domingo, 28 de febrero de 2010

Virus que ensombrecen



Opeth no me ha sido de mucho consuelo en estos días. Tema tras tema, cabeceo tras cabeceo, tararero tras tararero, y aún no dejo de pensar en lo peor, en esa tragedia personal que en estos momentos no conmoverá a nadie, pero que me ha quitado el sueño, que me ha devuelto al pasado, cuando la depresión era un gobierno dictatorial vigilándome desde las sombras.

Maldigo a mi computadora, maldigo a todos los virus, maldigo a la tecnología, a mi costumbre, al facilismo adquirido. Tengo la culpa, siempre supe que tarde o temprano pasaría, tal vez llegaría un corte de energía y el regulador antiguo no soportaría la instantánea vuelta; a lo mejor mi esposa colérica (tras una de mis jugarretas no tan limpias) levantaría el cpu y lo lanzaría contra el suelo, sacaría a dentelladas el disco duro y lo aniquilaría; o un conjunto de virus, cual ratones al festín, la consumirían de a poco hasta el colapso.

Si Eliot hubiese iniciado su Tierra Baldía con el mes de febrero tendría una buena excusa para repetir su verso. Pero febrero no es el mes más cruel, es y será, hasta que la memoria me ayude, el mes más lamentable, el que acabó de un instante a otro con mis tesoros más protegidos (y también descuidados): mis archivos de Word, donde todo, TODO, lo mío yacía en cientos de documentos. Donde Demonio quisquilloso, mi primer libro de relatos en torno a las situaciones más disparatas del ámbito rock metalero, jamás verá la luz. Febrero es un mes desleal e ideal para corazones rotos, para uno que late de ira e impotencia.

Un pésame para nosotros: los descuidados.

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