viernes, 13 de enero de 2012

ARENA ROJA (PRIMER ACTO)



El hombre vive mientras consigue, con la respiración, equilibrar los átomos del aire con los del alma.
Luciano De Crescenzo


Aquel día de mayo era exquisitamente deslumbrante y yo me encontraba eufórico. Había logrado vender un BMW a una importante ejecutiva de una industria de telas y un terreno en la playa a un chino excéntrico y millonario comerciante de artesanías asiáticas.

En la tarde mantuve una conversación con un periodista, en un bar de streap tease: él me dijo que a los directores de periódicos les gustaba seguir la tradición- en este punto hicimos una pausa de silencio-, una hermosa pelirroja que había estado bailando desnuda, de repente se trepó en la barra donde nos apoyábamos para beber nuestros whiskies y disfrutar del show, para colocarse sobre sus talones frente a la cara de mi amigo, abrir sus rodillas y enseñarle el peludo conejito que tenía entre las piernas.

Me dijo que a los directores de periódicos les gustaba hacerse retratar sentados en grandes telas al óleo, esta era la tradición. Luego me leyó un poema que había escrito y que estaba titulado como: ‘Betty Lou’.

Hay mucha bruma aquí
Camino en medio de esta playa desértica
Y no veo un medio de
subsistencia
¡Moriré!
A lo lejos escucho una balada
rock country de los EAGLES
‘Take it to the limit’
El futuro es incierto
y tu amor también
¿Por qué no me hablas?
Tú tienes tanta ternura
Un viento terrible sopla, arrecia
en nuestros rostros
La bruma no me deja ver nada
¿Ya estaré muerto?
La vida es una pesadilla sin ti
y tú nunca me dices nada
…sólo me observas…
¿También tengo que adivinar
tu pensamiento?
Háblame, tómame de la mano
y caminemos juntos por este
sendero lleno de arena y vallas blancas
Nunca podremos conocernos si
no lo haces
¡Yo también estoy solo y quiero
tocarte, verte, escucharte!

Entonces palpé en mi bolsillo el fajo de billetes que tenía y me encaminé al departamento de un pintor amigo mío.

Muchas veces me lo había encontrado en diferentes bares para intelectuales y bohemios, y había tenido que invitarlo a comer para tener el gusto de escuchar toda la retórica rabiosa que sentía por el capitalismo, la civilización occidental y la política exterior de Estados Unidos.

Su departamento estaba ubicado en una esquina de la ciudad y del mundo, las tablas de madera en que estaba construido eran viejas y en una parte del piso de la casa no se podía andar, era una verdadera trampa mortal en esa parte, y los balcones no eran seguros y no se podía uno asomar ni apoyarse porque se corría el riesgo de venirse guardabajo desde una altura de dos pisos.

Finalmente llegué al departamento de mi querido amigo pintor y después de llamarlo a gritos me abrió la puerta y me invitó a pasar.

Toda su casa con sus paredes sucias eran una composición artística, un verdadero elogio a la anarquía. Él me invitó una cerveza caliente porque habían cortado la luz por falta de pago y después de un rato de intercambiar saludos nos pusimos a conversar sobre el proyecto que yo traía entre manos.

Le dije que quería que me hiciera un retrato sentado al óleo y que si me prometía seriedad y cumplimiento, estaba dispuesto a darle el cincuenta por ciento por adelantado de la obra.

Después de los saludos él se había puesto a trabajar en un óleo que tenía entre las manos mientras yo ojeaba un libro de Suetonio.

Cuando le mencioné de mi proyecto y del dinero que le iba a adelantar se detuvo en seco y me quedó mirando fíjamente…

Entonces se levantó y se fue a su cuarto. Yo lo seguía mientras observaba los detalles de su casa: todo era un desastre y un caos, los baños no tenían agua porque la habían cortado por falta de pago, en las paredes se podían leer breves pensamientos de Proust, Stendhal, Freud y Balzac.

¡Su cuarto!

Su cuarto estaba repleto de libros, telas, pinturas a medio terminar, colores, aceites, trementinas y libros sobre historia del arte, filosofía, arquitectura, literatura e historia. Y el colchón era una inmundicia sin sábanas que pudieran cubrir ese pedazo de materia llena de manchas de color café, moho y sudor deshidratado, donde mi amigo reposaba su humanidad todas las noches.

Una vez que logré aclimatarme en el cuarto, él sacó de un cajoncito unos cigarrillos de marijuana y prendió uno, y al rato me lo pasó, y fumamos tranquilamente hasta sentir que la tierra vibraba, que las paredes oscilaban y que todo el mundo se desbordaba de nuestro subconsciente a nuestro consciente hasta quedarnos completamente confundidos y desorientados.

Luego me dijo con una gran sonrisa en su rostro:

- ¡Acepto el trato!




Luego volvimos a la sala de su departamento donde tenía el caballete con la tela en la que estaba trabajando y después de coger los pinceles continuó con su rutina.

Yo seguí leyendo fragmentos de la obra de Suetonio, mientras mi pana el pintor seguía trabajando en su tela y a la media hora empezó a mirar insistentemente el reloj.

Mientras tanto yo había cambiado de libro y me deleitaba con una traducción, que el escritor Ezra Pound había realizado de Confucio.

Entonces escuchamos grifotes el escándalo que hacía el timbre y él y yo nos miramos y de manera incomprensible nos pegamos una tremenda carcajada.

Cuando mi amigo el pintor abrió la puerta dejó entrar a una señora obesa pero hermosa que venía con una niña de catorce años, ¿su hija?

Entonces la señora le recordó que hoy era el día en que ella y el maestro habían acordado encontrarse para que le ejecutara un desnudo, pero nunca se especificó quién era la modelo y ahora resultaba que ¡la modelo que iba a posar desnuda era la niña!

Yo estaba doblemente nervioso por lo grifote que estaba y porque pronto iba a ser testigo del modelaje desnudo de una niña de catorce años.

Mi pana el pintor me presentó a la niña y a la mujer obesa como un importante ejecutivo y mecenas de los artistas incomprendidos, desamparados y como una persona inteligente. Ante esta situación la señora obesa y la niña dijeron que no tenían ningún problema en que me quedara a presenciar el trabajo.

Mi amigo el artista le indicó a la niña que vaya a desvestirse atrás de un biombo de tela florida, mientras él se preparaba. Luego cambió la tela que estaba utilizando por una nueva, mientras la señora buscaba una silla de metal, amplia que soportase su descomunal peso.

La niña, después de pocos minutos, salió detrás del biombo, completamente desnuda, pero envuelta en una toalla. Mi pana la hizo recostar en un mullido sillón de los que usaban los psiquiatras de antaño y después de quitarle la toalla que la cubría, empezó el trabajo de dibujarla. La niña quedaría como el desnudo de Ignacio Zuloaga, titulado: ‘La Italiana’.

Yo me quedé hipnotizado con aquella desnudez infantil tan nueva para mí.

Cuando mis ojos se encontraban con los de la modelo simulé mil veces que aquellos no se deleitaban con ese cuerpo pequeño, delicado, que carecía de vello púbico y de pechos de una verdadera mujer.

Sus pechos a duras penas eran unos pezones grandes y en su cuello, Andrea llevaba una gargantilla fina y de color negro.

Mi pana, después de un tiempo considerable, terminó de bosquejar y de dibujar la tela y le dio permiso a la niña para que camine por ahí, se relaje y tome un descanso.

Entonces ocurrió algo raro, una cosa curiosa: la bebe se me acercó, desnuda, pero envuelta en una toalla y me pidió fuego para que le encendiera un cigarrillo.

Y me hablaba de mil cosas a la vez y me contó que ese cuadro estaba destinado como regalo a un importante diputado.

En sus ojos azules podía ver toda la satisfacción que sentía por haberme regalado a mis cansados y hambrientos ojos el espectáculo de su tierno cuerpo desnudo.

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