lunes, 11 de junio de 2012

María llena o take me to the limit one more time (capítulo 1, parte 9)


Joey soportó las malas noches de la consola de seguridad y la presión del supervisor durante un año y ya no pudo más con la rutina de seguridad de la consola. Además el supervisor lo había sorprendido tres veces casi dormido y la tercera fue la definitiva. Joey se resignó porque durante ese tiempo había financiado el nacimiento de Danni, sus vacunas, los remedios, pagado la leche y los pañales. Penélope no tenía mucha leche en sus senos y pronto se le agotó todo. Por lo que Danni tuvo que seguir alimentándose con leche en polvo.
Una vez más, Joey se hallaba desempleado y chiro.  Y se paseaba de arriba abajo la loma de su barrio en busca de un cigarrillo para calmar los nervios. Los domingos se acostaba en su cama y leía novelas de William Faulkner, como la que escribió acostado sobre una pila de carbón, ¿cuál era esa?, ¡ah, sí, “MIENTRAS AGONIZO”! Así que volvió a trabajar de vendedor pero de bisutería, y nuevamente se volvió a poner los ternos de ejecutivo para caminar largas distancias.
Para conseguir el trabajo tuvo que entrevistarse con el ingeniero John Rheault y prometerle, poniendo la mano sobre una Biblia de los Testigos de Jehová, que no cogería las muestras de joyas, collares de fantasía y desaparecería para no dejarse ver nunca jamás.
Su target principal eran las boutiques para dejar la mercadería en consigna y pasar a cobrar después de dos semanas. La renta de este tipo de negocio era bajísima e insignificante en comparación con los gastos y con lo que ganaba en la compañía de seguros o en la consola de seguridad del banco. Cada vez las cosas se ponían peor y las discusiones en el matrimonio eran fuertes y siempre por el dinero. La gran prueba de todo matrimonio bisoño es la prueba del amor en el altar del dios dinero. La falta del billete sucre puerco y vil es capaz de destruir el amor de una pareja normal.
Joey siempre andaba temeroso de que un día, al regresar a casa, ya no la encontraría a Penélope ni a Danni. El hijo de Pulido era un rollito de carne con un mechón de pelo en la cabeza, que se despertaba a las cuatro de la madrugada llorando por su teta, y había que conseguir leche en polvo de donde no había o prestando dinero a los vecinos.
Por la necesidad que provocaban los continuos déficits en la economía de la familia Pulido, Joey renunció y empezó a vender lencería erótica o ropa íntima de mujer. O era eso o seguir aguantando los desprecios y las provocaciones de Penélope, que no daba señales de querer dar tregua.




Una vez más tuvo que entrevistarse con un ingeniero de apellido Daram y demostrarle su honestidad y experiencia en ventas para conseguir el trabajo. Pulido recuerda bien aquella mañana en que acudió a la cita. Era una mañana con el cielo nublado y hacía un frío como si la madrugada no se hubiera ido todavía. Las olas del mar se batían insistentes sobre la orilla. Los cangrejos ya no azotaban las playas con su presencia diminuta y roja.
La gente se agolpaba en el malecón caminando, desesperados, en busca del sucre. Todos reflejaban en sus rostros la premura por un asunto pendiente que liquidar y ganarse de esa manera algunos sucres. Tener dinero en el bolsillo era más importante, ¡lo único!, que la posibilidad de sufrir una enfermedad silenciosa que amenazara la vida. El dinero, la comodidad, ganarle al tiempo, pagar las deudas con la esperanza de quedar bien para volver a conseguir crédito.
Nuevamente Pulido salía de su casa lleno de esperanza, con el maletín repleto de muestras, ya no de bisutería, sino de medias de seda sexis, para mujer, sostenes eróticos, mini calzones de colores provocativos, ligas y pijamas que inducían a la pasión. Y se encontró con cierta resistencia y rubor de las dueñas de boutiques para aceptar esta nueva clase de mercadería. Una dama china dueña de un salón de masaje le decía:

- ¡Tu mercadería está muy caliente, muy caliente…!

Otras damas, dueñas de boutiques, estaban fascinadas con las muestras, pero no se atrevían a exponerlas en sus vitrinas y pensándolo mejor compraban las prendas para su uso personal, seguramente para volver a seducir a sus maridos o a sus amantes o para venderlas a una clientela más selecta y privada. De esa forma Pulido se vio en el trance de abandonar este nuevo trabajo, y la decisión la tomó una tarde en Canoa, cuando una señora se sintió ofendida cuando Joey le ofreció colocar su ropa íntima y erótica en las vitrinas de su boutique.
Esa tarde llegó desconsolado a la cabaña de Doris. A duras penas tenía para comprar pan, atún en lata, cola y mayonesa para cenar unos ricos y jugosos sánduches. Pulido y Doris hicieron el amor de manera frenética esa noche. La mala suerte de él y la pobreza de ella se fundieron en un abrazo de amor durante varias sesiones casi ininterrumpidas en la cama.
Se bañaron juntos, desenrollaron unos rollos con poemas escritos por ella, leyeron algunos poemas egipcios como este:

El amor de mi hermana está en la otra orilla;
Nos separa una cinta de agua
Y un cocodrilo vigila en el banco de arena
Pero desciendo al agua,
Camino por el río
Mi corazón es valeroso;
El agua es como tierra para mis pies
El amor de ella me vuelve tan
Fuerte
Y me da un talismán contra los cocodrilos
He aquí que la hermanita viene y mi
Corazón se alegra
Se abren mis brazos para abrazarla;
Se regocija mi corazón apoyado en
Ella
Como…eternamente
Cuando la amada llega






Luego fumaron algunos marlboros, escucharon la música del grupo Rush, y leyeron un pensamiento sobre Herbert Marcuse, publicado en el diccionario filosófico de José Ferrater Mora, que decía así:

Para Marcuse la agresividad humana es fruto de la represión de la energía sexual espontánea. Marcuse aceptaba la tesis de Hegel de que los hechos históricos son restrictivos y negadores pero afirmaba que la negación de esta negatividad también gracias a la historia, abre la posibilidad de una radical y auténtica realización de la libertad y de la felicidad de ellas y del hombre, que han sido excluidas de la sociedad burguesa por su misma estructura clasista.

Después de leer aquel texto de Marcuse, Pulido llegó a la conclusión de que se debería legalizar la prostitución ya que reprimirla engendraba no pocos fenómenos sociológicos como el fomento a la sodomía y las guerras, con el despliegue de su violencia tan exuberante, que nunca discriminaba nada ni a nadie. La guerra era una de esas pestes apocalípticas, que junto con las enfermedades incurables, amenazaban con destruir a la humanidad.  Los Testigos de Jehová son expertos analistas del Armagedón porque basan su teosofía en las bienaventuranzas que les llegarán cuando se acabe el actual orden existente y se produzca la segunda venida de Cristo.
Luego leyeron un himno órfico de saludo a la noche que decía así:

Te cantaré, ¡oh, noche!, madre de los dioses
Y de los hombres, orígen de todos los seres
Óyeme, diosa feliz, que azul cabrilleas y de
Estrellas resplandeces, que te complaces en la
Quietud y en la soledad propicia al sueño;
Alegre, golosa, amante de las vigilias, madre de
Los sueños. Olvido de las penas, tregua benéfica
De las fatigas. Tú das el sueño y eres amiga de todos.
Dividiendo con el sol el cielo que
Recorres con tus caballos, perteneces a la tierra,
Y después, de cuando en cuando, vuelves a ser
Divina. Juegas en el aire con vertiginosas
Danzas, mandas la luz al mundo subterráneo y
Luego tú misma huyes al hades, porque una
Dura necesidad gobierna todas las cosas.
Noche beata, feliz, anhelada por todos:
Escucha benévola la voz que te suplica;
Ven clemente y desbarata los temores
Que anidan en la obscuridad.

Finalmente subieron al pequeño dormitorio del segundo piso. Joey estaba acostado desnudo en el segundo piso de la cabaña con su amiga y empezó a besarle los pies, las piernas, poco a poco hasta llegar a su vagina y ahí echó el ancla. Con su lengua exploró todos los intersticios de su amiga y no paró hasta que ella terminó en un orgasmo descomunal. 
A la mañana siguiente bajaron a la playa y mientras Doris se quedaba echada en la arena, enterrando los pies y cogiendo sol, Joey, se remontaba sobre las olas en su tabla hawaiana, hasta llegar a la punta de la roca, el límite de la selva que se incrustaba en el mar.
Hacía tiempo, desde que se había graduado, que no corría una ola. Al principio llegaban unas olitas inofensivas, pero Pulido sabía que ese era el preludio de olas de mayor envergadura por lo que remó más al fondo para ir a su encuentro. ¡Y finalmente lo consiguió! Alcanzó a divisar una ola de dos metros que venía directamente hacia él. Pulido se posicionó, la remó y se fue en ella y se asombró de no haber perdido el equilibrio tan necesario para poder disfrutar completamente de este deporte. Bajó la ola hasta el fondo y doblando las rodillas como Cheyenne Horan hizo que la tabla se pegase a la pared, cosa que al resortear, pegó un salto con tabla y todo, hasta la cresta de la ola, sacar una estela de agua y volver a meter la tabla. Doris estaba viendo excitada las maniobras de su amigo. Y Pulido para impresionarla más- un deseo que Penélope ya no despertaba en él-, se tubeó en la orilla muy cerquita de donde estaba Doris. Cuando salió del agua ella lo estaba esperando sentada con unos sánduches de atún que habían sobrado de la noche anterior. Pero Joey se quedó pasmado de placer al ver que mientras Doris le servía el néctar, había dejado resbalar un poco su traje de baño hasta descubrir muy sensualmente un pequeño pezón rosa.

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