miércoles, 29 de agosto de 2012

The piano man y una familia venida a menos (capítulo 2, parte 2)



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Pulido subía y bajaba la loma de su casa, desempleado y desesperado. No se podía estar quieto en su casa ni por un segundo. No podía, simplemente, acostarse en la cama y leer un libro como las otras veces que se había quedado desempleado. Había adquirido un tic nervioso que lo impulsaba a balancearse de manera intermitente de un lado para otro. El poco dinero que le llegaba lo empleaba en cigarrillos, bombones y chicles.
 A medida que se cultivaba intelectualmente se iba formando dentro de él una conciencia que era capaz de absorber todo el dolor del mundo. Percibía con mayor profundidad la pobreza y la miseria ajena. Se estaba convirtiendo en un ser triste y amargado. Sufría en silencio por todos sus semejantes caídos en desgracia. Ninguna píldora o tónico podía calmar la angustia que sentía por los desamparados que veía en la calle. Pulido era testigo todos los días de la miseria extrema al caminar por Salinas. Sufría, sí, sufría intensamente por sus semejantes que tenían que emigrar y dejar botada su familia para conseguir trabajo y buscar mejores días para su familia.
Se estaba empezando a hinchar y la ropa de antaño, de cuando era un adolescente, ya no le quedaba más. Pulido creía que esta nueva forma, esta hinchazón grosera era una venganza del Dios de los Testigos de Jehová, porque ellos predicaban que estaba prohibido donar y recibir sangre de otra persona. Pulido, completamente chiro, sin dos reales, loco de remate, había acudido a la Cruz Roja a donar sangre con la esperanza de que le den algo de dinero, pero el sistema de donación de sangre en la península de Santa Elena no era como en Estados Unidos y lo máximo que le dieron fue un carnet donde se especificaba que Pulido no había contraído hepatitis, ni sífilis, ni SIDA, ni ninguna enfermedad que le impidiera donar sangre. Incluso de tanto donar sangre le habían dado una cajita de cartón en cuyo interior habían depositado una pequeña medallita.
Continuamente se lo veía subir y bajar la loma de su barrio en busca de algo que le calmara la ansiedad. Una tarde, durante una esas subidas y bajadas de la loma, encontró a su viejo compañero de andanzas de surf, Rod Penrose, y éste al verlo, se le iluminaron los ojos. De inmediato le preguntó que si quería trabajar de cobrador y Pulido le dijo que bueno. Así que su viejo amigo Rod le dio la dirección a Pulido para que vaya a entrevistarse con el ingeniero Raen.
Aquella tarde que Pulido salió de su casa, su mamá le dijo que se lavara los dientes y que se esperara para que ella lo bendijera.
El cielo de Salinas estaba cargado de nubes plomizas y el malecón estaba repleto de gente que soportaba mal los remolinos de arena que los envolvía. El mar estaba como una piscina y la orilla estaba de color rojo por la presencia de una descomunal cantidad de algas arremolinadas en la orilla. Las chicas turistas se paseaban en patines por el malecón en pequeños shorts colocados sobre pequeñísimos trajes de baños y lucían sus pieles semi tostadas por el sol y sus cabelleras locas revoloteando al aire, en la radio se escuchaba la melodía Breed de Nirvana.

El ingeniero Raen lo recibió a Pulido con una larga sonrisa de complicidad. Era una sonrisa en la que se mezclaba la malicia y el conocimiento. Luego le preguntó a Pulido si éste sabía algo de cobranzas, y Pulido tuvo que contestarle que durante nueve años había intentado trabajar como vendedor y que había fracasado rotundamente y que de cobranzas no tenía experiencia laboral.
En ese momento intervino Rod y le dijo que se dejara de huevadas y que le diera el trabajo, que Joey estaba en la mierda, y que tenía una esposa y ya mismo dos hijos que mantener. Entonces el ingeniero Raen-sin cambiar su sonrisa aviesa- le respondió con la pregunta esencial de que: ¿quién era el dueño de la compañía?, ¿tú o yo?
Ese mismo día Pulido empezó a trabajar. Lo embarcaron en el camión de la compañía y le empezaron a enseñar las rutas de cobranza. La compañía en la que Pulido se había metido era una distribuidora de computadores, equipos, partes y piezas de recambio. Había un equipo de vendedores que trabajaban con un margen de crédito y cuando los compradores, que a su vez revendían la mercadería, se demoraban en pagar, entonces, entraba Pulido en acción.
Por las mañanas, de manera infalible, Pulido tenía que encargarse de los depósitos bancarios. Tenía que esperar de Perlita, la cajera, las sumas de dinero en efectivo, los cheques junto con las papeletas de depósito. Luego tenía que ir a los diferentes bancos a los que lo mandaban y hacer la columna para realizar los depósitos. Durante estas operaciones, Joey se demoraba hasta el medio día, de ahí en adelante tenía que revisar un listado o cartera de deudores para ver cuáles tenían la factura vencida y empezar a llamarlos para cobrar ya sea en efectivo o con cheque a fecha.




Entre las compañías que Pulido tenía que controlar estaban:

EMEFINSA
BITESA
TELCODATA
P.C. COMP
IMC
SUPER BAHIA
OFICOMPU
TASEL
SISMA
ASCOMSA
WRE INTERNATIONAL
JUAN MARCET
MOLINERA

Entre otras muchas más que se encontraban en ciudades de otras provincias como Cuenca, Machala o Manabí.
Pulido, completamente preocupado por esta hinchazón anormal de su cuerpo, fue a un laboratorio de análisis sanguíneo y se hizo un examen de sangre y le encontraron los triglicéridos y el colesterol completamente disparados. Entonces Pulido empezó a tomar pastillas LOPID para contrarrestar el alza de los triglicéridos que era harina en la sangre y empezó a hacer dieta para bajar el colesterol que era grasa en la sangre.

En una ocasión se enteró que era el santo de Corina, una linda secretaria de importaciones, que era compañera de trabajo de Pulido y a Joey se le ocurrió la idea de regalarle un mojón de mierda hecha de papel periódico y pintada con colores realistas y envuelta en papel de regalo. Pulido creyó que era una magnífica idea y que toda la compañía estallaría de la risa, pero lo que en realidad pasó es que se produjo una indignación general, y luego se produjo una pesquisa para descubrir a la persona que había hecho semejante burrada.
Un gordo mantecoso que era un as para las ventas de computadores, de entrada le dijo a Joey que valía mierda y desde ahí le empezó a coger bronca.
Pulido tuvo que confesar que él era el autor y pedir disculpas con lágrimas en los ojos a Corina por la pesada broma.
Todos los días salía Pulido de su casa, cogía el bus de la 54 y se quedaba en su nuevo trabajo. A veces tenía que suspender su trabajo de cobranzas para ayudar a los chicos a desembarcar un camión repleto de cajones con monitores o con PCUS, y tenía que sudar la gota gorda yendo y viniendo de un lado para otro hasta las siete u ocho de la noche.

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