lunes, 2 de julio de 2012

María llena o take me to the limit one more time (capítulo 1, parte 12)


AMBATO FUERA DE SERIE

En Ambato se encontró con un ex compañero del colegio que no veía hace mucho tiempo, su amigo del colegio lo invitó a cenar a su casa y a conocer a su linda familia serrana, y lo más curioso de todo era que cuando lo invitaban a almorzar el padre de la esposa, el suegro, le decía con énfasis mientras sostenía un chocho en la mano sobre el valor nutricional del chocho:

- ¡Un chocho equivale a comer un huevo duro!- decía con el rostro lleno de autoridad-.

Joey no estaba convencido del argumento del ingeniero agrónomo, pero en adelante miró con mayor respeto a las indiecitas que vendían chocho con sal y cebolla encurtida en las esquinas de Ambato.
Por aquella época Pulido visitaba a su tío Víctor Hugo y a su tía Mayiya y su tío le decía que estaba pasando por una etapa de su vida llena de debilidad. Entonces Pulido le recetó que se coma unos ajos picados con Coca cola – que tenía cafeína que era muy buena para disipar la soñoliencia de las mañanas y para activar los centros respiratorios del cuerpo-, o con la taza de leche, después del desayuno. El tío siguió al pie de la letra las indicaciones de su sobrino y después de unas semanas de comer ajos picados, la tía Mayi le dijo que ya no le diera más porque el aliento, el sudor y la orina del tío olían de una manera insoportable. Hasta el propio tío Víctor Hugo se quejaba algunas veces cuando al ver el platillo de ajos picados que tenía que tomar, decía:

-¡Ya me duele la cabeza y la barriga de tantos ajos!

Un viernes en Ambato, Joey y su amigo del colegio, se pegaron una tremenda borrachera a la salida del trabajo, y Pulido se acordaba de que después de la cerveza empezó a hacerle al puro o al canelazo – no se acordaba bien de ese asunto-, y de ahí en adelante se le borró todo de la memoria. Hay fragmentos en que recuerda que lo lanzaban como cadáver en una esquina del centro de Ambato y mientras caía con la mano le golpeó el rostro de su amigo y le tiró al suelo sus lentes que quedaron rajados y con los que se presentó así al día siguiente en la oficina, y lo dejaron ahí sin que él pudiera levantarse. Luego volvieron por él y lo recogieron y lo llevaron arrastrando hasta la casa donde se hospedaba, y la señora dueña de casa se pegó un susto de muerte porque a Pulido los ojos se le ponían en blanco. Y al día siguiente, el sábado, Pulido no pudo levantarse en todo el día de la cama del hotel, temblaba de escalofríos, pasó vomitando y con el aliento oliéndole fétido a licor.







Por la noche Ambato es helado y las sábanas de la cama parecían estar mojadas con agua helada del río. Hubo un tiempo en que Pulido se quedó trabajando en el almacén del tío Víctor Hugo. Tenía que estar temprano por las mañanas en el almacén por lo que se bañaba de noche con agua tibia. La instalación eléctrica de la ducha hacía contacto por lo que algunas veces Pulido recibió un buen cimbrón eléctrico mientras estaba desnudo en el baño. En aquellos momentos se sintió como un judío torturado por la GESTAPO.
Cuando llegaba al almacén llamado “REAL CONFITERIA”, invariablemente tenía que barrer las polvorientas tablas de madera, echándoles unas gotitas de agua porque de lo contrario la labor era inútil.
Dentro de su locura Pulido no se podía resistir a comerse unos ricos chocolatines que el tío vendía y dejaba las envolturas escondidas entre los grandes recipientes de vidrio, pensando en su loca cabeza que el tío no se daría cuenta, cuando una tarde el tío Víctor Hugo lo llamó y le recriminó fuertemente el que se esté comiendo los chocolatines con los que él se ganaba la vida y que lo tomara por tonto al creer que no se iba a dar cuenta de todo el asunto.

Allí en Ambato conoció a un viejo profesor de box, al que le pagó para que lo entrenara por las noches. Pulido tuvo que reconocer que la juventud lo estaba abandonando y en su lugar estaba dejando a un joven pesado que había perdido la habilidad para correr ligero durante largas distancias. Para ayudarse, Pulido compraba sangre de drago, un néctar que era extraído de la corteza de un árbol de la amazonía y que lo ponía a Pulido con las energías de un toro. Todos los días iban con ese frío a trotar a un estadio. El profesor de box lo cogió a Pulido y le dio un masaje fenomenal que le hizo traquetear los huesos de la columna y luego lo metió a correr con otros pupilos. Pulido tenía la costumbre de trotar cargando piedras en las manos. Pero al entrenador local no le gustó la idea y primero le dijo que las soltara y luego le gritó y Pulido las soltó.
En una ocasión vino a Ambato un certamen de box para principiantes y los chicos ambateños del gimnasio participaron contra los de la provincia del Pichincha y fueron eliminados por sus rivales que eran mucho más experimentados. Pulido observaba la competencia desde las gradas y animaba a sus amigos, pero la impresión que se llevó fue que los boxeadores de Quito tenían más peso y pegada. Estaban en una categoría mucho más preparada que los chicos de Ambato.
Una tarde en las que Pulido caminaba con su madre de la mano para ir de la casa de la tía Mayiya a la “Real Confitería”, y disfrutaban del frío y de la vista del parque repleto de pequeños pajaritos, que se alimentaban de insectos y otros delicados picaflores que se alimentaban del néctar de las flores.







En las noches, Pulido trataba de leer “MOSQUITOS” la laureada novela de William Faulkner y no podía, le rebotaban las palabras, porque tenía la cabeza toda loca llena de significados, signos y palabras sin contenido lógico. Pulido era la víctima del famoso “diálogo entre sordos” que se había ejecutado en los diarios como reacción a sus cartas de oposición al abuso del poder y del derecho. Simplemente Pulido tenía la concentración totalmente fragmentada y la lucidez absolutamente dispersa. No podía ver la televisión porque ¿le parecía?, que todo el sistema informativo giraba alrededor de él, pero de una manera en que la inteligencia mostraba un gran desorden. Atropellaban su vida privada y la usaban como punto de referencia para presentar al público noticias similares. Todo era absolutamente demencial y sin sentido. Se trataba de una guerra sicológica que tenía como finalidad perturbar a los que vieran o escucharan las noticias y esta locura estaba provocando una verdadera histeria colectiva que estallaría más adelante. En especial en la vida de Joey Pulido. Entonces Joey se pasaba horas sentado en la salita de la casa del tío Víctor Hugo,  escuchando música en la radio, pero pronto llegaba la interferencia de P2 Inteligencia Naval, y la programación normal era desterrada y sustituida por las enfermizas melodías de la guerra sicológica nacional.
Tal parecería que Joey con sus análisis políticos había ocasionado una hecatombe en la Seguridad Nacional tan devastadora como la caída del muro de Berlín. Pobre Joey, nunca sería una autoridad en las letras políticas del Ecuador. Había optado por colocarse a la derecha del espectro político y el mundo nunca le perdonaría semejante decisión. Ahí tenían al escritor peruano Mario Vargas Llosa, un perfecto candidato al premio Nobel, y sin embargo, por estar colocado a la derecha de la política peruana, y ser un convencido de la libertad, de la iniciativa del hombre como algo mucho más efectivo que la del Estado, nunca le iban a obsequiar el tan merecido premio.
Definitivamente los militares eran los enemigos tanto de los extremistas de izquierda como de los derechistas. Inútilmente Joey trataba de buscar una salida literaria a su situación. Si los enemigos de Joey eran los militares, entonces sólo había una sola medida que tomar para combatirlos: la fuerza y la guerra. A los militares sólo se los podía convencer matándolos en gran cantidad hasta que no les quede ganas de seguir peleando. Sumergido en estos deprimentes, desesperados y funestos pensamientos Joey dejó a un lado el libro “MOSQUITOS” y fue a la pequeña biblioteca del tío Víctor Hugo y cogió otro ejemplar de William Faulkner, titulado: “SANTUARIO”, aunque tampoco conseguiría leer este otro libro ya que las palabras le rebotaban en el cerebro por tener la concentración despedazada. Una vez más, terminado este periplo, Pulido regresaba a su hogar. Volvía a subir a pie por la loma que lo conduciría a su hogar compuesto por sus padres su esposa y su hijo. Eso era todo lo que necesitaba Pulido, la paz de su hogar. En el trayecto siempre se toparía con los vecinos de siempre, que deambulaban por ahí por no haber tenido una oportunidad para salir de este miserable país. Eran los mismos rostros de siempre que expresaban preocupación, fracaso, angustia, aquel barrio se había convertido en  una casa de locos. Todos sufriendo por alguna necesidad insatisfecha, el dinero, la lavada de la ropa, las obligaciones. Nada cambiaba y todo seguía exactamente y depresivamente igual.

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