidad. (Una importante editorial lehabía encargado escribir un libro sobre el fundador de la Menninger Foundation, donde él había residido.) Y sin duda también esperaba poder repetir las agradables experiencias que habíamos compartido en Anderson Creek.
En el transcurso de la celebración, la joven, que se llamaba Ivy, despareció del mapa discretamente. Era tímida y se sentía un poco violenta porque no conocía a nadie, ni tenía  nada especial que hacer. Mientras paseaba a solas tropezó con Walker.
Tal como Walker me lo contó más adelante, Ivy estaba a punto de largarse en aquel mismísimo instante. Se sentía deprimida, confusa, y totalmente desplazada. No obstante, tras una taza de café y un poco de conversación apacible en el estudio, Walker logró devolverle la confianza. Es un hombre con quien resultaba fácil hablar, y las mujeres sobre todo le encuentran muy comprensivo, muy consolador.
Más tarde, aquel mismo día, me llevó aparte para explicarme que tal vez tuviera dificultades con Ivy, porque tenía problemas sentimentales a causa de su vida desgraciada y porque estaba asustada por la responsabilidad que iba a asumir. La situación, para ella, veíase agravada por el hecho de estar obligada a dejar sus dos niños al cuidado de su marido.
“Creo que tenía el deber de decírtelo-añadió. Y aún dijo-: Pero creo que merece que se le dé una oportunidad. Sus intenciones son buenas, de eso estoy seguro.”
Walker era de la opinión que, si el arreglo no salía bien, él y yo seríamos capaces de cuidar de los niños. Yo podía cuidar de Tony por la mañana y él lo haría por la tarde. Además, él se ocuparía de cocinar y lavar los platos. Aunque lo mejor sería que Ivy decidiera aceptar aquel trabajo.
Ivy duró aproximadamente unas doce horas. Se despidió por las buenas, argumentando que mis hijos eran “imposibles”. Mi esposa, naturalmente, ya se había ido y yo no tenía la menor prisa por informarla del cariz que tomaban los acontecimientos.
Walker tuvo que llevar a Ivy y a sus dos hijos hasta la ciudad y regresar corriendo a casa para preparar la cena.
Después de cenar tuvimos una pequeña conversación. “¿Estás seguro de que quieres quedarte con los niños?”, preguntó. Le respondí que me sentía capaz de hacerlo, si él cumplía con lo prometido.
Al día siguiente empezó la diversión. Dedicar toda una mañana a un chavalín de tres años rebosante de vitalidad es un trabajo para alguien con seis manos y tres pares de piernas. Cualquier cosa a la que decidiéramos jugar no duraba más que unos minutos. En menos de una hora habíamos sacado todos los juguetes de la casa, los habíamos empleado y descartado. Si yo sugería que podíamos ir a dar un paseo, Tony estaba demasiado cansado. Había un triciclo viejo en el que le gustaba montar, pero antes de que terminase la mañana se le saltó una rueda y, aunque sudé tinta china, no hubo forma de volverla a colocar.
Intenté jugar a pelota pero su coordinación todavía no era bastante buena; tenía que pararme casi encima de él y colocarle la pelota en las manos. También saqué sus juegos de construcciones, de los que tenía varios saquitos llenos, e intenté, como suele decirse, que tuviese alguna actividad “constructiva”, pero su interés en ese pasatiempo residía exclusivamente en pegar una patada a la casa o puente que yo le construía. ¡Eso sí que era divertido! Até todos los cochecitos de su chucuchú, les añadí algunas latas y otros objetos ruidosos, y corrí como un bobo mientras él permanecía sentado y me miraba. Pero eso en seguida le resultó más aburrido que una ostra.
De vez en cuando Walker aparecía para ver qué tal iba. Finalmente-no podían ser mucho más de las diez de la mañana, si llegaban- dijo: “Vete arriba y trabaja un rato. Ya lo cuidaré yo. Necesitas descansar un rato”.
Le obedecí a desgana, más por recobrarme que para trabajar. Permanecí sentado en el estudio, repasando las páginas que acababa de terminar, pero demasiado agotado para que me saliera una sola línea. ¡Lo que quería, a pesar de lo temprano de la hora, era descabezar un sueño! Oía que Tony gritaba y chillaba, aullando y vociferando. ¡Pobre Walker!
Cuando Val llegó de la escuela, las dificultades aumentaron.
Todo era pelearse, pelearse y pelearse. Aunque sólo fuese por una piedra que uno había cogido, el otro inmediatamente la quería. ¡Es mía, la he visto yo primero! ¡No es verdad! La he visto yo. ¡Caca, pipí, cabezota! ¡Caca, pipí, cabezota! (Era su expresión favorita.) Ahora necesitábamos conjuntar los esfuerzos de ambos para controlar la situación. A la hora de cenar ya no nos teníamos en pie.
Cada día se repetía lo mismo. No había mejoras, ni adelantos.
Estábamos en un punto muerto. Walker, que se levantaba temprano, lograba trabajar un poco antes del desayuno. A las cinco estaba en pie, puntual como un reloj. Tras haberse preparado un cazo de café cargado, se ponía a la máquina. Cuando escribía, escribía de prisa. Todo lo hacía de prisa. Yo, por mi parte, permanecía acostado hasta el último minuto, esperando acumular una carga extra de energía nerviosa. (En aquellos tiempos no sabía nada de infusiones vitaminadas, de pastillas de calcio y fósforo, ni de la leche fortalecedora.) En cuanto a seguir escribiendo, deseché la idea de una vez por todas. Incluso un escritor debe ser, y sentirse, antes que nada, un ser humano. Y mi problema era: sobrevivir. Siempre alimentaba la ilusión de que aparecería alguien que me rescataría, alguien a quien le gustarían los niños y que sabría cómo tratarlos. Generalmente, cuando más apurado me veía, encontraba lo que necesitaba. ¿Por qué una niñera perfecta? En sueños siempre imaginaba a mi salvadora como una mujer hindú, mexicana o de Java, una mujer del pueblo llano, sencilla, no demasiado inteligente, pero decididamente poseída de aquel requisito indispensable: paciencia.
Por la noche, cuando habíamos acostado a los niños, el pobre Walker intentaba que charlásemos un rato. Era inútil. Sólo tenía una idea en la cabeza: acostarme lo antes posible. Cada día me repetía:”No puede seguir así siempre. ¡Animo, imbécil!” “Todas las noches, al meterme en cama, me repetía: ¡Otro día! ¡Paciencia, paciencia!”
Un día, cuando regresaba de la ciudad a donde había ido a comprar provisiones, Walker anunció tranquilamente que había ido a ver a Ivy. “Simplemente quería ver qué tal le iba.” Pensé que era una acción muy amable de su parte. Típico de Walker naturalmente. El tipo de persona que cuida de todos los que tienen problemas. Y metiéndose siempre en un berenjenal.
Lo que yo no sabía, y no supe hasta que regresó del siguiente viaje a la ciudad, es que Ivy y él se habían hecho amigos íntimos. O, tal como él dijo: “Parece que a Ivy le he caído bien”.
Entretanto los problemas de la muchacha habían tomado un nuevo cariz. Al no tener medios para mantenerlos, se había visto obligada a entregar los hijos a su marido. Por lo visto aquello la había dejado bastante acongojada.
Había cometido el error de decirle a Walker que no quería ver a Ivy nunca más. Me había dejado en la estacada sin haberse esforzado mucho, y, como les ocurre a los elefantes, me costaba perdonárselo. Si sus hijos se comportaban bien, decía yo, era únicamente porque su madre era una zorra fría e implacable.
Walker la defendía lo mejor que podía, asegurándome que cambiaría de parecer cuando la conociese mejor. “También ella tiene sus problemas-dijo-. No lo olvides.” Pero no lograba impresionarme.
Había empezado el invierno y, con él, las lluvias. Una tarde, Ivy apareció inesperadamente y se quedó unos días. No hizo el menor esfuerzo por ayudar con los niños, ni siquiera cocinando o limpiando. Sabiendo que yo no le tenía ninguna simpatía, se mantenía alejada. Alguna vez entraba al atardecer y se sentaba junto a la pequeña estufa, atizando el fuego. Por alguna razón, se había enamorado de aquella estufa, tanto que la mantenía siempre limpia y reluciente.

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