sábado, 2 de junio de 2012

María llena o take me to the limit one more time (capítulo 1, parte 7)


En cambio Penélope era una mujer de acción. A ella le quedaba muy bien un puesto de diplomática en el servicio exterior de su país. También tenía muchas inclinaciones espirituales. En una ocasión mientras salía del baño de un hotel -al que habían ido cuando eran enamorados-, ella le dijo mientras se colocaba una toalla en el pelo mojado, que ella de chiquita quería ser monja, una esposa de Dios.

Durante mucho tiempo fue asistente de gerencia y la hubieran ascendido a gerente sino fuera porque no tenía un título universitario.

En esa época a Pulido le salió un trabajo de manager de una parrillada en Salinas y Pulido tuvo que hacer de pintor de brocha gorda para instalar el local, mesero, cajero y de muchacho de limpieza.

Primero entró a trabajar para el TIP como chofer y todo era un relajo con Pulido por su mala memoria. El TIP le decía que deje el vehículo en una lavadora de carro y Pulido la dejaba en otra, que quedaba cuatro cuadras más adelante. Cuando el TIP iba a ver el vehículo los trabajadores de confianza le decían: “que de qué carro les estaba hablando y que ningún tipo llamado Pulido les había dejado ningún carro”. Y luego el mismo Pulido se confundía con las direcciones y luego ya no se acordaba de en qué  lavadora había dejado el vehículo.

¡Y cuando manejaban juntos!
Pulido no lograba controlar el acelerador y el freno y a cada rato iban de tumbo en tumbo y pronto a estrellarse contra la parte trasera del otro auto y matarse, y el TIP le gritaba a cada rato como loco:

-      ¡Pero cuidado!, ¡uf, qué inepto!

Y luego se mataban de la risa.

En esa época Pulido estaba con los nervios de punta porque estaba pasando por una temporada de abstinencia de toda clase de drogas, pero no tenía ni vivía bajo un programa de recuperación y todo era una desesperación y una gran desgracia tras otra.
¡Los nervios!

Cada vez que podía, Pulido le rezaba a San Cayetano una oración como ésta:

¡Padre mío san Cayetano! Capellán del Padre Eterno, que con tus manos nos das la victoria para el cielo; dadme pan, San Cayetano, Santo queridísimo de dios, dadme hogar, dadme vestido y pan de aquel que comiste vos, que como el pan es de Dios, por eso lo pide el cristiano. Dadme pan San Cayetano, Santo de la Providencia, míranos con paciencia y danos tu bendición .
San Cayetano: tu divina providencia se extiende sobre nosotros, a fin de que nunca nos falte ni pan, ni casa, ni abrigo, ni alimento, ni vestido. En el nombre del Padre, del hijo y del Espíritu Santo. Amén.




Allí conoció a un cocinero argentino que le enseñó a preparar arroz, había que colocar el arroz recién lavado en una olla, agregar agua una pulgada más arriba de la porción de arroz, una vuelta de aceite, una puntita de sal y listo. Y también le enseñó a cocinar un plato exquisito llamado pollo al limón. Se colocaba en la parrilla la pieza de pollo sazonada con chimichurri y se le rociaba néctar de limón por ambos lados. 

Aquel cocinero tenía muy mal las piernas ya que sufría de várices. Para Pulido era un espectáculo insufrible ver a este hombre con las piernas ensangrentadas, parado, cocinando los alimentos. También le enseñó los grados de cocción con que se podía cocinar una carne: el de vuelta y vuelta, donde la carne quedaba casi cruda y sanguinolenta, pero bien caliente, el término medio y la carne bien cocida casi asada.

Durante la mañanita surfeaba en Paco Illescas, en el día preparaba el negocio, por las noches atendía al público harto de comer mariscos y que buscaban el sabor de la carne a la parrilla. Muchas veces Pulido se equivocaba con los vueltos causando malestar e indignación entre los clientes, y por las madrugadas, cuando el negocio había cerrado, se ponía a escribir citas y pequeños cuentos anecdóticos e hilarantes para la revista Selecciones del Reader’s Digest, cuya dirección postal estaba en México.

Aquellas noches fueron inolvidables: escribiendo cuentos que imitaban el estilo de Guy de Maupassant, escuchando la música de Kenny G, sintiendo en el cuerpo el frío de la madrugada.

La aventura terminó cuando Pulido tuvo sexo oral con una putilla y ésta le pasó una infección a la  garganta que se agravó cuando Pulido comió unas papas podridas que lo obligaron a dejar el trabajo. Aquella putilla se había acostumbrado a recibir dinero de Pulido y se dejaba llevar en el carro de aquí para allá, acompañando a Pulido en sus diligencias de comprar verduras y aceite al mercado en la LIBERTAD. Así que una noche la chica se quedó a dormir en el restaurante y se acostó junto a Pulido que aquella noche se había tomado una botella de vino y Pulido comprobó con qué placer morboso la putilla se dejaba mamar las tetitas, se dejaba besar el cuello, se dejaba mamar el anito y la chepita. Luego cuando se excitó la chuchita se le puso bien salada y Pulido bebió de aquel néctar hasta que a la mañana siguiente amaneció con la garganta infectada. La putilla de catorce años lo miraba mal y como si se sintiera ofendida. En las horas libres, Pulido se le acercaba para darle una caricia,  y ella le decía.

- ¡Ya pórtese serio!





De todas formas Pulido tenía que dejar el trabajo porque el dueño no le pagaba puntualmente y el trato al personal era pésimo. Tal vez todo se debía a que el TIP estaba muy presionado por la responsabilidad de convertirse en un empresario con un negocio de carnes argentinas y parrilladas en la playa, un sitio donde todo el mundo iba a comer mariscos. Por otro lado su esposa estaba embarazada ya de más de cuatro meses y lucía una preocupante barrigota. Tal vez este asunto de pronto convertirse en padre le ponía los ánimos hechos un infierno. Siempre llegaba –nadie sabía cómo-, desde Guayaquil tempranísimo por la mañana a eso de las siete y se ponía furioso porque el personal, incluido Pulido, todavía estaban dormidos. Se ponía sarcástico, loco de furia y les decía a todo el mundo: “que no se preocuparan que podían seguir durmiendo”. Pero no se daba cuenta que el cocinero y Pulido se habían quedado trabajando hasta altas horas de la madrugada salinera.

En una ocasión el TIP le dio permiso para ir a una fiesta que se había organizado en una casa casi desocupada y sin puertas. Todo le pareció raro con la gente caminando de un lado para otro, escuchando la música del grupo YES, bebiendo y bailando sin zapatos. En ese lugar Pulido conoció al ingeniero Crevecoeur, que más tarde le daría trabajo como vendedor de vehículos.

Cuando Pulido regresó a su hogar llegó tan delgado y con la figura estilizada como esos gatos alunados que regresan después de estar perdidos durante semanas y semanas.

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