viernes, 6 de enero de 2012

Arena Roja (novela), prólogo


Sam Scholl, escritor ecuatoriano (procedente de la ciudad de Guayaquil) nos ha cedido el respectivo derecho para publicar (y por partes) su novela corta Arena Roja. Obra que hasta hoy se mantiene inédita, en espera de una pronta publicación en soporte impreso.
Como medio de promoción y difusión literaria, es todo un honor el contar con el aporte de este paciente narrador subterráneo. Por ahora solo queda invitar a todos los lectores de este espacio a que sigan las próximas entregas de esta novela.
(El administrador del blog)


ARENA ROJA


POR


SAM SCHOLL


Existen dos claras diferencias entre una obra de arte y un documento científico. Una es que en la obra de arte el pintor toma visiblemente el mundo en fragmentos y los reúne en el mismo lienzo. Y la otra es que se le puede ver pensativo mientras la realiza, (por ejemplo, Georges Seurat, cuando ponía un punto de color junto a otro de distinto color para lograr el efecto total de mujer joven con borla y le bec). En ambos sentidos, el papel científico es, con frecuencia, deficiente, suele ser únicamente analítico y casi siempre oculto el proceso mental en su lenguaje impersonal.
Jacob Bronowski

Oh, Dios no dejes que este océano violento me devore los sesos y me los deje sin oxígeno, me reviente las tripas y me haga polvo los huesos. Ayúdame a entrar al mar con valor y determinación hasta el final. Ayúdame Dios, a estar listo cuando venga esa ola gigante, que la sepa reconocer, remar y montarla para irme con ella. No me desampares cuando mis hombros agotados no me lleven más a ningún lado
Amén
Oración de un surfista


PROLOGO

Querida Madison:

Una luna gigantesca colgaba en medio de una noche negra como la podría imaginar un ciego de nacimiento. Era una bola brillante, gigantesca, lejana. Poseía unas manchas de un gris azulado. Aquel color me recordaba los labios azules de un surfista, traumado de miedo por el tamaño de las olas y por el agua helada.
Aquellas manchas lunares parecían continentes, separaciones, una invitación a la imaginación, un desafío a la ciencia, una provocación para los amantes, una oportunidad para sembrar.
El mar del Miramar, negro como la tinta, a esas horas, adquiría un rarísimo color plata brillante, por el efecto del satélite.
Las olas de un negro abismal sólo se podían oír. Sus impulsos naturales adquirían fuerza y al final e invariablemente se estrellaban sobre las rocas.
Las palmeras altas como todo lo que es digno, hermoso y noble, se mecían suavemente sobre la atmósfera.
Aquella mujer caminaba dominando a duras penas su prisa. Sus labios gruesos poseían una belleza africana, indómita, que hería la mente y la vista. Provocaba pasar horas y horas contemplándola, imaginándola.
Sus senos pequeños, pero bien formados parecían colgar frágilmente como a punto de caer. Reflejaban el paso de los años, pero eran abundantes, poblados de pecas y ricos en carnes blancas.
Y eso era lo que ella quería… una ninfómana sólo piensa en caer, perderse en el loco frenesí del sexo. Tener a todos los hombres humillados bajo sus pies, conocer todos los suspiros y formas de amar y ser parte de ellos, de su tiempo, de sus vidas y darles placer.
Para ella dar placer a veces era más importante que sentirlo.
Cuando hacía explotar a un hombre, ella llegaba a sentir que lo dominaba. Y aunque iba con la mente en otro asunto, ansiaba que alguien, un hombre apasionado, le hinchara los pezones con la succión de sus labios de su ávida boca.
Su cuerpo estaba diseñado para el placer que proporciona el sexo. Su vientre era una pequeña y exquisita burbuja de carne, una pequeña pipa voluptuosa, que expresaba abundancia, un refugio y una promesa de placer gigantesco e infinito.
Su boca. Hasta su boca estaba diseñada para amar, para succionar, para seducir, para asar a fuego lento y después fundir la virilidad de cualquier hombre que la penetrase.
Movía los pies con astucia y premeditación.
Sus pies poseían la delicadeza y la elegancia de una mujer, un cuerpo, un alma acostumbrada a la elegancia, la abundancia y las comodidades. Aquellos pies elegantes estaban calzados por unas zapatillas romanas, exponiéndose valerosamente al polvo, el lodo o a la arena. Sus dedos, gorditos como pequeñas salchichas, poseían una exuberancia afrodisíaca tan perfecta, que era capaz de provocar en los hombres las reacciones más disparatadas y estaban envueltos, como todo su ser, en una fragancia que causaba profundos estragos en la mente de los hombres, un efecto disociador mayor, casi lujurioso.
Sus caderas anchas, apenas eran sujetadas, como un embutido alemán, dentro de un pantalón negro, que desdibujaba con una sensualidad casi agresiva, todas sus partes, mostrándolas impúdicamente, con atrevimiento.
Caminaba con una sensualidad felina casi insolente, y su rostro poseía una belleza fina, de buena raza, algo que no era de este mundo.

Me miraba a través del lente de la cámara de circuito cerrado del tanque de seguridad con su ojo izquierdo, como sólo ella sabía hacerlo. Una mirada que reprimía un doloroso deseo. Como si le hubiera fallado en la cama por mi impotencia después de una frustrante sesión de sexo oral. Un deseo largo tiempo reprimido.

Pasó por en medio de las chicas que bailaban desnudas de una en una sobre la pista o en parejas. Totalmente desnudas al compás de la música electrónica de la playa.
Las luces de colores daban la atmósfera precisa que los clientes buscaban. Aquellos ejecutivos cansados del sol y de las presiones buscaban fundirse en la tranquilidad y el anonimato que brindaba la oscuridad y la música electrónica.
Todos querían gastar su dinero tranquilamente, sentados, escuchando música de los HALL & OATES como RICH GIRL, oliendo el perfume de aquellas figuras danzarinas, completamente desnudas, tomándose un whisky o un complicado e imaginativo cocktail.
También se podía ver en la TV por cable un partido de jockey, fútbol, el carnaval de Rio de Janeiro, una competencia de surf en Australia o un combate de boxeo tailandés.
Todos querían olvidarse de sus problemas y cualquiera que hablase de negocios en aquel sitio le sacaban la tarjeta de off side y lo tomaban como un deschavetado que estaba fuera de juego.

Las olas del mar eran un murmullo lejano, una música de fondo, que aunque imperceptible, se lo intuía y algunos surfistas hasta lo podían oler y ver.
Una gigantesca onda de agua tomó forma en el aire con ayuda del viento, osciló unos instantes, dubitativa, y luego se precipitó sobre las rocas.
En la barra se encontraba el viejo surfista Red Hughes, bebiendo, sorbo a sorbo, una cerveza helada mientras leía un reporte de la GDA sobre huesos humanos de 3.6 millones de años, hallados en Sudáfrica.
Se trataba del descubrimiento paleoantropológico de una osamenta casi completa de un homínido de unos 3.6 millones de años.
La nota iba así:


El fósil de 1.22 metros de altura, daría más pistas sobre la evolución humana, y fue hallado en Sterkfontein, en las afueras de Johannesburgo.
En ese mismo lugar se descubrió el primer cráneo de un homínido en 1924.
Un solo hueso sería emocionante, pero al parecer se trata de la osamenta completa, el secreto para saber cómo funcionaba la criatura. Eso eliminaría cualquier conjetura dijo Phillipe Tobías, jefe del equipo de investigadores de la Universidad de Witwatersrand de Sudáfrica.
Algunos hallazgos anteriores de fósiles de homínidos, entre ellos los más antiguos hallados en el este de Africa, son apenas fragmentos de cráneos o de esqueleto. El antropólogo dijo que el hallazgo del denominado Australopithecus podría ayudar a encontrar el eslabón perdido de la evolución del hombre de simio a ser humano. Este es el descubrimiento más importante en Sudáfrica desde el hallazgo del cráneo Taung en 1924. El cráneo de Taung, completo y perteneciente a un niño, mostró por primera vez la semblanza de los seres humanos más primitivos. No fue posible determinar el sexo del individuo porque los huesos de la pelvis, las vértebras y otras extremidades no pudieron ser hallados. El director de excavaciones en Sterkfontein, Ron Clarke, dijo que los restos del homínido serán desenterrados de una mina de piedra caliza a 15 metros de profundidad. El científico señaló que las pruebas preliminares demostraban que el homínido no solo caminaba erguido, sino que también trepaba a los árboles…




Red Hughes bebió otro trago, reflexionó en silencio sobre los oscuros enigmas que encerraban el origen del hombre y siguió disfrutando del show.
En la TV por cable pasaban una escena curiosa:
Un hombre y una mujer se enfrentaban en el cuadrilátero solitario de un coliseo estudiantil. Un gimnasio en semipenumbra. Ella usaba una camiseta negra, sin sostén y unos shorts, también negros. Ambos estaban descalzos y usaban tobilleras.
Aquella mujer poseía una belleza fascinante, muy romana.

Red bebía otro poco de cerveza y contemplaba su rostro, sus hombros… le gustaba esa mujer. Poseía una belleza íntima, única. Tan delicada como una romana de Pompeya y tan recia como una diosa espartana de la guerra.
De pronto una bailarina se plantó delante de sus ojos. Sus piernas fuertes, ejecutaban un paso de baile tan oscuro como seductor. Una gota de sudor de la bailarina cayó en el vaso con cerveza.
Red pensó que era cerveza croata con el sudor de una show girl y se bebió el contenido asqueado pero sin respirar.
Rod, después de trabajar muchos años en la agroindustria exportadora de corazones de palmito, se había especializado en reunir contactos por todo el mundo. Ahora su bar de streap tease poseía una oferta mundial de cervezas. El ecuatoriano medio ya no tenía que viajar por todo el mundo para tomarse una cerveza de Filipinas, Japón o de Rumania.

Red frente a la bailarina desnuda que danzaba y que no paraba de moverse, le ofreció un billete y la chica lo cogió inmediatamente como si tuviera miedo de que él después se arrepintiera y se lo fuera a quitar.

En la TV por cable seguía la escena de ¿acción?
Aquella irresistible mujer bombardeaba a golpes a su contrincante. Lo atacaba como si fuera el peor enemigo de su vida. Él bloqueaba todos los golpes, retrocedía y se movía alrededor del ring. Pero, permanecía cerca de ella, ni muy lejos ni muy cerca. Se veían a los ojos. Aquel gladiador estudiaba a su contrincante, como un animal que huele la furia de su adversario, el empeño en destruirlo, la amarga frustración, su deseo por castigarlo.
Después se cambiaron los papeles.
El luchador empezó a buscarla, a devolver los golpes, dolor con dolor. Con una seriedad mortal, bloqueaba sus golpes. Quería hacerle sentir miedo, mostrarle los destellos asfixiantes de la muerte. Los huesos chocaban sordamente contra los huesos. Eran verdaderas implosiones de calor y dolor. Gritos de dolor se ahogaban en aquel gimnasio. El hombre le bloqueaba los golpes de ella y el color rosado de la piel traumatizada e irritada, pronto daba paso al lila y a la hinchazón.

Red Hughes podía escuchar su pensamiento:
Querías conocer…beber de la fuente de la fuerza, querías ver el fuego fascinante, bello y mortal de la agonía. Asomarte al abismo de la muerte, el vértigo estremecedor y extremo del horror…yo te daré lo que quieras…
La mujer sobre el ring estaba siendo presa del agotamiento, se la veía confundida, llena de dudas sobre su capacidad y sobre la victoria, agotada, con la moral eliminada.
En un momento de vacilación el hombre la apresó con sus brazos y la proyectó violentamente y sus huesos fueron a dar a la lona para no volver a moverse.
El contrincante se sacó los guantes- la cámara se iba acercando hasta posicionarse encima de los dos-y puso su mano en el cuello de la mujer. Empezó a apretar…apretó y apretó hasta ver cómo quebraba toda su reserva de energía combativa. La decisión de ella se tornaba en llanto y pavor, sus ojos empezaban a brotárseles, su rostro se congestionaba, se asfixiaba. De pronto el victimario soltó la presión y con su boca le inyectó el oxígeno vital a la mujer de rostro desfalleciente. El oxígeno de su amor y de su pasión invadía sus pulmones, devolviéndole el impulso vital, la vida.
Red estaba con la boca abierta. ¡Qué tremendo resultaba todo aquello!
Delante de él, unas piernas le obstruyeron el show y una pequeña sombra de vello púbico se colocó muy cerca de su nariz por unos breves segundos.
Esas eran las únicas muestras de afecto que recibía en su mundo. Un mundo diseñado para no recibir dolor ni fatigarse con enredos y apasionamientos conyugales inútiles.

El luchador empezó a recorrer con su lengua todo su cuerpo amoratado. Y ella, medio desvanecida, parecía una pista de carne sudorosa. Él con su ¿amor?, sí, con su amor lamía los golpes, con el dolor de un amante arrepentido. Aquella piel sudorosa era un néctar, ambrosía de pasión y fuego. El luchador le había quitado la camiseta y le succionaba los pezones y le dijo mil veces:


- Lo siento.

Rod se encontraba cocinando y por el circuito cerrado vio el rostro de Claudia Stein. Seguramente venía a pedir un favor. Rod apretó el botón para permitir el ingreso. Estaba preparando un arroz con camarones y tiburón en salsa.
Se necesitaba freir bien en aceite los camarones, la cebolla, el ajo la pimienta, la sal, el pimiento y el tomate, luego se agregaba leche de coco y el coco rallado. Se añadía agua al arroz y se ponía a hervir. Para la cocción del tiburón era otro procedimiento:
Se sazonaba el pescado con sal, pimiento y ajo, se prepara, aparte crema de leche con cebolla, una copa de vino y una pizca de sal y pimienta.
En un molde engrasado puso los filetes de tiburón y lo cubres todo con la crema de leche para luego, hornear a temperatura media, hasta que esté listo.

Claudia Stein atravesó aquella pista de danzantes eróticas. Mujeres de una belleza singular y exótica se paseaban suavemente. Iban desnudas, algunas calzadas sólo con lujuriosos zapatos de tacos y envueltas en toda clase de esencias extranjeras, la mayoría.
Claudia llegó a la puerta de la oficina de Rod y un profesional de SAVATE le dejó pasar.
Cuando la chica llegó a la cocina del gabinete privado de Rod, olió los camarones y el tiburón con los vapores del condimento asiático.
Claudia era una vieja amiga, un recuerdo grato y parte de la existencia de Rod. Siempre estaba quebrada, a pesar de la importante pensión que le pasaban los padres con tal de mantenerla alejada del Guayas.
Entonces conversaron.
El problema de Claudia eran las deudas.
Acordaron un préstamo incobrable para que ella pueda salir de sus aprietos económicos. Y Rod le dijo:


- Hoy ví los pies más sexis de toda mi vida.

Habían terminado de comer y ahora ambos estaban desnudos sobre un taburete con cojines de cuero y diseño ergonométrico, para ajustarse al cuerpo. Una alemana, también desnuda, le pisaba a Rod los músculos de la espalda.

Claudia respondió:

- ¡Ah!, sí, ¿y qué tal?

Rod continuó:

Aquella chica metió el pie, muy suavemente en el zapato de taco alto…


- ¡Qué más, qué más!

- Fue un espectáculo solar, un portento, un acto divino. Algo así como cuando el agricultor ve descender del firmamento la lluvia prometida por Dios. Me transporté a la imagen hasta tenerla frente a frente, casi pude ver que mi cuerpo penetraba en su ano, al mismo tiempo que ella metía, suavemente, su precioso pie blanco en el zapato puntiagudo de color rosa.

La masajista alemana se bajó del camastro de masajes y se subió al otro…y empezó a pisar la espalda de Claudia, liberando los nervios oprimidos por las vértebras, el peso de la cabeza sobre la columna y la mala posición del cuerpo.
Red Hughes seguía disfrutando de las sensaciones que su cerveza croata le inyectaba en el cerebro y que lo hacía hablar y hablar.

Mary Jo, medio borracha, se sentó a su lado. Estaba contenta o fingía estarlo, o quería estarlo daba igual. Esta bella asiática tenía una historia. Red había conocido a Johnnie Pick Up. Eran sus amigos, pero en las únicas ocasiones en que los veía era en una barra. De niños y jóvenes pasaban juntos en la playa, pero ahora cada cual había elegido su camino y como alguna vez dijo Enrique Insua:

Dios nos junta y por un tiempo vamos por el mismo camino hasta que tarde o temprano cada cual sigue su propio destino.




La cerveza croata corría velozmente por el sistema cardiovascular de Red.
En medio de los chillidos de las chicas y de la música electrónica, Red se abrió paso entre las palomitas de maíz y la espuma de cerveza. Luego leyó otra noticia internacional, era un artículo de Gary S. Becker de la agencia AIPE, y se titulaba: ‘EL APORTE ECONOMICO DE LA AMA DE CASA’.

El trabajo del ama de casa es parte importante de la producción total de todas las naciones, aunque no sea reconocido en las estadísticas que componen el producto interno bruto (PIB).
Tal costumbre desestima la contribución de las mujeres, ya que ellas son responsables de la mayor parte del trabajo en el hogar, a la vez que distorsiona las estadísticas de crecimiento económico y afecta negativamente la autoestima de muchas mujeres que trabajan en su hogar.
Las familias son en realidad pequeñas factorías que aún en los países más avanzados aportan muchos bienes y servicios valiosos: crían a los niños, preparan alimentos, cuidan a los enfermos y a los ancianos, etc.
Las mujeres contribuyen con alrededor del 70% del tiempo total dedicado a este tipo de actividad, aun en naciones igualitarias como Suecia. En los países pobres, las mujeres hacen virtualmente todo el trabajo doméstico. Algunas feministas argumentan, de manera persuasiva, que incluir este tipo de trabajo en el PIB obtendría mayor respeto para las mujeres en aquellas naciones subdesarrolladas donde se las trata mal. Fijar un valor monetario al aporte de la mujer en el hogar frecuentemente significaría que ella ‘gana’ más que el hombre, pero otras feministas se oponen a este cálculo porque dificultaría alcanzar su meta de sacar a las mujeres del hogar para que trabajen fuera.
Es hora de reconocer al trabajo en el hogar entre los bienes y servicios que forman parte del PIB. Las largas jornadas de trabajo hogareño indican que la producción casera es un porcentaje importante del total. Después de todo, cuando se contrata a alguien para que cocine, cuide a los niños y limpie la casa, ese trabajo se incluye en el PIB, pero no se hace cuando es aportado por las madres…

Y la cosa iba por ahí…
Red interrumpió la lectura. Mary Jo se le había apoyado en el brazo y chachareaba con su voz aflautada, asiática, femenina como un pájaro. Otra vez estaba borracha.
Red la llevó a su departamento y el viaje se hizo lentamente, bajo la lluvia. Ella estaba casi inconsciente. Sólo se escuchaba el sordo ruido del limpiaparabrisas. Red la tuvo que entrar cargada, incluso se la echó al hombro, en su cartera encontró la llave.

Se acercaba una tempestad. Había llovido tanto y tan fuerte que el nivel del mar era alto y sus embestidas se habían llevado la arena casi hasta la calle principal del malecón.

Entrar al departamento de Mary Jo, era entrar a un sarcófago egipcio, había centenares de fotos de mediano tamaño, que recordaban los momentos más significativos de su vida junto a Johnnie Pick Up.
Fotos de cuando entrenaba boxeo patada con Tommy, fotos de Johnnie con su moto llevando de paseo a Marie la amante negra de Tommy, fotos de Mary Jo con su uniforme de peluquera, fotos de Johnnie ensangrentado y victorioso como Dominique Valera en el ring de boxeo de la penitenciaría, fotos de Johnnie cocinando hamburguesas en la madrugada.
Red la desnudó a Mary Jo y la dejó ahí, tendida, desnuda, invitadora…
Hughes con su traje, saco y corbata, arrugados, los ojos enrojecidos, observaba ese cuerpo sin ropas, perdido en el dolor y la inconsciencia, el cuarto presentaba señales de suciedad y desorden.
Observaba sentado las contorsiones inconscientes de Mary Jo. Hablaba dormida con alguien, ¿con quién?
La atmósfera de penumbra era sepulcral, Red se sentía sentado en el interior de una tumba egipcia o en algún círculo del infierno narrado por Dante y recordó un pequeño poema de aquella pieza:


¡Hijos de Eva a quién es
Soberbia cara,
La frente alzad, que si
Bajáosla al suelo,
Leeréis en él vuestra flaqueza
Rara!




¿Qué podía hacer él?
Ya hacía cuatro años que Pick Up se había estrellado y descerebrado en su moto. Dos años después Tommy Robin, también había muerto, asesinado, ametrallado, mientras dormía con la negra Marie.
Red sentía que estaba en la edad en que empezaría a ver los nombres de sus amigos en la página de defunciones. Y a rezar por ellos.
Ellos habían decidido, pero también él les había fallado.
Él se dedicó a la contabilidad y en sus ratos libres se había hecho adicto a las noticias internacionales, un día se decidió por formar una empresa de auditoría contable y con el tiempo consiguió auditar una compañía de cables noticiosos mundiales, que estaba mal administrada y se metió en el mundillo de la bolsa de noticias internacionales, primero compraba noticias y luego se hizo accionista, para, finalmente, convertirse en presidente de GLOBAL RED ENTERPRICES, una compañía que vendía despachos internacionales.

Todo era una dicha hasta el día en que fue visitado por agentes de inteligencia militar del gobierno y empezó a trabajar vendiéndoles información satelital clasificada.
Cuando las cosas empezaron a introducirse en política internacional, diplomacia y espionaje, Red sufrió un colapso nervioso, completamente paranoico y se quiso apartar de inmediato de todo aquello.
A Red le parecía que el espionaje económico y el asesinato político era un cockteil que producía náuseas y vómito de borracho y eso a él no le gustaba nadita, tampoco le gustaba que los homosexuales le besen en la boca.
De inmediato se dio cuenta de que no podría salir fácilmente, era muy inteligente, muy indispensable y sabía mucho, además estaba en la nómina de pagos de seguridad nacional. Y Red llegó a comprender que esas nóminas se daban de baja sólo con la muerte.
Red había oído rumores de cómo se manejaba la política y empezó a moverse, subió los peldaños de todas las agencias del gobierno que fueren necesarias para conseguir su retiro, se entrevistó con las personas adecuadas de la DIRECCION DE PERSONAL DE LA ARMADA y de las distintas ramas de las fuerzas armadas. Red quería salir.
Finalmente lo consiguió al lograr vender sus acciones a la esposa de un general del ejército y por intermedio de las influencias de ésta, pudo solicitar la jubilación y el retiro.
En aquel instante de alucinada borrachera había visto pasar su vida como la agonía expiatoria de un desahuciado, mientras miraba el cuerpo desnudo de la novia de su amigo difunto.
Todos iban muriendo: Christie Mac Dougal, Johnnie Pick Up, Tommy Robin.

El mar rugía violentamente y Red escuchó los rotores de un helicóptero que tronaron por espacio de unos segundos encima de aquel departamento en viaje hacia un destino clasificado.

Claudia Stein escuchaba las descargas de Rod.
Sus cuerpos estaban cubiertos por una toalla en la sala de masaje que Rod tenía atrás de su bar.
Rod le dijo efusivo a Claudia:


- Eres terriblemente mujer, para mí. Si yo pudiera sorprenderte en un momento de tristeza, de melancolía, de vulnerabilidad, un momento de hambre, flemático, de refinada tristeza y toda mujer lo tiene en algún momento.


- ¿Qué harías?- contestó Claudia, divertida-.


Descendería del cielo y suavemente, muy despacio, te ayudaría a ser feliz. Como una transfusión de sangre, te amaría.


- ¡LOCO!


- Te mordería, te dominaría. No me sentirías, pero estaría ahí, como esos viejos impotentes, encerrados en la cárcel de la disfunción fálica, en la resignación. Al socorrer con dinero a sus veleidosas y temporales amantes. Sería tu confidente, tu paño de lágrimas, tu aliado incondicional, tu chofer, tu guardaespaldas, tan dentro de ti y de tu ser como las pecas de tu espalda o de tu pecho o como tu sandalia romana favorita.


- Tienes que estar enfermo de deseo y borracho para que me hables así, ¿qué me quieres decir?


- Te conocería a fondo como un botánico que examina mil veces una planta rara y exótica, que analiza con un microscopio todos sus órganos y exploraría tus entrañas como un laboratorista, bucearía en tu mente, conocería tu psique, tu forma de discurrir, las complejidades de tu cerebro, la forma como abordas los asuntos, cuando mientes, cuando dices la verdad, me bebería cada gesto de tu cuerpo, bebería de la fuente de tus reflexiones.


- A ver, déjame ver si entiendo bien toda esta locura…


- Te llevaría a conocer otras constelaciones, divagaríamos juntos por los arcanos ocultos y censurados del conocimiento. Conocimiento profano, prohibido, nos perderíamos hasta llegar a tocar las nociones más altas e inverosímiles del absurdo, el dadaísmo, la patafísica y la locura. Y luego…


- Oye espérate un rato, dime, ¿qué clase de yerba estás fumando ahora?


- Y luego regresaríamos al contacto áspero de la realidad, un poco agotados, sedientos, pero felices, extenuados, pero más unidos, más seguros de nosotros, con ganas de volverlo hacer…


Mientras se acostaba la noche sobre el horizonte, el calor de la radiación solar daba paso al frío y al viento nocturno. Pequeñas y débiles luces se encendían en los hogares a lo largo del malecón.
El principio esencial de una mujer es su necesidad vital y primaria de amor y ternura.

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