jueves, 12 de abril de 2012

Marea llena o take me to the limit one more time (capítulo 1, parte 2)



Cuando finalmente estuvo frente al ingeniero Van Der Voeken, dueño de la compañía de seguros, se quedó pasmado al escuchar con qué íntima familiaridad le hablaba él. Era como si se hubieran conocido de toda la vida. De inmediato le preguntó si ya había almorzado y como Pulido le respondió que ni siquiera había desayunado, el ingeniero Van Der Voeken le invitó a almorzar unos cangrejos con arroz y cerveza. Se prepararon y se fueron en el vehículo del futuro jefe y almorzaron en EL GRILLO, un suculento arroz con cangrejo y abundante cerveza. Al parecer la recomendación que traía Pulido era buena y la cita coincidió con la salida a almorzar del ingeniero.


El ingeniero Van Der Voeken le dijo que quería que él, Pulido, se encargara de cerrar contratos de seguros con todas las compañías que se ubicaban desde Playas hasta Canoa. Y que lo único que tenía que hacer era asegurarse de cuándo la compañía tenía dinero y quién era la persona correcta para firmar el cheque para invertir en un contrato de seguro. No había que hacer perder el tiempo a los clientes, había que detectar cuándo el cliente estaba interesado en suscribir un contrato para prevenirse contra algún desastre y cuándo no. Y lo más importante –dijo Van Der Voeken mientras acercaba su rostro blanco y pecoso a la cara de Joey-:

- Nunca te olvides, Joey, de hacer la pregunta mágica: ¿Si usted se muere o su esposa se muere, sus hijos dispondrían de tres millones de sucres para afrontar cualquier eventualidad?

Joey no podía dar crédito a tanta buena suerte y para rematar el ingeniero Van Der Voeken le dio la dirección de una chica amiga de él, que mediante una pequeña renta, le podía dar alojamiento y sexo en Canoa.

Un día que salía de su casa recordó el momento cumbre cuando conoció a Penélope, su actual esposa. En ese entonces Joey era víctima de sucesivos ataques de depresión y asistía a la consulta de un psiquiatra que le recetaba unas pastillas para la esquizofrenia, que le provocaban soñolencia.


Pulido recordaba perfectamente aquel día lluvioso en que le tocó ir a tocar la puerta de su tío para que le dé un trabajo. Salió de su casa envuelto en una gran funda negra de basura y en medio de una tormenta eléctrica y cogió el bus de la 14 para ir a entrevistarse con el tío William.


El tío William era dueño de un taller electrónico que reparaba microondas, televisores, radios y casi toda clase de equipos eléctricos. Joey era el chico de los mandados y recorría todo el centro de Salinas en busca de pequeñas piezas de repuesto para televisores como Fly Backs y otras cosas así. También trapeaba el piso del taller y se quedaba asombrado de lo negra que salía el agua, abría y cerraba la puerta metálica del negocio. Su tío William lo quería instruir en el mundo de la electrónica, pero Joey en lugar de memorizar el valor de cada cable por su color, se quedaba dormido por los efectos de aquellas pastillas. El tío William le enseñó a Pulido, que todo en la vida consiste en desarrollar una capacidad para algo, hacerse famoso en la vida por alguna destreza que tú tengas, y que te permita hacer dinero con ella. Eso aplicado en su trabajo era lo que él llamaba su cosecha. La mayor parte del tiempo la pasábamos corriendo en su HONDA CIVIC dirigiéndonos a FILANBANCO, para hacer el mantenimiento a las máquinas contadoras de billetes y a las cajas, que empezaban a fallar, por la acumulación del polvo. Otras veces el destino era IETEL, donde el tío William hacía el mantenimiento de las cajas registradoras por el mismo problema. En una ocasión me contó, en el camino, que él había conocido a Nahím Isaías en persona, porque lo había llamado para arreglar un asunto sobre las facturas de su servicio de mantenimiento electrónico, la secretaria lo había hecho pasar a la oficina para esperarlo. Y el tío William se había sentado en el escritorio y cuando llegó el omnipotente Isaías, le dijo de entrada:

- ¡Buenas tardes caballero, tenga la bondad de sacar su hermoso culo de mi escritorio!





El tío William siempre se reía por esa original llamada de atención, que recordaba con entusiasmo de Nahím Isaías.

El tío se pasaba sus ratos libres dedicándose a reparar los ejes de las llantas de su HONDA CIVIC. Un día harto de que Joey se pasara durmiendo llamó a la casa y habló con su madre y le dijo que estaba despedido.

En esa misma época, Pulido se embarcaba en el colectivo de la 9 para asistir a unas clases de reforzamiento de ortografía para el sexto año de colegio– la profesora le hacía leer a Pulido el libro titulado: “EL NOMBRE DE LA ROSA”, pero Pulido con esas pastillas para la esquizofrenia, que le daban tanto sueño, no tenía cabeza para comprender nada.
La anciana madre de Pulido había sido compañera de trabajo de la profesora y en una conversación telefónica habían tocado el tema de que Pulido tenía problemas con la ortografía y que ese minúsculo detalle era un verdadero obstáculo para que Pulido continuara estudiando.

La profesora le hacía redactar textos que ella le dictaba y él cometía tantos errores ortográficos que terminó dándose por vencida-, y fue entonces en ese colectivo de la 9 cuando Pulido se quedó mirándola a los ojos a Penélope y ésta le giñó el ojito. Cuando ella se bajó del colectivo, él se bajó también porque se quedaba cerca, y la acompañó hasta la casa. Desde entonces iba constantemente a visitarla.

En una tarde lluviosa casi se queda electrocutado porque el timbre hacía contacto con las lluvias y Joey usaba zapatos de cuero que transmitían la electricidad cuando el piso se mojaba. Siempre le llamó la atención que en aquella casa, donde vivía Penélope, las cucarachas salían de adentro para afuera y no al revés. Las cucarachas no buscaban entrar sino salir de aquella casa. Pulido recordó un poema de Augusto Rodríguez que dice así:

EN LA CASA DE LA POBREZA

En la casa de la pobreza
Existen deseos sinceros
Con olor a tierra mojada
Quebrantados por la basura y el olvido.
En la casa de la pobreza
Existen sueños, cucarachas,
Tenedores, platos de cartón,
Sillas, camisas
Y una olla en la mesa.
En la casa de la pobreza
Hay miles de niños
Una madre y un padre
Desde el amanecer hasta el anochecer
Entre sudores

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