sábado, 9 de junio de 2012

María llena o take me to the limit one more time (capítulo 1, parte 8)


El trabajo de vendedor de seguros no le daba mucha renta a Pulido, pero la experiencia estaba hecha y fue buena. Joven e impetuoso, Pulido ambicionaba ganar más y más, y tenía que buscar una pega mejor donde pudiera desenvolver todo su carisma y capacidad para cerrar negocios.

Durante ese tiempo, Joey descubrió lo interesante de trabajar como ejecutivo de ventas, deambulando por toda la costa, recorriéndola de arriba abajo, con el maletín en la mano y pujándolo con el terno.

Entraba a los negocios y lo importante era tener buena memoria para cazar al dueño del hotel o al principal de la compañía, y conseguir ser atendido para exponerle el asunto que tenía que tratar.

Lo único que quedó para siempre de ese trabajo fue la amistad que mantuvo con Doris, la linda chica que vivía en Canoa, y que siempre lo recibía como un rey cada vez que Joey llegaba a su cabaña para hospedarse o cerrar negocios. Doris no era muy alta, más bien era llenita y las proporciones de su cuerpo eran perfectas aunque sensuales. Se pintaba el pelo de rubio y le quedaba bien porque la forma de su rostro, de sus ojos y los labios hacían que pareciera una latina muy anglosajona.

Durante aquellas noches, en medio del silencio de Canoa, Joey le leía unos poemas a Doris y ella escuchaba atenta y se fijaba. Había uno en especial que a ella le encantaba. Se trataba de un escrito encontrado en el Ostrakon en el museo de El Cairo:

Hermano: me gusta acercarme al estanque
Para bañarme en tu presencia;
Así te muestro mi hermosura
Bajo la túnica de finísimo lino,
Cuando está bañada…
Bajo contigo al agua
Y vuelvo a ti con un pez encarnado
Que queda preso y bello entre mis dedos…
¡Ven a mirarme!






En la compañía de seguros Resegpac no querían que Joey se vaya – aunque sus compañeros de trabajo se metían en su vida privada y se reían a sus espaldas porque todos sabían que Joey era un adicto a la nicotina-.

Pulido había comprado un corcho que lo había colgado de la pared para colocar anuncios y había armado con cartón una caja a la que le había pegado con goma un letrero que decía: SUGERENCIAS. Y alguien había desbaratado el buzón de Joey. En realidad no se respiraba un ambiente muy democrático en aquella oficina que olía todo el tiempo a tinta fresca.

Las explosiones de furor del ingeniero Van Der Voeken hacían temblar a todo el equipo de trabajo. Toda la oficina olía perennemente a tinta y en los últimos días de permanencia de Pulido habían contratado como mensajero a un chico que sufría de polio en ambas piernas, y que era un verdadero maestro caricaturista con la plumilla y el rapidógrafo. Este artista, tullido como un genial Tolouse Lautrec, se especializaba en dibujar a plumilla a monumentales mujeres desnudas con un realismo sensacional e impresionista.


 El ingeniero Van Der Voeken hasta le decía, que se podía trabajar y estudiar al mismo tiempo sin ningún problema, pensando, que el motivo por el que se iba era por la proximidad de los exámenes en la universidad. Y hasta organizó una fiesta de despedida y le dio una tarjeta para que encontrara trabajo en la consola de seguridad del Banco del Pacífico.

En aquella época Joey leía continuamente una recopilación de los discursos del presidente John Fitzgerald Kennedy, que le atraía mucho. En especial el discurso del 26 de septiembre de 1963, titulado: NUESTRA INVOLUCRACION EN EL MUNDO ES IRREVERSIBLE, dado en Salt Lake Mormon Tabernáculo, y que iba dirigido a los ultraconservadores de la Sociedad John Birch, que deseaban que los Estados Unidos volviesen a la política del año 1880.

…Los norteamericanos han llegado muy lejos en aceptar en corto espacio de tiempo la necesidad de involucrarse en el mundo, pero aún prevalece la tensión de este compromiso, tensión y esfuerzo que podemos hallar en todo el país, y que encuentro yo en las cartas que llegan a mi despacho todos los días. Nos hallamos complicados en problemas al parecer sin solución y en los más extraños lugares del globo. Descubrimos que nuestro enemigo de una década es nuestro aliado en la próxima. Nos comprometemos con gobiernos cuyas acciones a menudo no podemos aprobar, y ayudamos a sociedades cuyos principios son muy diferentes a los nuestros.
Las cargas que supone mantener un inmenso aparato militar con un millón de norteamericanos sirviendo fuera de nuestras fronteras, con el peso de financiar un programa a largo plazo de ayuda para el progreso y con la carga de dirigir una diplomacia compleja y desconcertante, han tenido como resultado que, además de soportar estos grandes pesos, haya muchos que aconsejen una retirada. El mundo está lleno de contradicciones y confusión, y nuestra política parece haber perdido la facultad de distinguir entre lo blanco y lo negro, de tiempos más sencillos. Nada tiene de extraño, pues, que en esta confusión sintamos impulsos de mirar hacia atrás con cierta nostalgia. No tiene nada de extraño que en el país exista el deseo de retroceder a la política de los tiempos en los que nuestra nación vivía sola. No tiene nada de extraño que anhelemos crecientemente poner fin a las alianzas complicadas, a toda ayuda a países o Estados cuyos principios nos disgustan, a que la sede de las Naciones Unidas siga siendo los Estados Unidos, y que los Estados Unidos sigan perteneciendo a las Naciones Unidas, y asimismo que anhelamos retirarnos a nuestro propio hemisferio o incluso al interior de nuestras propias fronteras para refugiarnos tras un muro de fuerza.
Todo ello es un comprensible esfuerzo por recuperar el viejo sentimiento de simplicidad; pero en los asuntos mundiales, al igual que en todos los demás aspectos de nuestras vidas, los días del tranquilo pasado se han ido para siempre. La ciencia y la tecnología son irrevocables. No podemos volver a los días de la navegación a vela o a los viajes en carreta, aunque lo deseáramos con toda el alma. Y si esta nación ha de sobrevivir y tener éxito en el mundo de hoy, debemos someternos y reconocer las realidades de ese mundo en el que vivimos… 






Pulido necesitaba el sueldo de un millón de sucres que estaba pagando el banco y finalmente se entrevistó con el ingeniero Robert Hulster y consiguió el trabajo.

Aquella mañana de la entrevista con el ingeniero Hulster, Pulido se bañó, se rasuró, se bañó en perfume y se trajeó para causar una buena impresión.

En este tipo de trabajo de seguridad, era obligación del ingeniero Hulster visitar la casa del futuro vigilante de la consola. ¡Y vaya qué buena impresión se ha de haber dado el ingeniero!, ya que la casa de Pulido era la villa de un hombre de clase media venida a menos, sin servicio doméstico, las escaleras trapeadas una y otra vez por las lluvias del monzón y pobladas con toda clase de hongos, todo estaba descuidado, sucio, el piso lleno de hojas de almendro muertas, y cuando Pulido recibió la noticia de que le daban el trabajo simplemente no lo podía creer.

Ahora Joey trabajaba en la consola de seguridad del Banco del Pacífico y sus turnos estaban compuestos por tres días de guardia, con un horario de siete a tres de la tarde; tres días de tres de la tarde a once de la noche; y tres días de once de la noche a siete de la mañana.  Este último era el más pesado y Joey tenía que hacer verdaderos esfuerzos mentales para que el supervisor no lo encontrara borracho de sueño y poco alerta sin poner atención a las cámaras de seguridad. En aquella época Joey se hizo adicto a la cafeína para soportar las noches de eterno insomnio. El cigarrillo y el café dominaban su vida. Fumaba y tomaba café mientras leía, después de comer, y hasta cuando se ejercitaba los jueves por la noche en la sala de squash. Cuando Pulido jugaba squash demostraba toda la fuerza y vitalidad de un joven, corría de aquí para allá golpeando la bolita y respondiendo bien a los ataques de sus contrincantes. Pulido llegaba a jugar hasta tres partidos seguidos sin descanso.

En la consola de seguridad del banco, Joey trabó amistad con un genio de la computación, Hansel. Junto con Pulido compartían el gusto por el café, el cigarrillo, las ideas filosóficas y las mujeres.

Hansel era delgado, con bigotes, peinado con raya a un lado, pelo negro, sumamente serio y detallista en su trabajo, escribía en la bitácora con una letra preciosa y nunca se olvidaba de los detalles, de las fechas y de las horas, tenía aspiraciones de obtener un título universitario en ingeniería industrial, nunca abusaba del teléfono y utilizaba el zoom de las cámaras para enterarse de todos los detalles que sucedían en el banco.

En una ocasión quedaron de acuerdo en meter a la consola a una prostituta que ambos conocían, apodada “La profesora”, y lo hicieron. Mientras Joey la desnudaba en el baño de la consola, el genio de la informática vigilaba. Pero Joey tuvo problemas para que se le pare la picha por lo nervioso que estaba, y la cosa se puso más difícil porque a ‘La profesora’ le dio por reírse a carcajadas de la impotencia de Pulido. Él le decía que se calle que los iban a escuchar. Luego le decía que se dejara de tanta risa y que se llevara la picha a la boca y ella se negaba en redondo, hasta que Pulido se cansó y le cedió el turno a su compañero Hansel.






Durante ese tiempo, Penélope le veía irse todo el tiempo y nunca lo veía llegar porque cuando Pulido regresaba ella ya se había ido a trabajar. Pocas veces sus horarios coincidían como para compartir en familia. Ella trabajaba de secretaria en una compañía de seguros llamada Finvegsia, y había conocido a una esmeraldeña experta en comida vegetariana, por lo que durante el embarazo de Danni, Penélope estuvo bien alimentada con toda clase de exquisitos platos preparados a base de coco rallado y soya. En una ocasión Pulido tuvo la oportunidad de probar la sazón de la negrita y quedó fascinado con el sabor exquisito de la carne de soya. Penélope no comía sino que tragaba durante el embarazo de Danni, y luego de comer hasta hartarse, después de un rato de hacer una rápida digestión ya estaba otra vez con hambre.  Aquellas comidas de soya eran tan apetitosas como las comidas que preparaba la negra Hilda Thomas con sus entradas compuestas de ensalada de berenjena y sus platos de mariscos a base de coco rallado.

En una ocasión, una estúpida amiga del trabajo escondió una rata de foam en el archivador donde tenía que laborar Penélope y ésta pegó un grito desgarrador cuando vio aquel monigote, cuyo realismo era sorprendente por la habilidad artesanal con que había sido realizado. Incluso le habían pegado al foam, pintado de gris y con la perfecta forma de una rata, los pelos desechados de una peluquería. A Penélope casi le da un ataque de histeria y esa noche sintió contracciones peligrosas, que eran señales de que se le venía Danni de siete meses. La madre de Pulido la llevó de urgencia donde el ginecólogo que la atendía, el doctor Francisco Mena Vallejo, y éste la internó de urgencia en un hospital donde le suministraron un suero específico para detener el mortal aborto de Danni. Cuando Danni nació en la clínica Maria Auxiliadora, Joey se pasó todo el trance controlando sus nervios mientras leía una novela de Mario Vargas Llosa.

Después del parto, cuando iba a pagarle al doctor Francisco Mena Vallejo, Pulido le dijo al doctor que estaba realmente admirado por la sangre fría que mostraba ante un acontecimiento tan importante para su vida. Y el doctor le respondió que para él se trataba de un parto por cesárea como cualquier otro y que no se podía dar el lujo de dejarse afectar por emociones trascendentales. Pasaría mucho tiempo cuando Joey volvería a ver al doctor Mena Vallejo ya demacrado y con la salud consumida por el cáncer. El doctor asistía a la misma iglesia que su esposa y Pulido no se atrevió a hacerle alguna conversación larga, pero en el fondo de su corazón estaba muy agradecido por haber traído al mundo a su hijo mayor en perfectas condiciones.

Joey y Penélope habían esperado tres años para llenar la solicitud ante Dios para traer a este mundo infernal a Danni, y aquella noche estuvieron a punto de perderlo.
Pulido recordaba con qué esmero le ponía las inyecciones de BECO 5, que había recetado el doctor, en los glúteos de Penélope para que se desarrollara bien el feto.

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