martes, 22 de diciembre de 2009

Un cadáver para la odiosidad


a Marco Martínez


La mañana apesta, y no exagero ni pretendo dármelas de deprimente subjetivo; en verdad apesta: Muermo ha muerto. He dado una mirada hacia el cadáver y está a punto de reventar. Todo porque la vaga de su dueña anda con no se quién, en no se qué hotel de Machalilla y lo peor, usando, de seguro, la tanga que hace dos días le enseñó a Noemí.

Mi deber como buen vecino sería recoger y meter el cadáver en una funda, pero para llegar a él debería cruzar hacia el balcón de la gorda Fausta, y hablando en serio aún quiero continuar viviendo; y, por último, quién le manda a ese gato cojudo morirse en un balcón del cuarto piso.

Mientras he salido del baño -para despistar al olfato de la peste-, lo primero que he visto es a Noemí en la sala leyendo el libro de Santos, un joven narrador guayaquileño del que siempre tuve fe en su novela aún estando inédita. Todo por la crudeza a la que se interna: explorando y explotando los rincones más subterráneos de las grandes metrópolis, como su ciudad.

No le ha gustado para nada el libro: que está muy espantoso, que no podría imaginar a un homosexual travesti -¡un hombre!- chupándosela a otro hombre, que el habla utilizada es muy vulgar, patán, asqueroso, desconocido para ella, entre otras cosas fuera de lugar; pero como ultimadamente ella no sabe de literatura, me importa poco lo que crea, esto no se trata de gustos, de adornar la realidad, de fingir que el pedo de la Reina de Manta no hiede; que el gay apodado Coquito permanece casto; que la gente evita mearse y hasta masturbarse dentro del transporte público; que los gomeros del puerto no ofrecen su ano por algo de dinero para su sustancia; que sicarios, violadores y narcotraficantes son pura leyenda urbana. No, esto se trata de un cruel retrato que muchos no soportarían leer y hay que ser francos, Noemí, como parte de ese todo, es de estómago débil.

La he apartado del libro y retomado la lectura de la noche anterior, nada más complaciente que encontrarse con historias de drogos en busca de brujos, anteponiendo sortilegios disparatados para no ser atrapados por los chapas; homosexuales victimados por sus mejores amigos; parejas adheridas a la circundante repetición del amor conflictivo; espectros al borde del suicidio rebotando en sus minúsculos infiernos; y una demostración interminable de análisis del tema rockero y metalero mundial, un verdadero manual de crítica musical.

-A qué hora piensas recoger a ese animal que ya hiede bastante -me ha abordado ella, como si a mis actividades de lector haya también que incluir recogedor de gatos en estado de descomposición.
-Pues ni ahora ni después, ese es problema del conserje -le he dicho, poniendo fin a tan casera y desesperante plática.

Ojalá Fausta termine asfixiada por la tanga reducida que de seguro osó ponerse, o por lo menos que padezca de algún derrame de nalga (cualquiera de las dos) y sin opción de terapia para la recuperación. Porque eso de que el cadáver gatuno haya aparecido justo después de irse me parece demasiada coincidencia, sobre todo un fin de semana que es cuando el trabajo es tema aparte y solo se intenta creer en el descanso.

Santos entiende eso, sus relatos giran en torno a la facilidad de un mundo alucinado, donde ni la legión demoníaca ni los parajes infernales pueden atemorizar, salvo el despertar y darse cuenta de la realidad en la que están acorralados y ahí sí someterse al terror, al verdadero terror. Bueno pues esta realidad: gato-hedor-mujer es toda una pesadilla ausente de fantasía, donde todo es palpable y oíble, arremetedor y sin salida. Solo espero que Fausta termine ahorcada con la tanga que de seguro osó ponerse, porque eso de que el apestoso gato haya aparecido a penas ella se marchó me sigue pareciendo demasiada coincidencia.

1 comentario:

Antonio Vidas dijo...

Me ha gustado!,y esta aliteraciòn del sonido"Muermo ha muerto".
Saludos.