lunes, 19 de octubre de 2009

Revalorizando el rock ecuatoriano


Alonso, un gran amigo de Pedernales con el que ahora solo me encuentro en conciertos, me escribe preocupado de que los contados rockeros de su cantón prefieren espectáculos gratuitos a tener que pagarlos, que no hay valor para los artistas metaleros, que estamos de bajada, que valen todos esos pelafustanes tres atados…

Estoy de acuerdo con él: estamos mal, agobiados por una crisis no tanto económica (que continúa y cada vez se torna más desesperante para muchos) si no valorativa e irrespetuosa. Los músicos rockeros (ecuatorianos y de provincia, porque si globalizáramos el tema nos daríamos un estrellón al referirnos a bandas como Iron Maiden, Metallica, Megadeth, Slayer y toda esa élite privilegiada que agota taquillas) aún no alcanzan el estatus de artistas, su trabajo musical no es reconocido como tal: como una labor a la cual se le ha dedicado el tiempo necesario para construir no bulla si no toda una identidad capaz de retratarnos, de hacer del rock no un conjunto multiforme (punkeros, hard coreros, black metaleros, death metaleros, góticos, etc.) y problemático (alcohólicos, drogadictos, “satánicos”, etc.), si no toda una cultura central -rock, su esencia- que gana terreno en Ecuador.




Es a falta de desarrollar esta valoración en la población rockera nacional que los síntomas del quemeimportismo aparecen para entorpecer el avance de una cultura más sólida en sus objetivos de expansión: demostrar que más allá del mosh, de los saltos e insultadas sobre el escenario habitan propuestas sociales, sentimentales, fantásticas y arcanas, que a partir de la realidad nos ofrecen un mensaje (el que lastimosamente casi siempre pasa desapercibido). Sí, los conciertos gratuitos son una acertada forma de acercar más a los artistas rockeros con su público, de intentar que aquellos ciudadanos y ciudadanas que deambulan sin un estilo de música puedan sentir suyo, esa parte de sí errante que les faltaba, al rock.

Los espectáculos públicos son necesarios en nuestro país, sobre todo cuando una considerable población rockera de Ecuador la conforman jóvenes desempleados y aún mantenidos por sus padres, que ven en cada presentación gratuita de sus bandas la oportunidad esperada para confirmarse como rockeros (la socialización entre similares se vuelve necesaria en su crecimiento dentro de esta cultura).


Pero los conciertos gratuitos no lo son todo, porque así como respetamos al artista rockero y valoramos su trabajo mediante la compra de su demo o disco, asimismo debemos considerar el pagar por apreciarlos. Saber que nuestra entrada no logrará que las bandas se dediquen exclusivamente a la música, pero que tal vez sirva para alentar su capacidad creativa, su entrega en el escenario, y sobre todo hacer que se mantengan activos, que no renuncien a su existencia.

Conciertos gratuitos sí, pero negarnos a los pagados jamás. Nuestro movimiento a nivel nacional, nuestras bandas, nuestra identidad dependen del aporte que podamos ofrecer; el pagar una entrada para reconocer y valorar a nuestros músicos en vivo nos compete a todos.


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