martes, 24 de enero de 2012

ARENA ROJA (SEGUNDO ACTO)



Norteamérica no adoptará nunca una actitud abierta sobre el nivel de sufrimiento, porque es una sociedad placentera, que gusta de considerarse a sí misma una sociedad de ternura. Y una sociedad tierna y liberal tiene que buscar maneras suaves de institucionalizar la dureza, y hacerla suavemente compatible con el progreso, con la pujanza, de manera que cuando la gente es implacable, cuando matan, explicamos que es porque se sienten desprivilegiados, o que están envenenados por el plomo, o que proceden de alguna parte atrasada del país, o que necesitan tratamiento psicológico.

Saul Bellow

Al día siguiente me dolía la cabeza, había terminado otra agotadora jornada de trabajo como ejecutivo de cuentas financieras de una importante trasnacional Canadiense.
Así que me disponía a tomarme un trago de cerveza helada en el Continental y a experimentar el lento proceso de relajación.
El alcohol de la cerveza invadía poco a poco mi organismo y como ante una poderosa ola el estrés sucumbía y daba paso a la tan ansiada tranquilidad.
En la radio se escuchaba una balada de Air Suplly y todo empezaba a cuadrar. Podría vivir sin tu amor y continuar adelante.
Después de un par de tragos me detuve a leer un poema titulado: ‘City Girl’.

Recuerdo cuando te conocí
De todas las bailarinas
eras la mejor
Y yo fui el que te encendió
tu primera pistola
Pero tú nunca conociste la
palabra control
Y te fuiste de largo
Te traté con amistad y amor
y cuando estabas triquiadota
te fascinaba que te penetrara
por el ano
Mas yo emprendí otra ruta
Y te dejé sola en el camino
Ese fue mi error y el nuestro
Te perdiste irremediablemente
El químico de la base te roía
los huesos, tu mente y tu sexualidad
Ya no danzabas porque
Ese trabajo era mucho esfuerzo
Ahora caminabas por las calles
vendiendo tu cuerpo
Para poder triquiarte
Y a los tiempos te vuelvo a ver
Toda seca, sin grasas, chupada,
Enferma de SIDA y desamparada
Y te recojo, te atiendo, te limpio,
Te alimento con ternura, te cubro con
Unas mantas cuando sientes frío
Y quemo esas ropas inmundas
y te vuelvo a alimentar con ternura
Sabes que no te puedo dar más
Y comprendes y duermes, descansas
Y yo me pregunto:
¿Qué voy a hacer contigo?



Al día siguiente, temprano en la mañana, el jefe nos llamó a una reunión para tratar un asunto importante.
Mientras esperábamos en la sala del Consejo Directivo donde se celebraban las reuniones de trabajo, unos ejecutivos consumían el tiempo leyendo el periódico, otros revisando sus papeles de trabajo, otros charlando con la secretaria.
Yo me encontraba junto al ventanal gigantesco y había abierto las persianas: la vista era impresionante, el horizonte de bello color argentino se componía de un mar azul, infinito, profundo, insondable, terriblemente cósmico y una hermosa playa de arenas blancas.
Cuando apareció el jefe nos dijo que la reunión iba a girar en torno a la presentación de los nuevos miembros del staff de ejecutivos y que aquí se discutiría cómo iban a ser entrenados.

Escuché la charla al tiempo que conocía a la guapísima chica que me habían asignado para que la ponga a punto de producir suficientes contratos para que gane los 70.000 sucres mensuales, que ganábamos todos en un tiempo en que el sueldo mínimo de un trabajador normal era de 20.000 sucres al mes.
El trabajo era duro, al menos, lo había sido así para mí. Recuerdo que el primer día hice mucho esfuerzo para reprimir mis lágrimas ya que no conseguí ningún contrato.
En ese momento estaba decidido a que eso no le pase a la muñequita que me habían asignado.
Era el momento de describir a mi nueva compañera de trabajo: Era preciosa, de mi estatura, y estaba vestida con un traje serio, de color gris, su pelo negro estaba peinado como el de Kiki Di, la cantante que hacía dúo con Elton John.
Según las instrucciones del jefe, tenía que empezar el entrenamiento sobre el terreno y sacarla a la calle, pero yo tenía un corazón grande y noble, y no me podía permitir sacar a la calle a esta futura reina de belleza y meterla en el ajo de una manera brutal, sometiéndola a todo el estrés que eso significa.
Lo que hice – para el desconcierto de ella-, fue llevarla a desayunar a la cafetería del DORAL. Allí sentados cómodamente, con aire acondicionado a toda potencia y mientras esperábamos un desayuno USA, número 3, empecé mi tarea de entrenamiento, presentándome y rompiendo el hielo con toda la fuerza de un rompehielos soviético.
Le hablé de mi trayectoria como vendedor de publicidad de un importante matutino y toda esta descarga la mezclaba con situaciones absurdas y cargadas de humor, que en ella tenían el efecto de relajarla y distenderla.
Me porté muy atento y despejé de la manera más natural cada una de sus inquietudes y hasta me esforcé por tratar de leer en sus gestos y posiciones de su cuerpo, cualquier interrogante o duda que tuviera y que no se atrevía a preguntarme directamente.
Incluso en un momento en que a ella le falló la coordinación en la serie de preguntas que me hacía respecto a cómo abordar un cliente y al manejo de la calculadora financiera mientras utilizaba los cubiertos, enseguida, después de detectar el problema me encargué de cortarle rápidamente su bistec en pequeños pedazos de carne, cosa que primero le causó sorpresa y luego verdadera delicia, de que un depredador de los negocios y futuro competidor dentro de la compañía, se comporte con tal esmero y delicadeza en ayudarle a resolver todas sus inquietudes.
Gradualmente me fui comportando con seriedad, determinación y energía para darle a entender que allá afuera la cosa era bien peliaguda y que si uno no ponía toda la carne en el asador terminaría despellejado.
Y esta mezcla de fuerza y delicadeza producía en ella una vulnerabilidad tan notoria que casi podía oír las palpitaciones de su corazón y oler los dulces y perfumados efluvios de su dilatada vagina.
Después de todo había una parte en mí que no se le había revelado: yo era un guepardo profesional, un consumidor de sexo, un cazador de mujeres profesional.
Todo este delicado asunto del desayuno de trabajo era la forma como le introduciría la parte teórica del trabajo.
Cuando terminamos de desayunar ya le había informado por completo de todo el ABC de la venta de dinero. Ahora vendría la práctica y entonces ella me dijo de manera deliberada y provocativa:

- ¿Siempre mezclas el negocio con el placer?

Y le respondí:

- Es la filosofía de los 70’s, ¿no?

Pregunta en la que no ahondé más y que junto con otras más del mismo estilo haría que yo adoptara la actitud de un sordo.



Como primer paso en el mundo de los negocios la llevé al campo de acción y fuimos al restorant de un chino rico, multimillonario con el que yo ya había programado una cita y que esperaba que no se fuera a pasmar ni a descomponer por la presencia no esperada de mi compañera, como elemento nuevo de la negociación.
De todas formas tenía que arriesgarme y gracias a la divina misericordia y sabiduría de Buda, el chino se quedó impresionadísimo con la bella y seductora presencia de mi compañera y toda la conversación sobre la negociación del Como introducción a la charla de negocios nos obsequió una abundante comida china y en un momento en que estuvimos solos le recordé que a pesar de la ceremonia de la comida y las amabilidades ella debía mantenerse alerta. El informe sobre el valor del crédito que le ofrecíamos al chino marchó sobre ruedas.
El hombre no dejó ningún cabo suelto y nos sometió a un detallado escrutinio que puso a prueba nuestras matemáticas financieras, pero con el otro ojo no se perdía ni un detalle de cada sonrisa y gesto que la chica realizaba.
No es fácil venderle un crédito a un chino tacaño incluso cuando lo necesita y se requiere mucha habilidad y tacto vendérselo cuando no lo necesita. Se requiere imaginación y hay que esforzarse por ser claro. El negociante y empresario del sur de la china es sumamente desconfiado, tacaño y nunca mira más allá de su confucista necesidad cotidiana. En cambio los taiwaneses son más abiertos a la presentación de proyectos y tienen una mentalidad más abierta a la influencia y a las proposiciones de los empresarios fuera de su círculo de conocidos.
Con mucho esfuerzo logré que el chino aceptara ver las conveniencias de endeudarse con nosotros, había que responder todas sus preguntas con absoluta tranquilidad y seguridad y si era posible despertar su imaginación y esto redobló la buena impresión que mi pupila ya tenía de mí.
Al final logré cerrar un buen contrato con un firme y amistoso apretón de manos y el chino obtuvo una importante cantidad de dinero barato para empezar un negocio de comidas dulces y bocaditos asiáticos en una importante calle de Urdesa.

Los días continuaron de manera rutinaria como si yo fuera un sacerdote, un contador, un gimnasta o un actor. Y no me reservaba nada para mi mismo. Todo secreto psicológico, toda técnica oculta de las matemáticas financieras se las enseñaba a Wendy.
Ella tenía que aprender a caminar, a hablar, a manejar la calculadora, a retirarse oportunamente, a contener el ímpetu y a no presionar, a utilizar los razonamientos, tenía que convertirse en una experta en las demostraciones, poses y actitudes necesarias para cerrar un buen trato.
¡Hasta le enseñé a manejar los cubiertos y los modales básicos en la mesa!, tenía la mala costumbre de comer colocando los codos sobre la mesa o a veces comía con una sola mano mientras escondía en el regazo la otra mano.

Pronto en una semana a más tardar ella estaba cerrando tratos de manera exitosa, los mismos que analizábamos en la barra del Continental con unas cervezas heladitas mientras éramos oscuros testigos de la caída del sol.

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