viernes, 6 de abril de 2012

Marea llena o take me to the limit one more time (capítulo 1, parte 1)



Nada es más cobarde que hacerse el valiente con Dios
Pascal
Feliz hogar aquel en que cada uno de los cónyuges concede al otro la posibilidad de que tenga la razón aunque ninguno de los dos lo crea.
D. F.
La prueba decisiva del matrimonio es la hora del desayunoA. P. H.
La vida, como una marea, fluye veloz y transcurre y todo lo mezcla en un gran torbellino de espuma.
¡Oh, cielo, que duermes ahora!
Levántate y hazte potente; y tú, ¡oh, Tierra! Ejerce tu poder a favor mío,
Abre de par en par las puertas de mi última morada,
Donde, en el cielo, me esperan calma y tranquilo reposo.

Poema Máori, de Nueva Zelanda



Joey Pulido finalmente se había graduado de bachiller en el colegio claretiano Espíritu Santo. El apellido Pulido, venía según una crónica familiar antigua, porque el primero de la estirpe nació ensangrentado y una tía lo lavó bien y cuando lo entregó le dijo a la madre y hermana:

- ¡Aquí te lo traigo bien pulido!

Desde entonces se formó el clan de los Pulido.
Mientras empezaba la rutina de vestirse, recordaba el bello título de su tesis de filosofía, inspirada en los trabajos de filosofía política de Raymond Aron: “LA REBELION CONTRA OCCIDENTE”.

Se trataba de un ensayo más o menos extenso sobre la pérdida de poder e influencia de las ideas fundamentales de libertad, igualdad y democracia en Sudamérica. ¡Ah, qué noches aquellas!, horas y horas sentado frente a la máquina de escribir, tipeando toda clase de razonamientos, que demostraban la pérdida de poder de la libertad y el poco valor que ahora se le daba a la palabra democracia.

Sesudos análisis que demostraban el proceso suicida en que se hallaba embarcada Latinoamérica para destruir su futuro. Joey analizaba con la sutileza de un cirujano, el proceso de descomposición de las democracias y cómo los militares sucumbían ante las tentaciones totalitarias o a las provocaciones del idealismo anárquico e incurable de los activistas sociales. Al final el ensayo concluía, que las sociedades modernas, al alejarse de la opinión del pueblo; y al suprimir las elecciones, no lograban llevar a la sociedad a una etapa de desarrollo económico pleno y positivo para la democracia con igualdad y libertad.

Realmente fueron horas y horas de pasar sentado tipeando en la máquina de escribir sobre el derecho natural, el romanticismo y las democracias, vistas según el enfoque de los profesores Jean Francois Deniau y Jean Francois Revel.







Joey caminó hasta el closet de su cuarto, empapelado de fotos de surf, pintado y alfombrado de azul, lo abrió y contempló su único terno azul con una mezcla sui géneris de sentimientos: miedo, duda, esperanza, ansiedad. Su madre siempre le recordaba que no se olvidara de sacar la basura, que después se lavara las manos y se cepillarse los dientes.

Pulido había conversado su deseo de hallar un trabajo con el director del colegio y éste le había dado una tarjeta para que llame por teléfono al número de una compañía de seguros y consiguiera una entrevista con el dueño de la empresa.

Joey tenía a su disposición otros ternos para escoger-en el closet del cuarto de su padre-, pero ninguno le ajustaba tan bien como aquel azul que había utilizado para el sexto año de colegio.

Finalmente se bañó y ágilmente se metió en el terno y se fue con valor a la entrevista donde posiblemente le darían una solicitud de empleo para que la llenase.

Cuando salió de la casa, se percató de que no había llamado por teléfono para confirmar la cita por lo que en ese momento -en realidad- no iba a ninguna parte. Pulido pronto descubriría que su destino siempre sería un eterno no where, hacia ningún lado. Por lo tanto caminó en medio de la marea humana de gente que congestionaba las calles de Salinas y buscó una cabina telefónica. Marcó con dedos cadavéricos, angustiosos e impacientes el número de la compañía, y al otro lado de la línea le contestó la voz melódica, tranquilizadora e infantil de la recepcionista de la compañía RESEGPAC. Quedaron en recibirlo a las once de la mañana y cuando Joey miró su reloj, apenas eran las ocho y media. Acalorado por el terno y la corbata decidió caminar por el malecón y fumar un cigarrillo para hacer tiempo hasta las once.

En los 70’s estaba de moda drogarse un poco y a finales de los 80’s ya no era algo bien visto, pero el hábito se quedaba con uno. No pensó para nada en que no había desayunado ni le apetecía nada todavía.

En Salinas era invierno y el clima estaba frío, sin sol, nublado. Las olas del mar azul eran verdes, pero también grises, soñolientas, pero también revueltas, y de manera constante se estrellaban contra la orilla de arena. Las gaviotas caracoleaban en el aire y se apilaban en las esquinas y en los senos, que el ímpetu del mar formaba en la arena. Y se daban gusto hostigando a los millares de cangrejos rojos que iban, enloquecidos, amenazando con sus tenazas, de aquí para allá. Algunas gaviotas se posaban sobre los cadáveres y restos de algún cangrejo y clavaban su pico carroñero para remover la poquita carne de entre los escombros de la coraza, para comer cualquier cosa.









Unos surfistas, a lo lejos, se deslizaban sobre las olas, una y otra vez, de manera incansable, y los ojos de Pulido se quedaron estáticos, observando aquellas maniobras, que en un momento de su vida, habían sido el pan nuestro de todos los días.

Cansado de caminar por el tumultuoso malecón entre apretujones de gente vestida con ropa sport pero abrigada, se metió en la playa y sacó de su billetera un cigarrillo, lo encendió y lo fumó hasta la mitad. No quería apestar a nicotina en la entrevista de trabajo, no sea que vaya a cometer una torpeza y hable demasiado.
¡Bueno!

Para Joey Pulido salirse del congestionado malecón de Salinas, meterse en la playa y fumarse un cigarrillo era un placer culto.

Una vez que se lo fumó, volvió a meterse entre la corriente de personas que caminaban por el malecón, porque sabía que si pasaba mucho tiempo con zapatos en la playa, la arena se le metería en los calcetines.

Al subir los peldaños de madera e introducir su cuerpo trajeado entre la multitud sintió pánico y empezó a vibrar, y a pensar en los motivos de querer trabajar. Necesitaba el dinero como cualquier otra persona, pero también era porque estaba de moda trabajar y ganar dinero después de graduarse.

Entonces, Pulido trabajaría recorriendo los centros comerciales y buscaría citas con gerentes de supermercados y jefes de empresas para asegurarlos. Y usaría además de su terno azul, que le quedaba perfecto, los ternos de su padre, que no le venían mal tampoco, para su nuevo aspecto de ejecutivo de ventas.

Joey entraba a toda clase de negocios: boutiques, peluquerías, empacadoras, restorants de comida cruda japonesa, almacenes de muebles, academias de inglés, salas de masaje, cines, hoteles y su agenda se iba llenando de nombres, teléfonos, direcciones y el porta tarjetas también se iba llenando de tarjetas de presentación de diferentes personalidades del comercio formal e informal de Salinas.

Había una boutique en particular en la que se quedaba siempre un poco de tiempo más de lo programado, porque la atendía una amiga que siempre conversaba con él para que pudiera seguir trabajando con más ánimo.

Su conversación era graciosa porque Verónica era una gordita rubia, bien amistosa, que le ofrecía colita helada y cuando había algún bocadillo también se lo ofrecía para picar un rato. Y hablaban de surf y del tiempo de la playa, con sus noches abismales, frías, sus palmeras oscilantes y sus vientos huracanados. Otro cliente duro de roer, pero al cual terminó persuadiendo de contratar un seguro, era a un dentista judío, que nunca estaba o estaba ocupado y le decía que regresara otro día. También estaba la señora dueña de un restorant mexicano que le dio un cheque por diez mil sucres de entrada; estaba el café-bar de un personaje de la farándula que también de entrada le dio un cheque por cinco mil sucres…

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