miércoles, 8 de octubre de 2008

Under noir




Estar fashion jamás ha sido mi onda, prefiero mi antimoda retro y sombría a la que he sido fiel. Vestir de negro no necesariamente significa ser un tipo amargado, maldiciendo cada día de pesadilla; un suicida tapiñado aguardando el momento oportuno para un final patético; un tristón escurriendo lágrimas y mocos a cada instante; o lo que podría ser peor, un emo (sí, también estoy en contra de ellos) dejando tras de sí su baba melancólica cual caracol de tierra en busca de su hueco protector.

No he sido un tipo fashion, esa es la gran verdad. Por lo tanto todo cuanto tenga relación con este tema siempre me ha resbalado, sin embargo no niego que he visto desfiles de moda, de lencería femenina -no precisamente porque quisiera usar ropa interior de mujer, sino porque un cuerpo meneándose sobre una pasarela siempre es llamativo-, revistas y catálogos con deseables modelos (lo acepto soy un mirón certificado y autocomplaciente).

Y es en esta corriente fashion -o más bien antifashion- que me encuentro una vez más (ya en el 2007 había tenido mi primer encuentro) con Bg magazine, medio fashion por demás, que a pesar de su corriente con las tendencias actuales del mercado de la moda, va contra corriente. Sí, se trata de un medio que tras su aparente serenidad esconde una propuesta transgresora y única, abordando aquellos temas arrinconados por su naturaleza sexual, religiosa y sobre todo vivencial.

Su reciente edición número 37, titulada Under Noir, es una clara muestra de lo argumentado. Su propuesta conceptual podría ser la pesadilla inimaginada de religiosos devotos y fanáticos antinatura; pero también una revelación alucinada y adsorbente para todos los orates y trastornados que ven más allá de los convencionalismos.

Si en algún momento pensaron buscar arte fuera de lo común, Bg magazine es el medio apropiado para encontrarlo. Todo es fashion, pero no para equilibrados, sino para volados, freaks, morbosos espectadores de rarezas. Este número lo consigue, lo ha hecho conmigo que continúo atrapado en el arte gráfico de Saul Zanolari (provocación, demencia y odio conjugados) y en aquella moda gótica, citadina y decadente.

En caso de que la consigan bienvenidos al club de anormales y si no lo logran, pues la falla. Mientras comparto el micro relato testimonial que me solicitaron para esta edición.

Demonio quisquilloso

Después del último grito y el gracias de rigor, lo seguí cautelosamente mientras bajaba del escenario. Su espalda era una llaga viva, podía ver las marcas de la cadena con la que minutos antes había descargado la ira del metal oscuro de su banda contra sí mismo. Era un ídolo, mi ídolo underground jamás aparecido en este panorama de grupos maricas. Satán le pertenecía, el black metal era su mejor anuncio para esto y él su mensajero. Si algún día decidía crear mi propia blasfemia musical, sería como él: un demente expurgando frente al público sus odios y maldades, sin sentirse arrepentido.
Cuando lo alcancé y se volteó, esperé la mirada más colérica del mundo desencadenándome todo el miedo posible, y no sus lamentables ojos inundados de lágrimas, pidiéndome llamar al baterista, guitarrista, bajista o a quien sea para internarlo en emergencias. El dolor fue insoportable, para ambos.

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